Al margen de etiquetas y filiaciones, la literatura parece haber estrechado el régimen de lo decible. Y no, desde luego, porque hoy se pueda decir menos que antes, sino debido a que se ha vuelto espinoso decir ciertas cosas sin pagar el precio de ser leído como aquello que se representa, al pie de la letra. La corrección política es, acaso, la manifestación más visible de un fenómeno difuso y de mayor alcance que, entre otras cosas, revela un cambio de sensibilidad, refractario a las ambigüedades y los equívocos. Lejos de ser una cuestión privativa de la llamada literatura del yo –hoy en franca retirada y, al parecer, depuesta por el revival de los géneros, que tampoco es ajeno al asunto–, el fenómeno se advierte incluso en apuestas más audaces, donde la moral de la forma puede dejar intocada a la otra, la de los –llamémosle– valores. Por eso, aunque solo fuera por contrariar el clima de época, necesitamos narradores menos complacientes. Deleznables, moralmente ambiguos, contradictorios, inescrupulosos, mezquinos; manipuladores, egoístas, perversos, imprevisibles; narradores, en suma, capaces de sacudir la conciencia bienpensante del lector. Necesitamos más Ferdinand Bardamu, más Humbert Humbert, más Witold, más Otto Dietrich zur Linde.
Nótese que hablamos no de personajes sino de narradores, y en la doble acepción del término: como voz narrativa y como instancia autoral (a la nómina anterior habría que agregar, entonces, a Céline, Nabokov, Gombrowicz y Borges). Es decir que necesitamos, por un lado, voces capaces de sustraerse a las convenciones y, por otro, escritores dispuestos a correr el riesgo. Por supuesto, no es lo mismo poner al monstruo en escena que darle la palabra. Un personaje puede ser opaco sin comprometer la posición moral de la obra (véanse, si no, Raskólnikov, Heathcliff, Thomas Sutpen). Otra cosa es vestir los ropajes del monstruo, conferirle una voz, asumir –aunque sea bajo el amparo de la ficción– aquello que uno preferiría mantener fuera de sí. Porque una voz persuasiva, seductora, puede, en efecto, desdibujar la brecha entre dar cabida a una determinada postura y hacerla propia.
Tal vez la criatura que concibió el norteamericano Robert Plunket en Los papeles de Harding no diste tanto de su autor, pero se las arregla para no tener que rendirle cuentas. Elliot Weiner es un historiador consagrado al estudio de Warren G. Harding, el vigésimo noveno presidente de los Estados Unidos, uno de los más ineptos y, por añadidura, de los que menos interés despiertan. Una elección nada desdeñable para alguien con aspiraciones de notoriedad y poca competencia alrededor. Tan mediocre como vanidoso y oportunista, Elliot pretende hacerse con los documentos que tiene en su poder quien fuera la amante de Harding, la hoy octogenaria Rebekah Kinney. Para acercarse a ella, Weiner se hace pasar por un estudiante de posgrado y la convence de alquilarle (a un precio desorbitado) una destartalada caseta en el patio de su decadente mansión de Hollywood. Poco a poco, se gana la confianza de Jonica, la nieta de Rebekah, y aprovecha su cercanía para sonsacarle información y, a la postre, hacerse con los papeles de la anciana.
Plunket toma como modelo Los papeles de Aspern, de Henry James (y la traducción refuerza el abolengo, dado que el original se titula My Search for Warren Harding). También aquí un investigador se empecina en obtener documentos íntimos relacionados con una figura prominente del pasado –el poeta Jeffrey Aspern, en un caso, y el expresidente Warren Harding, en el otro–. Claro que mientras James compone con estos elementos una refinada intriga sobre los límites de la curiosidad, Plunket la convierte en una farsa picaresca.
Para empezar, Elliot habla como académico, pero piensa como paparazzi. Sobre una empleada doméstica, observa: “A Eve le daba pavor encomendarle tareas porque se rumoreaba que había sobrevivido a Auschwitz. Y no precisamente como prisionera, no sé si me explico”. Sobre el atuendo de Jonica: “Misteriosamente, el conjunto era armónico, pero no dejaba de recordar a un inmenso árbol de Navidad. Más que vestida, iba decorada”. Sobre una obra teatral feminista: “Sin argumento, sin chistes y, bien lo sabe Dios, sin estrellas. Solo ocho adefesios lloriqueando sobre sentirse rechazadas. Hay que reconocer que parecían grandes expertas en el tema”. Tan incisivo resulta en los detalles que no se le escapa ni siquiera el gesto de un personaje al lamer la mayonesa de los bordes de un sándwich: “levantaba el bocadillo por encima de la cabeza y se lo arrimaba a la boca como si estuviera paladeando un racimo de uvas en una orgía romana”.
Plunket tiene tal facilidad para el gag, la digresión y el apunte humorístico –también se permite salpicar notas al pie, entre otras cosas, para registrar discusiones gramaticales con su mecanógrafa e incluso para insertar recetas culinarias– que la novela desbarranca en su propio derroche. La redime no el estilo, sino el ingenio. El surtidor inagotable de comentarios incorrectos sobre otros y el cuidado deliberado con que evita hablar de sí mismo, acaban dibujando, de soslayo, un retrato bastante poco halagüeño de la propia personalidad de Elliot.
Que al único varón homosexual de la novela lo llame “marica” y que, a su vez, invite a mudarse con él al exmarido de Jonica dice no poco de sus propias contradicciones. Otro tanto puede decirse del mundo académico en el que Elliot pretende destacar, confundido con un Hollywood decrépito de glorias caídas en el olvido, fiestas trasnochadas y aspirantes a la fama. Allí su soberbia académica se diluye en la fascinación efervescente por las celebridades, ante las que pierde buena parte de la superioridad con que juzga al resto. Son, en rigor, los efectos de la duplicidad del narrador no fidedigno, si bien en el caso de Elliot, la cuestión no pasa tanto por sus mentiras como por todo aquello que, de manera conveniente, prefiere no saber. Buena parte de la risa que suscita la novela nace de esos desajustes.
A diferencia de James, que, fiel a sus modales indirectos, se cuida de revelar la existencia material de las cartas del poeta Jeffrey Aspern, Plunket no solo muestra las de Harding, sino que revela el contenido –erótico, es más: obsceno– de las mismas. Esto, que parece una burda inversión, oculta tal vez una lectura más sutil, sepultada bajo toda la hojarasca de chistes fáciles. A fin de cuentas, James –que preservó su intimidad quemando parte de su correspondencia– podía trazar una división tajante entre vida y obra y en algún punto sugerir que no hace falta conocer los asuntos personales de un autor para apreciar el valor de un poema. Plunket, en cambio, escribe en 1983 sobre un hombre sin obra, o cuya obra (política) importa más bien poco, de modo que solo queda su vida, todo aquello que rodea al personaje y que James habría preferido mantener fuera de la página. Y es en ese territorio, el de la vida despojada de la obra, donde Plunket da rienda suelta a su criatura. Prejuiciosa, homófoba, racista, patética y contradictoria, puede permitirse cualquier cosa porque no necesita comparecer ante el lector con un certificado de buena conducta.
16 de septiembre, 2026

Los papeles de Harding
Robert Plunket
Traducción de Regina López Muñoz
Impedimenta, 2025
336 págs.