Lo reconoce el dicho “cada loco con su tema”: las obsesiones son personales por naturaleza y, por ende, difíciles de compartir. Podemos hablar del tema que nos resulta tan fascinante, pero eso no basta para comunicar la emoción que nos provoca, su intensidad, su manera de dominar nuestros pensamientos. Para compartir una obsesión hay que contagiar al otro de nuestra locura, convencer a nuestro interlocutor no sólo de su interés sino también de su importancia. Se trata de una conversión. Por eso las obsesiones son a menudo solitarias. Los que las sufren pueden convertirse en seres inadaptados; insisten en una percepción particular, alejada de las preocupaciones de todos los demás. Cibelia Ree, la protagonista de la nueva novela de María Lobo, es uno de esos profetas frustrados.
La ironía es que las obsesiones de Ree se centran precisamente en la comunicación. La novela lleva el título El efecto peculiar, el nombre que el inventor Antonio Meucci dio a las distorsiones que se producen en la línea telefónica. Para Meucci era un problema técnico que había que solucionar para que las voces se escucharan mejor en el teléfono, pero Ree entiende el concepto de otra forma: para ella es “el sonido que permita a las personas establecer una conexión íntima con una canción”. Cibelia es música y busca la solución del problema de la comunicación precisamente en la distorsión. Pep, su compañero de banda, cree haber escuchado el efecto peculiar en una grabación hecha por Ree; sin embargo, aunque vuelvan a escucharla una y otra vez, el momento no se repite. El libro cuenta su búsqueda de ese sonido pasajero, convencidos de su capacidad de estrechar la relación con su público: “la gente podría entrar a nuestras mentes. Y estar dentro de nuestro cuerpo mientras tocamos”. Creen que ese efecto abolirá –como el teléfono– la distancia entre las personas.
El tono de la novela evoca la película Silvia Prieto de Martín Rejtman; semejante a la protagonista interpretada por Rosario Bléfari, Cibelia es una veinteañera un poco a la deriva. Ha dejado de lado su carrera de Historia; es bajista en una banda que toca covers de grupos estadounidenses; trabaja por un tiempo en el aeropuerto de San Miguel de Tucumán. Con Charlie –un arquitecto que le escribe cartas a Ree a pesar de vivir a unas cuadras– se comunica por teléfono. Sus diálogos se reproducen a lo largo del libro como si fuera un guión. O quizás “diálogo” no es la palabra indicada: son monólogos paralelos, cada uno hablando de sus obsesiones, intentando convencer al otro de su trascendencia. Como pasa con los personajes de Rejtman, los de Lobo apenas se rozan; se cruzan sin conectarse de verdad, como “los cables que conectan cosas eléctricas y que atraviesan los edificios de la ciudad”.
El efecto peculiar tiene una relación estrecha con Tierra acostumbrada: El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano, el ensayo que Lobo publicó con el Fondo de Cultura Económica en 2025. Su tesis –que la tendencia de “describir la provincia como un territorio salvaje”, aquella tradición que empezó en Argentina con “El matadero” de Echeverría y el Facundo de Sarmiento, no es sólo una expresión del desprecio de los porteños hacia el interior sino parte de un “plan” deliberado para someterlo– se escucha también en los pensamientos de Cibelia Ree. Según esta teoría conspiranoica, el plan fue “crear la imagen de la provincia como el lugar del monstruo” para mejor explotarla. “Que Buenos Aires era una ciudad moderna y que el resto del país, al que definieron como “el interior”, siempre iba a permanecer como un espacio estancado. Que las provincias no eran ciudades sino espacios rurales. Que allí no pasaba el tiempo”. En un capítulo de la novela ese plan se materializa: revisando los “mapas urbanos” en un despacho de Buenos Aires, dos personajes descubren un archivo con la etiqueta “PLAN/1/2”. Adentro se leen frases como “Hacer desaparecer la idea de que existen clases civilizadas en las provincias del país”.
Se puede entender El efecto peculiar como el intento de la autora tucumana de escribir de otro modo sobre las provincias: no como la tierra adentro de “polvo y siesta”, sino como un espacio urbano. “¿Acaso no son edificios de media altura lo que veo?”, se pregunta Lobo en Tierra acostumbrada. “Y almacenes: veo almacenes en las esquinas. Y cables y televisores. Y teléfonos”. La novela cuenta una historia urbana: la soledad que se siente a pesar de la proximidad de los vecinos, el encierro que transforma cada departamento en una caja de resonancia para los pensamientos. Cambiaría muy poco si estuviera ambientada en Córdoba o San Juan o cualquier capital de provincia; Lobo plasma la ciudad como “el territorio donde las personas, perdidas entre multitudes que no abarcan sus ojos, están dispuestas a aceptar lo establecido y perder la identidad”. Las obsesiones de Cibelia en El efecto peculiar son su forma de resistirse a esa pérdida.
La novela y el ensayo tienen en común algunos defectos: una solemnidad por momentos excesiva y una construcción de álbum de recortes. Lobo invoca en la primera página de El efecto peculiar el ataque a las Torres Gemelas y el cadáver de Eva Perón, asuntos que poco tienen que ver con el desarrollo posterior del libro pero suenan portentosos. Charlie se burla por momentos de esa tendencia en Ree, que todo toma en serio, llamándola “la futura presidenta de los argentinos”. Gran parte de Tierra acostumbrada consiste en citas a otros autores; la impresión es de un collage, del despliegue de elementos no del todo asimilados por la autora. Algo parecido pasa con los largos capítulos de El efecto peculiar dedicados a la biografía de Antonio Meucci, el inventor que fascina a Ree. Quedan un poco desarticulados del resto del libro; son la materia prima de su obsesión, que no reviste el mismo interés para el lector general.
Sin embargo, esa dificultad en comunicar las obsesiones es precisamente el tema del libro. Quizás sean en verdad intransferibles. La insistencia de Ree en el efecto peculiar es una expresión de su idealismo: cree en la posibilidad de la comunicación plena. Pretende salvar la distancia que convierte las obsesiones en fenómenos aislados e individuales: entablar una conversación que, como las que se tienen por teléfono, “no se interrumpiera y que, al mismo tiempo, siguiera siendo lejana”. En una época en que resulta cada vez más difícil hacerse entender, ese pensamiento tiene un cariz utópico.
15 de julio, 2026

El efecto peculiar
María Lobo
Tusquets, 2026
352 págs.