En el principio, podría decirse, fue la broma. El humor en sus múltiples formas (desde el chiste mundano, la chabacanería, la escena absurda o el comentario insidioso) es uno de los tantos registros reconocibles de esa máquina de escribir y de narrar que Daniel Guebel parece llevar dentro de sí. Acá se hace presente desde el título, y un poco como arrastrando esa palabra ya casi olvidada que hace muchos años la crítica usaba con tanta frecuencia: “intertextualidad”. La referencia es la famosa comedia de Woody Allen en la que “eso” sobre lo que uno no se atrevía a preguntar era el sexo. Tiene sentido, porque ese ha sido otro de los grandes motores impulsores de narración de muchas de las novelas que Guebel ha escrito a lo largo de su carrera. Recuerdo a alguien que decía: cuando hay doble sentido, el segundo sentido siempre es sexual. Y también –agregaría– humorístico, porque si al sexo no se lo toma en términos literales, su otro sentido (la posibilidad de metaforizarlo) es posible que lo convierta en broma. De algo finalmente hay que reírse, parecían expresar muchas de aquellas ficciones de Guebel sobre sexo y amor de finales de los noventa, aunque fuesen esas cuestiones precisamente la causa de confusos malentendidos y tragedias sentimentales, de extrañamientos y confusiones del cuerpo y el alma. Tomar lo terrible al menos con humor, o incluso desde el disparate, para darle un cauce novelístico. Nancy Giampaolo, por su parte, proviene del universo periodístico, es reconocida columnista pero también ha publicado un interesante libro de entrevistas a escritores en los que aborda los temas que suelen ser los suyos: los peligros de dejarse subyugar por la corrección política, o la hipocresía que puede esconder la aceptación acrítica de ciertos discursos cuando intentan erigirse en tribunales de justicia sobre determinados usos de la lengua.
“Como las mejores cosas de la vida, la idea de este libro apareció de casualidad”, escriben en el prólogo los autores, que hacen en realidad de compiladores, y señalan que el encuentro entre ambos se produjo a causa de un acontecimiento jurídico que los entretuvo “en una serie de consideraciones generales sobre Dios y el origen del universo que rápidamente derivaron en un anecdotario por lo general procaz acerca de la vida, dichos y hechos de un escritor de relieve, prematuramente muerto”. El cuerpo entonces del libro (o del delito, si es que a estos textos se los considerara infidencias) son precisamente “anécdotas” que involucran a figuras de escritores y escritoras, pero con la particularidad de que quienes las cuentan son también, justamente, escritores. Desde Platón en adelante, sabemos que los poetas (un modo de llamar a quienes hacen literatura en general) han cargado con la sospecha de que “mienten mucho” (hoy tal vez diríamos: tergiversan o inclinan un poco los hechos, ¿aunque quién no?), con lo cual este anecdotario tiene al menos un doble modo de ser leído y de concitar interés en el lector: saber qué se cuenta de determinado escritor, pero también ver cómo lo cuenta el escritor o escritora que está a cargo de dar a conocer la anécdota. El espectro es amplio, tanto de quienes son sujetos de la enunciación como de quienes resultan ser los sujetos del enunciado: Ariel Magnus relata un par de situaciones graciosas que le quedaron como recuerdo de un viaje compartido con César Aira; Rodrigo Fresán se refiere al último Bioy Casares y queda claro que en términos de cortesía amorosa el zorro puede perder el pelo pero no las mañas; Luis Gusmán evoca sus encuentros con Jorge Luis Borges y rememora su salida por la tangente cuando algún compañero escritor de la joven guardia le mencionó su experiencia con la marihuana; Guillermo Saavedra sufre una chanza de Arturo Carrera en un encuentro de poetas en Asunción, pero se venga de su risa maliciosa al otro día, en el vuelo que los trae de regreso; Ana María Shua revela el eficaz método que había desarrollado Alicia Dujovne de Ortíz para espantar a los hombres pesados; Sergio Bizzio, Daniel Link y Guillermo Piro dan fe de que la fama de enfant terrible de Fogwill no era puro cuento y que con él se podía pasar del amor al odio y nuevamente al amor con solo minutos de diferencia; Elsa Drucaroff relata una tarde en Mar del Plata en que quedó pagando en el momento del saludo con una María Elena Walsh que, con unas copas de más, la había abrazado muy efusivamente la noche anterior; Esther Cross deja entrever que Luis Chitarroni podía ser tan mordaz como el propio Borges cuando algo no gozaba de su agrado; Daniel Molina evoca a Puig y cita el cuidado que Cabrera Infante decía que había que tener para criticar a Vargas Llosa porque “es malvado y más poderoso que Batista y Fidel juntos”, y así... El título del libro y esta somera enumeración pueden dar la idea de una chismografía, pero se trata más bien de pequeñas semblanzas, que es lo que cualquier anécdota construye cuando esta involucra a la figura de un artista.
En Nuevo museo del chisme, Edgardo Cozarinsky señala que el chisme es, ante todo, relato transmitido. “Se cuenta algo de alguien, y ese relato se transmite porque es excepcional el alguien o el algo: puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; dificilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza.” Que se pueda hacer anécdota con hechos y dichos triviales de alguien prestigioso lo percibió claramente Diego Capusotto (con quien Giampaolo lleva adelante además un espectáculo de charlas en torno a la carrera del famoso comediante) cuando llevó al paroxismo y el absurdo la inagotable fuente de anécdotas que fue durante mucho tiempo el universo de Diego Maradona y su entorno. Difícilmente, señala Cozarinsky por otro lado, pueda hacerse “anécdota” (relato de interés) con episodios nimios de un desconocido. Excepto, diría, en el campo de “la ficción”: la novela moderna podría definirse quizás como aquel género en que se cuentan las trivialidades de un desconocido, que así se convierten en novelescas, una vez que aquella (como señaló a su tiempo György Lukács) ya no se ocupa de relatar las grandes hazañas de los hombres. El desconocido pasa a ser personaje de novela: Madame Bovary, el Ulrich de Robert Musil, Leopold Bloom. De ahí en adelante, todo puede decirse de todos con interés y se puede hacer una novela de cualquier cosa.
Pero también están los segmentos del libro que pueden considerarse, directamente, como piezas de escritor, relatos breves más que anécdota propiamente dicha: cuentos. Son los casos, por ejemplo, de los textos de Mariano Quirós, Alejandra Laurencich, Luisa Valenzuela, Matías Alinovi, Alejandra Zina, o el de María Gainza que cierra el volúmen.
“Donde ya no hay cuerpo, hay epitafio, que es lo que dura. El epitafio en vida es el relato. Y el relato ajeno es la segunda obra que los escritores escriben, deliberada o involuntariamente, ofreciéndose para que otros se ocupen de esa construcción que ellos mismos iniciaron”, consignan Giampaolo y Guebel hacia el final del prólogo. El mito personal del escritor, lo llamó César Aira. Un trabajo de hormiga que, si el autor logra cristalizar, pasa a formar parte de una suerte de inconsciente colectivo que compartirán a partir de entonces lectores y no lectores; algo visible y tangible, como esas estatuas de artistas populares con las que en ciertos lugares nos chocamos por la calle, rígidas pero sonrientes, y ocupando impávidas un pedazo del espacio público.
16 de septiembre, 2026
Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentino favorito y nunca se atrevió a preguntar
Daniel Guebel / Nancy Giampaolo (comps.)
Interzona, 2026
120 págs.