“Papá es mecánico y trabaja en un galpón al fondo de casa con el cuerpo metido en un auto”. La frase que abre “Uñas”, el primero de los dieciséis cuentos que componen Una conversación prolongada al infinito, el reciente libro de Jaquelina Miranda publicado por Casagrande, –es decir, la frase que abre el libro–, insinúa un camino por el cual es posible atravesar sus más de cien páginas. Cuerpos demediados: no de manera literal, como el vizconde de Calvino, sino cuerpos que se asoman, que se esconden, cuerpos que están siempre “entre dos”, cuerpos entre la presencia y la ausencia, cuerpos dobles, entre lo que se ve y lo que no, entre lo que se deja ver y lo que se oculta. Mientras el padre de ese cuento está sin estar en el patio de la casa con sus hijos, uno de ellos sufre un accidente, y el que pasa a estar no del todo ahora es el niño, cuya suerte incierta nos tensa hasta el final del cuento (el enfermo es también un cuerpo entre dos: entre la vida y la muerte, no del todo en ninguna de las dos).
Nunca están del todo presentes: la casi ausencia del padre mecánico, que habilita el desastre en “Uñas”; la madre adicta al trabajo que ignora la soledad de su hija en “Llorar en el agua” (“Su mamá está todo el tiempo con los auriculares puestos aunque no esté escuchando nada”); el marido zombi que deja a la mujer sola en ese beatus ille que se narra en “Utopía”, el sueño por fin cumplido de una vida lejos de la ciudad y el trabajo que, sin embargo, no lo satisface; o el hermano que, parado en una vereda, se le aparece al narrador como un desconocido en “Una vida nueva”: pareciera que no comparten el mismo pasado, que no están duelando a los mismos padres, que no es también suya la casa de la que se despiden.
Nunca del todo ausentes tampoco: la vida compartida con la hermana que ahora está al otro lado del océano, en “Hermanas”, y que es solo una voz en el teléfono y se hace más real, más presente, en las palabras de esa conversación; o el padre que abandona a la hija adolescente para irse a la aventura en “El viaje de papá” y que, arrancado de la cotidianeidad, se vuelve nuevo y más cercano en la intensidad de los mensajes y videollamadas.
Fantasmáticos, los personajes se les presentan a los narradores y se les escapan en el momento justo en que creen poder amarrar algo de ellos y si algo queda es gracias al arte, igual de fantasmático, de la palabra que logra evocarlos. “Hablar por teléfono”, dice la narradora de “Hermanas”, “se convirtió desde hace años en una rutina vital [...] Nuestro vínculo adoptó una forma discursiva plena [...] Todo se fue convirtiendo en palabras: los sabores, los olores, las imágenes e incluso el contacto físico”.
Hay dos tipos de cuentos en el libro de Miranda: aquellos en los que no pasa nada (porque ya pasó lo que tenía que pasar o porque aún no ha pasado y está todavía por pasar) y aquellos en los que una vida se transforma para siempre en otra completamente distinta. Estos últimos son los menos: en “Mi París” la protagonista, movida por la ensoñación de un paisaje urbano que le hace revivir su pasado, se transforma de alguna manera en su profesora de francés de la infancia; en “Ser otro”, relato ambiguo sobre deseos prohibidos que chocan en el cuerpo de un vendedor de partes de motos, se vuelve literal lo que anuncia su título; en “La misionerita” una madre prepara su sacrificio ritual frente a la familia finalmente unida.
Lejos de la espectacularidad de estos cuentos, los otros cuentos de Una conversación prolongada al infinito, que son los más, eligen narrar, más bien, fragmentos de vida desprovistos de acontecimientos, alejados de la espectacularidad, y se mantienen en la calma tensa que precede al acontecimiento o que la sucede. Nada se resuelve y nada se transforma: los cuentos ocurren un poco antes del desastre (“Aurora”, por ejemplo, narra la ebullición de la cabeza de una adolescente que todavía no les confía a su madre y a su novio que está embarazada; “Una vida nueva” no acaba de narrar la vida nueva que anuncia el título: lo nuevo solo existe como posibilidad futura) o ocurren un poco después, cuando ya no hay nada para hacer (en “Utopía” la pareja ya ha decidido un cambio de vida y ahora aguantan en su nueva cotidianidad; en “Hermanas” la hermana de la narradora ya se ha marchado; en “El viaje de papá” el viaje es un recuerdo mediado por el registro de unos diarios de adolescencia encontrados fortuitamente).
En este no acontecimiento adquiere relieve la microscopía de lo cotidiano, de lo infraordinario: las palabras despreocupadas en una conversación, los gestos, los tics de la vida familiar, la coreografía de los movimientos diarios en una casa, el trabajo artesanal de las manos haciendo cosas: las manos de las mujeres cosiendo o cortando tela, las de un fotógrafo manipulando su instrumento de trabajo, las de una niña sirviendo un té imaginario de sus tacitas, las de los dedos sobre un teclado de computadora, el cuerpo metido en el motor, etc. Hay, en la escritura de Miranda, un placer en la detención sobre los mínimos rituales de las vidas comunes viviendo situaciones comunes.
En la narración del movimiento de esas manos sobre las cosas aparece, sin embargo, la extrañeza, la sorpresa del descubrimiento de que es justamente allí, en lo insignificante, donde reside una posibilidad de memoria de esos otros idos o ausentes, la posibilidad de hacer presentes esos cuerpos fantasmáticos de los que hablábamos.
Al terminar de leer el libro de Miranda, queda la sensación de que todos los cuentos, incluso aquellos que están narrados en presente, que son –si nos ponemos a chequear– la mayoría, están narrados en pasado. Sucede que el presente de los cuentos del libro no es el presente de la simultaneidad entre lo narrado y el tiempo de la voz que habla, sino que es el siempre presente de un pasado que no deja de ocurrir, de estar ocurriendo: si bien lo narrado pertenece a un pasado, ese pasado actúa, se hace presente, todavía, en la voz que narra y se deja afectar por él. En tanto actúa en el presente de una voz ensimismada en la rememoración, ese pasado está ocurriendo en ese mismo momento: el momento de la voz que narra: efecto del pasado vivo que el habla popular ha cifrado en el lugar común que dice “Es como si lo estuviera viendo”, al recordar algo. Es decir, está presente con toda su fuerza intempestiva. Ocurre. Sigue ocurriendo, como el tanque de gasoil que no deja de caer sobre el hermano de la narradora de ese primer cuento.
15 de julio, 2026

Una conversación prolongada al infinito
Jaquelina Miranda
Casagrande, 2026
116 págs.