A Thomas Pynchon lo persigue un lugar común que, por verídico que sea, no deja de ser contraproducente. Desde sus primeros libros de los años sesenta y comienzos de los setenta (V., La subasta del lote 49 y El arco iris de la gravedad), antes de entrar en un largo impasse editorial de dos décadas, se lo definió como el gran narrador de la paranoia contemporánea, una suerte de rabdomante de las conspiraciones que parecen esconderse debajo de cada piedra en un mundo gobernado por fuerzas y conocimientos que supera el pálido alcance interpretativo de los individuos. El problema de esa definición sintética –más de medio siglo después– es que parece hoy menos certera para los libros de Pynchon que para los de un escritor que empezó a publicar apenas después, en sincronía con el auge de las grandes películas confabulatorias (de La conversación a Todos los hombres del presidente). Ese autor es Don DeLillo, el más verosímil retratista de ese clima de sospecha permanente. Baste citar una novela suya de la que siempre se prescinde, Libra (1988), la mejor que se haya escrito sobre el asesinato de Kennedy y que le ganó de mano, con creces, a las elucubraciones del JFK de Oliver Stone.
La paranoia en Pynchon, más allá de los guiños políticos entrelíneas, es sobre todo pura alucinación literaria. En sus tramas siempre hay alguien que tira de uno o más hilos en busca de develar un secreto, pero en términos clásicos ocurre que la resolución queda siempre pendiente o, cuando la hay (como en V.), resulte por completo estrafalaria. No se le puede negar a Pynchon una vertiente profética o, si se prefiere, como corresponde a la literatura, visionaria en un mundo como el actual, gobernado por financistas y empresas tecnológicas. Eso ya estaba presente, con todas las letras, en aquellos libros inaugurales, empapados del ambiente contracultural en que fueron escritos, pero a Pynchon se lo tomó en los comienzos –entre otras cosas, por su erudición avasalladora en los más diversos temas, empezando por los tecnológicos– como una suerte de gurú que en un libro kilométrico como El arco iris... había encriptado y desglosado el inabarcable y tortuoso modo en que funcionaba el mundo desde la posguerra.
Hoy, con los libros que siguieron, es evidente que a su complejidad laberíntica le importa sobre todo la sátira, la parodia y el arte de la fuga de sus narraciones. Cuando Barthes diseccionó en S/Z una nouvelle de Balzac, llegó a la conclusión que en la narración clásica todos los temas cierran (excepto, claro, lo que el propio texto dice sin querer). Pynchon narra de manera en apariencia más o menos clásica, pero sus ficciones son, por el contrario, un himno a los cabos que quedan sueltos, sin explicar, esa herejía. Aunque pueda haber una aparente directriz argumental, sus tramas son una suma de subtramas, digresiones, giros en redondo y pistas que se pierden en el vacío.
Novelas-sistema se las llamó en su momento, porque no seguían una sola historia sino muchas, que además transcurrían a distancia de pocas páginas en una cantidad inaudita de lugares geográficos. Si la paranoia era el motor que ponía en marcha la narración, lo que se contaba carecía de centro. V. (1963), que Pynchon publicó a los 25 años, ya propone ese itinerario desconcertante. Ahí, se investigaba el paradero de una misteriosa Mata Hari que había sido vista en diversos sitios del planeta en momentos de crisis y que, según cree Hubert Stencil, uno de los protagonistas, que sale en su busca, sería su madre. Épocas y latitudes se mezclan, pero siempre surgen como icebergs esas escenas perdurables que poco y nada tienen que ver con la línea central. Por ejemplo, aquellas páginas en que Benny Profane (los nombres de los personajes de Pynchon, dicho sea de paso, parecen extraídos siempre de un cómic) forma parte de una brigada que tenía como misión cazar los cocodrilos que se habían reproducido en el amplio sistema cloacal de Nueva York después de que compradores desilusionados hubieran arrojado por los inodoros unas mascotas similares a los sea monkeys que se habían puesto de moda. Es una leyenda urbana que la novela absorbe e interpreta de manera literal.
Thomas Pynchon por Juan Carlos Comperatore
A La subasta del lote 49 (1966) se la tiene como la más accesible de sus historias, un malentendido que quizá se explique por su contundente brevedad. Tal vez pueda tomarse esa sátira de la vida californiana, con conspiraciones difusas, como un Pynchon explicado por él mismo a los niños. Todas las encrucijadas, esta vez sin casi digresiones, van a dar a callejones sin salida. Es lo contrario a lo que ocurre en la milenaria (por la cantidad de páginas) El arco iris de la gravedad, que tiene como símbolo las bombas V, que los nazis arrojaron en Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Ese minucioso fresco acribillado de información técnica (caro al imaginario estadounidense, pero tal vez tedioso para los que no se interesen por las armas) sigue los pasos de Tyrone Slothrop, un teniente que trabaja en la capital inglesa para los aliados y que cada vez que cae una de aquellas bombas tiene una erección. Pero Slothrop es uno de los vectores para centenares de personajes, que transitan por un mundo tan fragoroso como sin sentido.
La erudición de Pynchon cruza sin conflictos la alta cultura con lo popular (y lo pop), la información minuciosa sobre cuestiones científicas y tecnológicas (no hay que olvidar que tuvo un paso por la carrera de ingeniería y la Boeing, además de haber pasado por los seminarios de Nabokov), las alusiones musicales, literarias y todos los etcéteras posibles. Hay un ejemplo de esa erudición en El arco iris..., sin embargo, que nos toca de cerca. Es cuando un grupo de argentinos, liderados por un tal Squalidozzi, toma un submarino alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Squalidozzi es un director de cine que planea filmar el Martín Fierro. Su banda gaucho-anarquista la integran, entre otros, un personaje apodado El Ñato. Pynchon habla con propiedad: cita los primeros octosílabos del poema de José Hernández, cuenta sobre sus condiciones históricas de producción, incluso le inventa a Borges un verso en español. También aparece por ahí la Difunta Correa. La erudición de TP –esto es lo insólito– es que antecede por mucho a internet, aunque hoy pueda aparecer a un clic de cualquier mortal.
Después de esos libros, Pynchon entró en un largo silencio editorial, solo roto por Un aprendizaje lento (1984), en que recopilaba sus cuentos de juventud, entre otros “Entropía”, otro de los términos que se usa para describir a sus novelas. Lo más revelador de esa colección es el prólogo, donde Pynchon –contra su legendaria invisibilidad, que no debe confundirse con la reclusión de Salinger– se muestra locuaz sobre sus influencias. Allí, además de presentarse como un ingenuo joven de los aburridos y conservadores años cincuenta, nombra intereses distractivos (el jazz y el rock), los libros que le interesaban por aquella época: En el camino , de Jack Kerouac, las olvidadas novelas de John Buchan (Los 39 escalones) y también Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson, una historia de los movimientos que desembocaron en Lenin y la revolución rusa. “Como aún no tenía prácticamente acceso a mi vida onírica, se me pasó por alto lo esencial del movimiento (dice en relación al surrealismo) y, en cambio, me fascinó la sencilla idea de que uno pudiera combinar los mismos elementos estructurales que normalmente no se dan juntos para producir unos efectos ilógicos y sorprendentes”. El método –que no deja de recordar los experimentos de Raymond Roussel y, por propiedad transitiva, a pesar de las muchas diferencias, a César Aira– debió ser afinado, según él mismo confiesa, con un dictum del músico heterodoxo Spike Jones: no basta sustituir un do sostenido por un disparo; hay que sustituirlo por un disparo en do sostenido.
Pynchon tuvo, cuando ya nadie lo esperaba, dos comebacks. En los años noventa publicó, primero Vineland, que es un ácido ajuste de cuentas con el fracaso contracultural a manos del nixonismo. Es una novela tan verbal, tan irreductible y por momentos delirante que, cuando se decidió a filmarla, Paul Thomas Anderson tuvo que cambiar casi todo: la época (que se volvió actual), los nombres de los personajes y hasta sus características (la traidora a la causa, Frenesi Gates, una rubia de ojos celestes, se convierte en la película, Una batalla tras otra, en una afroamericana, Perfidia Beverly Hills).
En 1997, sin embargo, llega el momento de Mason y Dixon. Por favor: pongámonos de pie. Es el retorno a Pynchon, pero en una inusitada clave histórica. Inspirándose en Charles Mason y Jeremiah Dixon, el astrónomo y el agrimensor que terminarían por trazar en el siglo XVIII la Línea Mason-Dixon (que a la larga, y con la guerra civil, fungiría como división entre el norte y el sur de Estados Unidos), la historia sigue a esos dos hombres de ciencia por distintos puntos del planeta (empezando por Ciudad del Cabo y la isla de Santa Elena), en sus intentos de medir el paso de Venus por delante del sol, hasta recalar en la colonia inglesa, antes de que se independice. Que Washington aparezca fumando marihuana es una de las tantas escenas desopilantes de esta novela filosófica y de aventuras, entre las que no faltan la lubricidad y –como casi siempre en Pynchon– las canciones deliberadamente tontas. Mason y Dixon tienen algo de Bouvard y Pecuchet en su larga peregrinación planetaria, y también hay algo dickensiano en el tono, por poco urbano que sea. Pynchon se preocupa, a pesar de sus múltiples guiños contemporáneos, a escribir paródicamente a la antigua, como si estuviera en el pasado, algo que la traducción en parte pierde.
En este siglo, el estadounidense sumó algunas obras más. En Vicio propio, escribió un policial californiano con un detective, a fines de los sesenta, que parece un hippie salido del más volado Flower Power. En la de nuevo extensísima Contraluz (2006), en cambio, parece haber sumado y contrapuesto varias ficciones (Pynchon, se sabe, siempre escribió más de una novela al mismo tiempo), donde se dan la mano la exposición universal de Chicago de 1880, y Nikolai Tesla, y unos Chicos del Azar, adolescentes eternos como Peter Pan, que viajan en dirigible para realizar misiones secretas y la Primera Guerra Mundial. Al límite (2013), en cambio, es la novela neoyorquina y contemporánea que tal vez Pynchon se debía y transcurre en 2001, con los fraudes financieros de la red en primer plano y el atentado de las Torres Gemelas como culminación.
Michael Chabon (el autor de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay) escribió que en estas últimas entregas Pynchon parecía haber perdido uno de sus rasgos más distintivos: no el tenor de su imaginación desbocada, sino su lengua, como si hubiera sufrido la influencia de Elmore Leonard, un mimético novelista policial de habla callejera. Aunque Shadow Ticket parezca devolverlo en su mejor estilo, algo de eso hubo. Sin embargo, nunca se desactivó aquella consigna que Pynchon había reivindicado como meta para sí en aquel prólogo de Un lento aprendizaje: “Que los dibujos animados de Correcaminos no desaparezcan jamás”.
22 de julio, 2026