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Invernal

Dario Voltolini


Federico Ferroggiaro


Ni bien comienza La enfermedad y sus metáforas (1977), la filósofa norteamericana Susan Sontag señala que “Dos enfermedades conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora: la tuberculosis y el cáncer” y dedica las páginas siguientes a argumentar los modos en que ambas enfermedades son mitificadas, se vuelven misteriosas y por eso “tienen inevitablemente algo de infracción; o peor, algo de violación de un tabú”, y, además, se las trata como “a un animal de rapiña, perverso e invencible, y no como a una mera enfermedad”. Hoy, a más de cien años de Hans Castorp, la tuberculosis ha perdido su aura mortífera; aunque posiblemente el cáncer, más allá de los tratamientos desarrollados por la ciencia, en muchos casos conserva su indisoluble asociación con la idea de una irreversible condena a muerte.

No en el mismo sentido, en la misma dirección que en el ensayo de Sontag –la enfermedad, el cáncer–, recurre Invernal –novela de Dario Voltolini finalista del Premio Strega 2024 y publicada por la editorial Libros del Asteroide, con traducción de Celia Filipetto– a la metáfora poética para poder expresar, volver comunicable, el complejo proceso que atraviesa un hombre, Gino, el padre del narrador de esta “crónica familiar” ambientada en Torino, entre los años setenta y ochenta.  

Bajo la minuciosa, detectivesca mirada del hijo, Dario, van surgiendo los indicios sutiles que anuncian los estragos, la constante transformación que dificulta encontrar en el moribundo los rasgos que lo identifican con el que fue en el pasado, en su plenitud, cuando era un carnicero vital y sano, uno de los jocosos animadores del mercado que en la gimnasia del oficio: “despachar al cliente, deshuesar el animal, empaquetarlo y estamparlo en la balanza para determinar el precio. Recibir el dinero, devolver el cambio. ¿El siguiente? ¿La siguiente?”, conservaba el humor para lanzar ocurrencias a los puesteros vecinos.     

En esa búsqueda de darle un orden a los hechos, de conjugar el dolor con la distancia objetiva, se entrecruzan dos planos narrativos: ese que descubre las imperceptibles mudanzas del padre y aquel otro que escenifica la progresión de la enfermedad, la cronología de los tratamientos, las etapas que van del desconcierto de los médicos: “Esos informes siempre a punto de ser interpretados. ¿Quién los interpreta? El hematólogo se encuentra en la misma situación que el médico de cabecera. Hace falta otro especialista. El endocrinólogo” y los precarios recursos de la ciencia, a los intentos de hacerle frente a la muerte que acecha. Y esa lucha por la vida, por la salud, altera la existencia de Gino, de toda su familia; modifica los tiempos, afecta el trabajo y la dinámica cotidiana con viajes e internaciones en una clínica de Villejuif, Francia, con pequeñas pero irreversibles pérdidas que exigen adaptarse y resignarse, aceptar y seguir, como si nada.

Voltolini, a través de su narrador, mantiene el foco en el hombre, en Gino. Él y el devenir de su enfermedad quedan en primer plano y difuminan hasta volver borrosos a la madre, a los parientes, a la carnicería y al ayudante, que solo adquieren notoriedad en función de los cambios del enfermo. Su rutina en el mercado, los cigarrillos Nazionale fumados con fruición, con placer; las partidas de caza y el fútbol, el deporte que practicó en su juventud, que se convierte, en parte, en una matriz interpretativa, en una alegoría de la vida, construyen un personaje con espesor, humano, en el que cualquier lector puede encontrar, reconocer, el rostro y la historia parecida de un ser amado.

Testigo de la paulatina decadencia de su padre, Dario nos entrega un relato que agrupa breves escenas y la crónica de la guerra ciega entre el sarcoma y la vincristina, acompañadas de las perplejas y fatales reflexiones: “El cáncer tiene evidentemente un plan suicida, porque cuando vence, él también revienta. En eso parece comportarse como el género humano respecto al planeta que lo hospeda, junto con los demás animales que, sin embargo, no parecen tener el mismo plan. Pero nosotros, hechos a imagen y semejanza de Dios, a diferencia de la lombriz, la gallina y la hiena, queremos acabar con nosotros mismos y con nuestro entorno” de quien, impotente, asiste a un drama que lo desgarra.

La historia y el tono de Invernal conmueven, creo, porque nos dejan desnudos frente al espejo de la condición humana.

4 de marzo, 2026

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Invernal
Dario Voltolini
Traducción de Celia Filipetto
Libros del Asteroide, 2025
176 págs.

Crédito de fotografía: Dino Ignani.


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