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Dóberman

Gustavo Ferreyra


Marcelo Garmendia


¿Qué elegir contar para contar una vida? ¿Cuál es la clave, dónde radica eso que permite dar cuenta realmente de ella? De manera implícita, a través de una escritura de amplio espectro y de un dispositivo en el que la realidad y sus figuraciones se confunden hasta la indistinción, Gustavo Ferreyra sugiere en esta novela que la clave quizás radique en el modo en que esa vida de la que se quiere dar cuenta es habitada por el leguaje. Ahí, en ese procesador de la existencia en el que la materialidad de lo vivido y su simbolización no cesan de afectarse mutuamente, es donde ocurre lo sustancial de una vida, lo más relevante y lo más atractivo, o lo que en todo caso, según la perspectiva de este autor, vale la pena contar.

La vida que se elige contar en esta oportunidad es la del insondable, el indescifrable Joaquín Riste, alguien que en algún lugar de sí pareciera ser de manera simultánea un niño fantasioso y resentido que cree ser un perro, un showman más o menos famoso, el chofer de un reputado diplomático menemista, un espía en Varsovia que es parte de una conspiración internacional para derrocar el régimen socialista cubano, un ladrador compulsivo al que le amputan una pierna, un paciente psiquiátrico y un anciano ligeramente perverso que es amo y esclavo de sus dos sirvientes. Sostenido por el andamiaje de estas circunstancias, lo que se cuenta, lo que Ferreyra elige contar, es lo que pasa pero también y sobre todo lo que el implicado simboliza a partir de lo que pasa. Como las de cualquiera, las suyas son simbolizaciones necesariamente erradas, que a su vez, claro, producen efectos en la realidad en un juego incesante de múltiples distorsiones, que en este caso (como, en alguna medida, en casi todos) redunda en un desquicio de proporciones. Desde niño Joaquín pareciera tener una marcada inclinación a la simbolización excesiva y si algo lo prueba es ese perro que encarna de manera insistente cuando juega con su hermana, para no hablar de su propensión incontenible a ladrar, como si en determinadas circunstancias ese fuera el único modo de expresar lo que le ocurre. Y a medida que crece, claro, crece el desatino, y los desbordes y los extravíos se multiplican a tal punto que no acabamos de saber qué es cierto y qué es delirio en torno a su vida. No sabemos, por ejemplo, si “siente ser” o “realmente es” un dóberman, con lo que la metáfora acaba desestabilizándose al punto de que, tal como dice Martín Kohan, “no podemos siquiera estar seguros de que se trate en verdad de una metáfora”. Y es justamente ahí, en esa inestabilidad llevada al extremo, donde este relato (incluidas sus figuraciones más sugestivas, como esta de la animalidad) alcanza su cúspide expresiva y logra su cometido, que no es otro que el de instalarnos en el centro del desconcierto general que es esa vida que nos están contando, ahí donde se hace evidente qué tan variados y dañosos pueden ser los disparates de que son capaces las simbolizaciones humanas.

Ahora bien, todo eso es posible y se sostiene gracias a la contundencia de una escritura que siempre se las arregla para decir lo que habitualmente se calla. Consciente de que la palabra funciona en el sujeto en al menos dos instancias complementarias pero claramente diferenciadas (la social, en la que el lenguaje está siempre más o menos contenido; y el fuero interno, en el que la contención desaparece dando lugar a una expresividad desatada), y de que por lo general en literatura solo se considera la primera, la escritura de Gustavo Ferreyra se propone siempre, y en particular en esta novela, hacer visible la segunda, esa contracara clandestina, signada por el secreto de lo inconfesable, en la que se cocinan las proyecciones delirantes que formatean el despropósito. El dispositivo preferido por Ferreyra para promover ese desborde es ese chorro palabrístico tan característico de su escritura, que consiste básicamente en un caudal considerable de discursos fluyendo de manera continua con una potencia capaz de revelar las barbaridades que, por ejemplo, suenan de manera continua en la cabeza de Riste. En ningún caso, sin embargo, ese desborde redunda en el caos de lo incomprensible. Por el contrario, el flujo se organiza de tal modo que en su devenir no cesan de proliferar historias tan interesantes como entretenidas. El médium que administra ese chorro es en este caso un narrador omnisciente que, como todos los de su clase, lo sabe todo, pero entendiendo que saberlo todo no es tanto conocer lo que le ocurre a ese de quien se ha propuesto contar su vida, sino sobre todo tener dominio sobre el régimen discursivo que articula su funcionamiento.

Pero para que ese dispositivo funcione es necesario crear una instancia que lo propicie, y el arranque de esta novela es en ese sentido ejemplar. El dóberman Riste está sobre el escenario haciendo lo suyo, es decir oficiando de showman mediante un torrente continuo de palabras, cuando de repente su memoria se apaga y se queda sin eso que es su instancia de dominio. Y es precisamente por ahí, por el agujero que abre ese inoportuno silencio, que se cuela la voz del narrador, dando rienda suelta a un chorro de lenguaje en el que todo en relación con Riste pareciera tener cabida, sobre todo aquello que masculla para sí: sus fantasías inconfesables, sus vilezas, el incesante enrosque de sus especulaciones, la destilación continua de sus envidias y resentimientos, sus múltiples paranoias y demás indignidades del lado oscuro de la palabra.

La soberanía del narrador sobre ese lado oscuro se traduce en un amplio espectro de tonos que reflejan la multiplicidad de estados y sensaciones por los que transita Riste, haciendo explícita la batalla en la que se debate, que no es otra que la librada entre control y descontrol. La literatura de Ferreyra presupone siempre esa batalla y digamos que se especializa en expresar lo que compete al descontrol, que siempre, pareciera decirnos, tiende a prevalecer. Lo que importa en todo caso (lo que para este autor hace que valga la pena contar el cuento) es intentar saber cuáles son los elementos decisivos en determinadas circunstancias históricas para esa prevalencia, y es en este sentido que el desquicio de Riste no es solo particular sino que (tal como lo subraya la intermediación de ese jefe diplomático, liberal a ultranza, en el que él alucina un padre) se hace extensivo al contexto en el que se inscribe, que no es otro que el del menemato en su momento triunfal. No es casual en este sentido que todos los Riste (el showman enmudecido, el chofer trastornado, el espía fallido y el vejete perverso) concluyan unificados en una cama de hospital, sumidos en el mayor de los desconciertos, ladrando como posesos y literal o simbólicamente amputados.

Ocurre que una indagación humana de la profundidad que propone esta novela no puede sino ser una indagación política de alto vuelo, que nos recuerda de manera brutal que nuestro destino es necesariamente colectivo, entre otras razones porque, aun en sus singularidades (por sus singularidades), la historia de una vida cualquiera no es siempre de algún modo propia, incluso la irremediablemente absurda (la patética, la desastrada, la infame, la alucinada hasta lo improbable) vida de este dóberman memorable.

16 de septiembre, 2026

Doberman.jpg

Dóberman
Gustavo Ferreyra
Prólogo de Aníbal Jarkowski
Godot, 2026
288 págs.

Crédito de fotografía: Alejandra López.


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