Quizá porque, siendo un niño, veía cómo lo hacían los adultos; quizá porque desde temprano experimentó el placer de trazar letras sobre el papel o quizá porque esperó –como espera un náufrago reconocer un signo de socorro– recibir la correspondencia de la familia durante el tiempo en que vivió en un internado en plena guerra mundial; quizá por alguna de esas razones –o por una inextricable combinación de las mismas–, Oliver Sacks (1933-2015), el escritor-neurólogo inglés, dedicó un tiempo considerable de su vida a escribir cartas. Esta pasión –que deja entrever ciertos ribetes de compulsión– llegó al punto tal, afirma su asistente Kate Edgar, de que Sacks acostumbraba redactar unas breves líneas cuando enviaba su cheque a la compañía eléctrica. Guardaba papeles, sobres, cartas recibidas e incluso se preocupaba por conservar sus propias misivas escribiendo en papel carbónico.
En una edición a la altura de la vida de este médico filosófico, para decirlo con Nietzsche, Anagrama publica sus Cartas en un volumen de novecientas páginas que incluye prólogo, imágenes a color, índice de autores y un colofón informativo que rubrica, cuando es necesario, las diferentes misivas. El libro comprende un extenso período del recorrido vital de Sacks: de su treintena atribulada hasta el fin de sus días, a los 82 años, con un saludable espíritu de gratitud, a pesar de que un cáncer metastásico le contaba ya las costillas.
Fisgonear una correspondencia de semejante extensión nos recuerda, fundamentalmente, cómo todo aquello que se mostraba sólido, impenetrable e inamovible en un tiempo determinado, sucumbe ante la fugacidad del tiempo que todo lo retoca y lo disuelve. “A veces pienso que estoy escribiendo sobre otra persona,” –reflexiona Sacks en una carta el último mes de su vida– “alguien que me resulta extrañamente familiar (en muchos aspectos), un extraño en otros, pero que, en general, ha llegado a caerme bien…más que cuando empecé”.
Para estas Cartas, empezar supone un viaje, tan literal como metafórico: a los casi veintisiete años, ya graduado, Sacks abandona Inglaterra para instalarse primero en Canadá y luego, definitivamente, en Estados Unidos. Escribe con regularidad a sus (médicos, judíos y conservadores) padres y una pregunta relativamente implícita merodea por esta etapa de la vida (y la correspondencia) del querible Oliver: ¿por qué, efectivamente, dejó su tierra natal? Las hipótesis proliferan, y las novecientas páginas del libro proveen argumentos de sobra para sustentar la mayoría: crisis de identidad; necesidad de aventura; separación del ámbito familiar; escape del servicio militar obligatorio.
Lo cierto es que, por entonces, en los comienzos de la década del sesenta, y a diferencia de Norteamérica, la homosexualidad –orientación que Sacks sólo hará pública en su autobiografía En movimiento, publicada meses antes de morir– era considerada un delito penal en Inglaterra. Un nuevo mundo se le presentaba –por lo menos, al principio–, de una riqueza natural y citadina sin precedentes; y al que pensaba recorrer –y recorría, de hecho– en su moto, todo un símbolo, escribe en una carta a mitad de los sesenta, “de una especie de libertad que no soy capaz de expresar…”. Con tres elocuentes puntos suspensivos finales.
Cierto es también que Sacks era el menor de cuatro hermanos, y que uno de ellos padeció desde la adolescencia una dramática psicosis que, claro está, a pesar de sus vaivenes, nunca lo abandonó. Instalado ya en el Bronx y trabajando en el hospital Beth Adams, le escribe, indignado y rencoroso, a Marcus, su hermano mayor. Enfurecido con la madre y el padre –pero sobre todo con la madre –por no tratar, como él cree conveniente– la condición delirante del hermano, Sacks se descarga: “¿Por qué ellos (mamá en particular) lo mantienen en casa?, y por qué él se queda?” –le pregunta nuestro autor a Marcus–. “Al mantenerlo en casa, al permanecer psicótico, mamá tiene, en efecto, un hijo cautivo, un apéndice, un parásito, atado de pies y manos, que no tiene la más mínima posibilidad de escapar. Nosotros, al menos, intentamos la huida física [Marcus vivía en Australia]”.
Vivir con un hermano psicótico, escribiría en una carta, tiempo después, no solo es desafiante: sin las condiciones ni el tratamiento adecuado puede llegar a ser verdaderamente destructivo, y no sólo para quien padece la enfermedad en carne propia sino para la familia en su conjunto. Y sin embargo, estas tribulaciones –de raíces sólidas y peso propio– irán erosionándose con el paso del tiempo; pero el tiempo, que suele adueñarse de todos los laureles, comparte méritos con el empeño de nuestro neurólogo, que se analizó semanalmente durante cuarenta y nueve años, en un incesante trabajo de introspección.
Aterrado por contraer, él mismo, la psicosis que se apoderaba del hermano, se vuelve adicto a las anfetaminas, como si buscara reemplazar aquel delirio –aquel miedo incontrolable– por uno artificial y mediado por sí mismo. Por estos años comienza a interesarse por la migraña (de donde saldría el libro homónimo de 1971) y por un enfoque médico orientado a la escucha del paciente, en oposición al modelo estadístico que obviaba toda humanidad –toda singularidad– de la persona. Se cartea, a propósito, con una reseñista ofuscada, ávida de enrostrarle las críticas habituales de la época: que no tiene sentido hablar con los pacientes, que hay que discernir el camino común a todas las migrañas, que el énfasis debe colocarse sobre la química, no sobre la persona migrañosa.
Sacks no desdeña la medicación sino del intento de reducir el tratamiento integral del paciente al farmacológico. Por eso celebra el descubrimiento de la levodopa, una droga que genera, al menos en un primer tramo, efectos milagrosos sobre muchos pacientes que acusan un severo Parkinson, irradia todo un capítulo del libro y representa el germen de Despertares, el célebre título de Sacks de 1973. Le escribe, por entonces, a un amigo, sobre el primer paciente que toma esta droga, un hombre de cincuenta años que padecía un severo parkinsonismo, incapaz de moverse o de hablar durante los últimos diez años y que, ahora, se desenvuelve con naturalidad: “He vuelto a nacer” –cita Sacks, en la carta a su amigo, las primeras palabras de la nueva vida del paciente–. “Llevo treinta y tres años en la cárcel. Me habéis liberado de la custodia de mis síntomas”.
La vida de Sacks ha sido, en muchos aspectos, una vida en movimiento. Las Cartas –al igual que su autobiografía– delinean una silueta que si bien contiene al Oliver público –ese hombre ameno, alegre e inteligente de las entrevistas y los videos– exhiben a su vez una faceta turbulenta que tiene a mal traer a nuestro neurólogo durante unos cuantos años. Un primer resentimiento hacia la madre; la adicción a las anfetas; el tóxico vínculo sentimental con un dramaturgo húngaro; el silencio respecto de su homosexualidad; la inseguridad y la insatisfacción ante las opciones que le ofrece una u otra especialización médica.
Decidido a abandonar relaciones amorosas significativas luego de su agotador e insalubre affaire con el dramaturgo, Sacks halla en su modo de encarar la medicina –que es un modo íntimo y (para usar un término tan en boga hoy) empático– una pasión que persiste en tanto cifra un auténtico amor: el amor por el trabajo que sublima y que, lejos de ahondarlo en los infiernos de las enfermedades –o condiciones– que estudia (el parkinson, el síndrome de tourette, el autismo, la sordera, por nombrar algunas), lo fortalece como ninguna otra cosa puede hacerlo. Basta ver –le escribe a un corresponsal– la fuerza, la determinación, e incluso el humor, al que se aferran muchos de estos pacientes, dramáticamente afectados, para continuar con vida.
Respondiendo una carta de un crítico literario, Sacks afirma que le ha llevado años y años aprender a escuchar a los pacientes. Desliza, además, alguna que otra idea sobre el accidente que sufrió en Noruega, a mitad de los setenta, al caer de una montaña y romperse una pierna (y del cual surgiría Con una sola pierna, de 1984). Tal vez – reflexiona– la caída estuviera inconscientemente guiada por una necesidad: la de posicionarse –él mismo– en el lugar del otro y tomar, literalmente, el lugar del paciente. La medicina no debería zanjarse en la combinatoria de definiciones, categorías y hechos que descarnan, sin más, al ser del paciente. No se atiende a una enfermedad –sostiene–, sino a un individuo. Y, para ello, ninguna acción más importante que la de la escucha. “Todos los pacientes son poetas por naturaleza:” –le responde al crítico literario– “intentan expresar sus experiencias en imágenes y metáforas, y nosotros, los “expertos”, intentamos reducirlas a síntomas y signos”.
Sacks escribe cartas de todo tipo y tamaño. Las hay breves (sin contar, en este sentido, las de su último año, debilitado ya por la enfermedad); y elefantiásicas (la curadora del volumen afirma haber acortado unas tantas que llegaban a las cuarenta carillas). Las hay apasionadas y corteses, filosóficas y poéticas. Y, por lo general, al sentirse relativamente libre en la composición y al permitirse, por momentos, divagar y soltar la muñeca (cosa que, de más está decirlo, era imposible en sus libros clínicos), las cartas exhiben desde el comienzo el don y el placer que gobierna a Sacks cuanto toma la pluma, o la máquina de escribir o, más adelante, aunque en menor proporción, el teclado.
Y Sacks escribe –y responde– a todos los destinatarios imaginables. Familiares, amigos, amantes y antiguos amantes, colegas, estudiantes y ex estudiantes; pacientes y familiares de pacientes; lectores y editores; escritores y celebridades, y tantos, tantos otros. Por ser el registro epistolar de gran parte de su vida, se perfilan en el volumen los inicios de todos sus libros. Desde los ya citados, pasando por El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz y Musicofilia, hasta los de aparición póstuma, como el caso de El río de la consciencia.
Leer las Cartas implica atestiguar cómo un hombre atormentado va ganando, paulatinamente, consistencia y confianza en sí mismo. Con el sostén de su inseparable psicólogo y de un trabajo que lo enriquece humanamente –a él, al otro, a todos–, Sacks revalorizará a sus padres a tiempo; encuentra, luego de muchas idas y vueltas, la especialización médica justa para él; y, en los años finales, le da una última posibilidad al amor de pareja. A menos de un año de su muerte, le responde a un lector que, lejos de querer deshacerse de todos sus papeles –que se acumulaban exponencialmente en su casa– la idea era revisarlos y releerlos. Los recuerdos tienden a ser endebles y caprichosos –le afirma al destinatario–. Las cartas permiten revivir los tiempos a los que aluden. “Tener, leer y escribir sobre estas cartas –más de cincuenta años después– parece llenar y “completar” la idea que tengo de esa época… y de otras épocas. Esto, por ejemplo, forma parte del proceso de “completar”, que sería imposible si me hubiera deshecho de las cartas”. Porque para alguien como Oliver Sacks ordenar sus cartas es semejante a dejar un testimonio coherente y legible, un legado amoroso en el que se adivinan autores de variada estirpe –de Darwin a Luria, de Hume a Kierkegaard, de Dickens a Octavio Paz–; un legado que conviene dejar en orden antes de dar las gracias finales y prepararse –por fin, luego de una obra única y una vida en movimiento– para descansar.
4 de marzo, 2026

Cartas
Oliver Sacks
Edición de Kate Edgar
Traducción de Damiá Alou
Anagrama, 2025
928 págs.
Crédito de fotografía: Elene Seibert.