—Thomas Pynchon, El arco iris de la gravedad
Desde sus primeras recepciones críticas, la obra de Thomas Pynchon ha sido asociada con la noción de entropía. A partir de su célebre cuento “Entropy” (1960), el concepto –tomado de la segunda ley de la termodinámica– pasó a constituir una de las categorías centralespara leer su narrativa. En su acepción física, la entropía se refiere a la energía que se pierde en todos los procesos de transformación de la materia, y tiene que ver con el creciente grado de desorden de las moléculas en los intercambios energéticos. En Pynchon, esta noción confluye con la de entropía de la comunicación, entendida como el mayor o menor grado de desorganización e incoherencia en la transmisión de los mensajes. De tal manera, la entropía se convirtió en clave privilegiada para comprender un universo narrativo dominado por el ruido, la dispersión, la pérdida de las formas y esos “significados que se pasan por alto”. Sin duda, en la obra de Pynchon, la entropía funciona como una imagen del agotamiento cultural y metáfora de la imposibilidad de sostener un sentido estable, es determinante en tanto define la forma de la experiencia humana y el curso de la Historia, y este constituye uno de los ejes fundamentales de su obra.
En los inicios de la modernidad, Henry James propone, en la figura del tapiz, una concepción de la literatura como el resultado de un trabajo que organiza y sustenta el sentido de una totalidad. Pynchon, en cambio, parte de las ruinas de esa modernidad. En su obra, los residuos históricos emergen como las “partes visibles de un tapiz” inaprensible; escombros constituidos por personajes olvidados, canciones populares, documentos marginales, comunidades efímeras, tecnologías obsoletas y todo tipo de digresiones conforman un conjunto de fragmentos que parecen seguir patrones desconocidos e inaprensible y terminan por dar forma a una narrativa entrópica.
Como deja entrever El arco iris de la gravedad, el arte entrópico ilumina lo no aprovechable del sistema. La escritura deviene, así, mecanismo abierto que subvierte toda condensación de poder y hace posible una lógica alternativa donde “todo va junto, unido. Paralelamente, sin formar series”. Eludiendo la lógica causal, pone en juego redes de información, desplazamientos históricos, desarrollos tecnológicos y correspondencias más o menos opaca; todo lo cual determina una lectura que permanece “al borde de la comprensión”, a la que siempre “se le escapan las piezas”, debido a la obligada consideración de fenómenos de diverso orden. Pynchon nos deja vislumbrar la trama insospechada de la Historia, la que puede verse como el resultado de la superposición y el montaje de infinitos eventos individuales y colectivos.
En contraste con una poética de la disolución, la obra de Pynchon puede leerse como una poética de las supervivencias. Esta preocupación atraviesa prácticamente toda su obra. En V. (1963), por ejemplo, la búsqueda del misterioso personaje que da título a la novela se despliega a través de episodios dispersos en distintos momentos y lugares. La investigación no conduce a una revelación final ni a una totalidad recuperada, la novela se erige como una especie de metáfora extendida, un símbolo elaborado, del proceso entrópico”. El pasado aparece como un archivo incompleto compuesto por testimonios parciales, documentos fragmentarios y relatos que nunca terminan de encajar por completo. La entropía aparece como clave de una trama donde la Historia se presenta, desde el comienzo, como serie de huellas antes que como una narración unificada.
En El arco iris de gravedad (1973), la historia de la Segunda Guerra Mundial capta el devenir paranoico de una cultura condicionada por la competencia en la producción de armas de destrucción masiva. Los sistemas de aniquilamiento también funcionan como una inmensa máquina de producción de residuos; historias secundarias, canciones populares, referencias científicas y esotéricas, personajes marginales que se acumulan hasta formar una estructura que resiste a cualquier principio de totalidad. De tal manera, su narrativa forjó nuevas maneras de leer, disponiendo conexiones alternativas a partir de la proliferación de fragmentos: la paranoia es nada menos que el arranque, el filo del descubrimiento de que todo está conectado, todo en la Creación, es como una iluminación secundaria. Construida a partir de materiales heterogéneos, su obra permite descubrir relaciones inesperadas.
En este contexto, la paranoia característica de los personajes pynchonianos puede entenderse como una respuesta frente al exceso de sentido más que frente a su ausencia. El problema no consiste ya en que el mundo haya dejado de significar, sino en que todo pareciera susceptible de conectarse con todo. La paradoja reside en que a pesar de la certeza de que nunca accederemos a la visión de la totalidad de la figura en el tapiz, persiste la sospecha de una trama secreta que expresa el deseo de reconstruirla a partir de elementos dispersos, como si detrás de los fragmentos todavía pudiera vislumbrarse el dibujo completo, cuya forma definitiva nunca termina de develarse.
Las novelas posteriores profundizan esta cuestión. En Mason & Dixon (1997), el siglo XVIII aparece como un espacio todavía abierto a múltiples posibilidades. Bajo la reconstrucción de un episodio fundacional de la historia norteamericana, la novela recupera formas de experiencia y proyectos que no llegaron a consolidarse; poniendo en jaque cuestiones como la “verdad”, la “memoria” y los “hechos probados”, interpela los fundamentos y la lógica del relato histórico. Del mismo modo, Against the Day (2006) focaliza en la historia alternativa, comunidades efímeras, tradiciones científicas y políticas que quedaron al margen de las representaciones hegemónicas. La “visión desde arriba” que los “Chicos del Azar” obtienen desde su aeronave, acompaña la perspectiva excéntrica de una lectura que descubre historias alternativas y la posibilidad de mundos paralelos. Un panorama que por su sola evocación atenta contra "la esencia misma de lo que se supone debería ser la Historia moderna" en tanto coartada de un "Estado moderno que depende del mantenimiento" de “sistemas de control racionales”, es decir, de la defensa de las corporaciones y la violencia ejercida contra todos los ciudadanos. En ambas obras, la historia deja de presentarse como una sucesión lineal y aparece, más bien, como una serie casi infinita de caminos que se bifurcan.
Algo similar ocurre en Vineland (1990), cuya trama inspiró el film Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. Desde el presente diegético ubicado en 1984, la exploración del pasado prefigura el destino de una de sus protagonistas, Frenesi, a quien las viejas historias llevan su “mirada de un lado a otro, como si estuviera montando planos y contraplanos de dos actores”. Asimismo, a través de la parodia al sueño americano, en Inherent Vice (2009), novela también llevada al cine por Anderson en 2014, la memoria de la contracultura de los '60 sobrevive bajo la forma de restos dispersos. El título –Vicio propio– proviene del ámbito legal y describe la tendencia natural de los objetos a deteriorarse, es decir, su entropía. La crítica ha leído la relación cronológica entre ambas novelas como un experimento termodinámico cerrado; en este sentido, Inherent Vice remite al momento del desmoronamiento de la utopía contracultural, mientras que Vineland representa la instancia en que el neoliberalismo logra neutralizar toda resistencia del pasado. Sin embargo, a pesar de que las aspiraciones colectivas de esa época ya no existan como proyectos vigentes, continúan manifestándose en canciones, recuerdos, vínculos afectivos y modos de vida que se resisten a desaparecer por completo. Más que registrar la derrota de esos proyectos, Pynchon se detiene en aquello que sobrevive a ella: canciones, recuerdos, vínculos y formas de experiencia que persisten como fragmentos de otras historias posibles.
Sus novelas, por tanto, invitan a leer las voces acalladas y los restos que los grandes relatos ignoran, como “las partes visibles de un tapiz” donde, de tanto en tanto, se vislumbran conexiones inesperadas, y cuyos hilos dejan entrever una trama siempre incompleta, pero todavía capaz de frotar la chispa del sentido. Entre el afán de trazar un orden y la porfiada exuberancia del lo real, el saldo de la operación, en Pynchon, siempre es deficitario; o mejor, siempre queda un resto. Pero lejos de restaurar la tal vez mítica unidad perdida, sus novelas hacen de ese resto un punto de partida. En este sentido, la entropía deja de ser solo una imagen del agotamiento o de la pérdida de sentido para convertirse en una forma de pensar la Historia. A veces, son precisamente esos restos, esos fragmentos los que permiten imaginar otras formas posibles del pasado y también del futuro. Pynchon no pretende reconstruir el tapiz completo, sino preservar los fragmentos que todavía permiten imaginarlo.
22 de julio, 2026