Hace algo más de un mes, la editorial Sigilo publicó a la autora brasileña Ieda Magri, escritora de ensayos, novelas, textos académicos y también docente e investigadora en Río de Janeiro. El libro, traducido por Paula Abramo, se titula Una exposición y, para quien se lo haya cruzado entre los estands de la FED o en el escroleo de las redes sociales, la tapa lo vuelve insalteable: los contornos blancos de una faca con la punta hacia abajo aparecen en un trazo tallado sobre un rojo pasión. El último libro de Magri comienza como una crónica de viaje de retorno a la casa familiar para luego mostrar los pliegues de un ensayo autobiográfico. El motivo del viaje es una fiesta en la que se reunirán los Magri a faenar una res y, con esto, proceder a todos los pasos del ritual que los reúne como familia rural: elegir al mejor ejemplar, seleccionar los cortes que se conservarán para el resto del año, asar el corazón para comerlo inmediatamente, limpiar las tripas para hacer embutidos. Al llegar, Ieda, una mujer de ciudad, profesional y de mediana edad que viaja sola desde Río de Janeiro hacia el sur de Brasil, tiene la tarea, junto a su padre, de elegir la res. Desde el momento en que se decide por la 45 –la más simpática, la más gorda, la más bonita–, la carneada adquiere los contornos de un sacrificio en el que el animal hace honor a la reunión familiar y habilita que el viaje se vuelva una pregunta por el pasado que la hizo campesina.
Las oscilaciones entre la crónica de viaje y el ensayo autobiográfico –que también remiten al cuaderno escolar, al ensayo académico, a la nota etnográfica– se producen, asimismo, en el encuentro con el lenguaje fotográfico. Más de una veintena de fotografías en blanco y negro se distribuyen entre las páginas de Una exposición y componen una galería en la que el lector se encuentra con panorámicas del paisaje del camino a la casa familiar, fotogramas de la secuencia del sacrificio de la res 45, planos detalle de la carne y los órganos del animal, una fila de salames colgados secándose, un antiguo retrato familiar de los Magri.
Magri dice que la experiencia de la muerte que tiene lugar en la finca familiar es completamente diferente a lo que sucede en un matadero. En el sacrificio de una res ocurre la repetición de un ritual hecho con delicadeza, agradecimiento y pericia. La fotografía en la que una res colgada entrega su cuerpo a la mano de un campesino que parece cortarla sin siquiera tener que tomar el cuchillo es quizás la que condensa mejor –en la mano abierta, en la ausencia del gancho del que cuelga el animal– toda esa intensidad escrupulosa con la que Magri relata el carneo.
Entre citas de W. G. Sebald, Rubem Fonseca, João Guimarães Rosa y Georges Bataille se despliega esta exploración íntima de la relación interespecies. Sin deudas con la corrección política, aquí, las reses son parte de la vida familiar, una vida en la que cada quien cumple su función y la de ellas es morir para alimentar al resto y para que el resto se encuentre en el trabajo, en la mesa, en cada tarea cotidiana, en el pasado. Para Magri, entre estas reses y la familia circula un mismo amor y un mismo misterio. Así, el libro es el intento de que las escenas de la fiesta de congregación le puedan devolver una señal acerca del acto que ha separado su cuerpo del de su madre. Es como si, frente a la faena, apareciera la posibilidad de formular una pregunta acerca de una violencia fundante de la vida familiar: ¿qué hay del vínculo afectivo con una madre que puede parecerse al acto de matar una res?
En esta dirección, las referencias al sacrificio batailleano funcionan al menos en dos planos: en el estético, la imagen del sacrificio aparece como un evento más deslumbrante que ominoso; en el religioso, la muerte dada se recupera como instancia de consagración del cuerpo inmolado. Frente al sacrificio –cuya potencia, para Bataille, radica en diluir las formas constituidas por la vía de la destrucción de las discontinuidades que somos–, Magri se pregunta cuándo fue que se produjo la separación ahora infranqueable entre su carne y la de su madre: “Toda la tensión, toda la violencia, toda la sangre derramada de la res se mezclaban con mi madre; y yo, nosotras, seguiríamos partidas a la mitad”. Así, la carneada hace aparecer la pasión que enlaza el desguace de los animales y el cuerpo de la madre y revela que la reunión de esas dos mitades –el cuerpo de Ieda y el cuerpo de la madre– solo puede producirse en un acto de violencia imposible: “Creo que me gustaría arrancarle el corazón a mi madre”.
La singularidad de la voz de Magri se compone en un tono ajustado a una empatía que no recurre a ninguna exageración horrorizada ante el ritual que la reúne con su familia pero que también deja que sobrevengan las pasiones infantiles con las que ella se expulsa de la fiesta y queda en carne viva. Cuando el relato se deja tomar por esa pasión, aparece la exposición: una Ieda adulta estalla frente a todos en un llanto sin contención, alto, sonoro, desamparado cuando un descuido doméstico –la sal tiene ajo y ella es alérgica– le ratifica el desamor de su madre, que es capaz de olvidar los puntos vulnerables de su hija. En otros términos, esta mujer que berrea ante la evidencia de que ningún sacrificio la devolverá a la carne materna y que, entonces, no hay viaje que pueda ser de retorno, también puede templarse y dejar que el fogonazo de un flash capture su imagen: en la última fotografía Magri sostiene sonriente el hueso de una costilla que acaba de comer y que todavía le abrillanta los labios.
16 de septiembre, 2026

Una exposición
Ieda Magri
Traducción de Paula Abramo
Sigilo, 2026
176 págs.