Lukin se la juega. Hay un riesgo grande en escribir sobre la infancia cuando ya se ha atravesado buena parte de la vida, un pozo cercano y profundo en el que es fácil caer. Es el peligro del enternecimiento fácil, de la nostalgia convertida en azúcar, de la abuela literaria que mira a la criatura desde una altura moral o sentimental. Liliana Lukin elude todos esos peligros con naturalidad y elegancia. En La edad es la puerta no hay complacencia ni decoración afectiva: hay, en cambio, una atención feroz y amorosa puesta sobre el misterio de una niña y sobre el movimiento interior que esa presencia desencadena en quien la contempla.
El libro entero parece escrito desde un estado de asombro, el abc de la auténtica poesía. Pero no se trata aquí del asombro ingenuo sino del otro, el difícil, el que sólo puede experimentar alguien que ya sabe el precio de mirar sin filtros. Lukin observa a la niña –la nieta, la criatura, “la señalada”– como si asistiera al origen mismo de la percepción. Y en esa observación se juega también una experiencia del lenguaje. Cada palabra trata de acercarse a algo que todavía no tiene nombre: la aparición de una conciencia, el descubrimiento del mundo, el instante en que una criatura señala un pájaro y el universo entero parece ordenarse alrededor de ese dedo, pequeño, pero ya no inocente.
El título del libro insinúa, deja abierta, una frase de Pascal Quignard, que se develará completa apenas comiencen los textos, convirtiendo esa supuesta falta en un gesto que se extiende y atraviesa la experiencia del tiempo: como un umbral. ¿Acaso no es eso lo que esperamos de toda lectura? ¿Y qué es la poesía sino un umbral que transforma el lenguaje y del que deseamos siempre la apertura a otras formas de nombrar mundos?
En el comienzo del libro el viaje se establece como metáfora de las distancias, de la mutación de los cuerpos y las emociones de los nuevos seres amados, que inventan un universo mientras experimentan la aparición del deseo en todas sus formas. Las palabras son el eco de admirables intuiciones que, registradas por la voz del texto, se renuevan mientras duplican el placer del sonido, su poder y su felicidad.
Hay criaturas que se deslizan por los poemas, cuyas miradas indican, señalan y, traducidas en ese viaje, marcan el ritmo de los ciclos naturales-brotar, florecer, madurar-, metáforas del tiempo humano, la continuidad de la vida, la persistencia del origen, el modo en que inciden en las formas de mirar que crean en su entorno.
Los títulos de las distintas secciones del libro convocan cualidades y sentimientos de esas criaturas, escandiendo así la relación entre lo que nombran los textos y lo que pueden decir las imágenes de las fotografías, un elemento fundamental de la partitura y una segunda respiración del libro: provenientes del archivo personal de Lukin, son prolongación y multiplicación del sentido de cada poema, y su carácter íntimo refuerza la dimensión autobiográfica que se supone. Una segunda lectura abre otra puerta del título. Este elemento compositivo (y el hecho de que una de las partes se titule “El poema de las imágenes”) pone en escena a la fotografía como otra forma de escritura.
Una genealogía femenina es el eje manifiesto y secreto del libro: madres, hijas, abuelas, aparecen como una cadena suave de transmisión, donde los vínculos (hilos, raíces, cordones) se sostienen y prolongan: la maternidad, la continuidad más allá del propio yo y el asunto especial, visible, que es la infancia, ese espacio-tiempo de descubrimiento y renovación donde es necesario nombrar las cosas para que existan.
Este territorio, no idealizado, convive con la conciencia de la pérdida, el pasaje entre generaciones, el aprendizaje de ver al Otro y aceptar el propio desplazamiento hacia un costado de esa existencia, mirada con admiración y algo de melancolía.
Las citas, bordadas como epígrafes y parte de los textos (Rilke, Pasolini, Quignard) son presencias que dialogan con la voz poética y recuerdan que toda escritura es conversación con otras escrituras y en la composición con los cuerpos fotografiados, con otra clase de lenguajes.
Así, leer La edad es la puerta es materializar la idea de pasaje “a través”, y entretanto, dejarse alcanzar por la idea de una memoria sensible, donde palabras e imágenes todavía no se han separado. Cada texto, como en una partitura, va deslizando sonoridades, melodías, el juego de las armonías, las correspondencias, el eco de las emociones.
La edad es la puerta dialoga de manera profunda con otro libro reciente de Lukin, El museo de la infancia. Esos poemas construían una arqueología de la niñez: la infancia como territorio perdido, un museo íntimo donde los objetos conservaban todavía el calor de la experiencia. Aquí sucede algo distinto y complementario. Ya no se trata de recuperar la infancia propia sino de asistir al nacimiento de una infancia ajena. Y la poeta, situada ahora del otro lado de la genealogía, comprende que toda infancia es simultáneamente repetición y aparición inédita.
Lukin consigue convertir esa experiencia íntima y familiar en materia poética universal mediante un trabajo verbal de enorme precisión. Sus poemas avanzan por asociaciones, por espirales de imágenes, por insistencias sonoras y conceptuales que nunca terminan de cerrarse. Cada texto parece abrir un espacio de reverberación más que construir un significado fijo. Y en esa respiración las imágenes cumplen un papel decisivo.
Las fotografías y la concepción visual del libro no ilustran los poemas: conversan con ellos. Las fotos provenientes del archivo personal de Lukin, trabajadas junto con Soledad Sobrino, producen un efecto muy particular: parecen emerger desde la memoria y desde el presente al mismo tiempo. No son documentos familiares en el sentido convencional. Son fragmentos de percepción.
Este libro, iniciado en 2015 y que se siguió escribiendo hasta 2021, tiene una luz diferente de la de todo el resto de la obra de Liliana Lukin. Dice la autora: “en Carne de tesoro, libro de 1989, escribí sobre mis criaturas, en El Museo de la infancia, escrito entre 2015 y 2022, escribí sobre mi madre, que aún estaba viva, y en este libro, ahora que “yo soy mi madre”, escribo y dedico estos textos a mis hijxs y a las criaturas pequeñas y nuevas que trajeron a mi historia...”*
Hay libros de poemas contemporáneos que buscan impresionar por su inteligencia y otros que buscan conmover. Los mejores hacen las dos cosas sin proponérselo. La edad es la puerta pertenece a esa rara categoría. Se sale de estas páginas con la sensación de haber acompañado no sólo el crecimiento de una niña sino también una transformación de la mirada adulta frente al tiempo. Pocos libros logran convertir algo tan privado en una experiencia tan compartible. Liliana Lukin lo consigue porque escribe desde un lugar donde la lucidez y el amor ya no se contradicen.
15 de julio, 2026

La edad es la puerta
Liliana Lukin
Ediciones del camino, 2026
112 págs.