Las generaciones impares es el primer libro de Pedro López Godoy. Reúne trece cuentos que tienen la particularidad de pivotear entre un realismo psicológico y más o menos costumbrista, el fantástico y la ciencia ficción. Un lector desatento podría señalar esta variedad en los géneros y hacer de eso un reproche: podría hablar de dispersión, de una falta de unidad temática o estilística. Pero el libro está lejos de ser desparejo, y en ese sentido la variación se vuelve un fuerte. López Godoy es un narrador sólido, sin importar el género por el que se mueva.
Algo, entonces, aglutina los textos y le da sentido a la colección. Hay algo en el tono de la narración, en el estilo reconcentrado con el que avanzan los narradores, que se conjuga con el extrañamiento de los argumentos y produce unidad de efecto. Un estilo, un procedimiento. Los cuentos de Las generaciones... avanzan en frases cortas y despojadas, concisas. No se demoran ni en metáforas, ni en largas descripciones, ni en circunloquios, y privilegian, en cambio, el diálogo y la acción.
¿Qué ocurre realmente en ese pueblo nuevo de la Patagonia petrolera con el que abre el primero de los cuentos? En “El duermebebés” –ya el título es inquietante– un matrimonio joven sufre el insomnio del primer hijo a poco de mudarse al sur. El bebé llora y llora, los padres no pegan un ojo en toda la noche, y la situación parece empeorar cada vez más. Un compañero de oficina le recomienda al protagonista los servicios inusuales de un personaje inusual. Un hombre de voz grave que, a cambio de nada, llega, toma al bebé en brazos y, acto de magia, consigue que por fin se duerma. Sin honorarios, sin mediaciones, sin imprevistos. Al final, por supuesto, las cosas se tuercen y terminan mal: ¿por qué? Los buenos narradores se parecen a los prestidigitadores en esto: en que tiran la piedra y esconden la mano. Hay una sustracción en la narración: algo aparece por su falta, algo queda vacante, e incomoda al lector desde esa vacancia. Lector de Schweblin, y también de Cheever, de Carver, de Berlin, López Godoy arma estructura a partir de eso que no está –como ocurre con el dolor fantasma de Berlin: el dolor de esa pierna amputada, que está ahí, y duele, precisamente porque ya no está.
En entrevista con Verónica Dema, López Godoy le dice “silencio” a este procedimiento. Y, dato no menor, comenta que le sirve de engranaje no solo para ubicarse en las coordenadas de lo extraño, sino para poner en marcha cualquier tipo de ficción. Dice: “Yo creo que, como 'fórmula' general, la que más me gusta, o la que mejor me resulta, es el silencio, lo no dicho, el espacio vacío, la sustracción, que es algo que creo que vale no solo para lo 'perturbador', sino para la narración en general”.
En el cuento que da título al libro la ciencia ficción es una coartada para hablar de lo que habla el resto de los textos. De la inadecuación, del malentendido, de la desubicación. Los personajes de López Godoy ocupan siempre un espacio liminar o intersticial: nunca están cómodos donde están. El protagonista de “Las generaciones impares” vive en una Buenos Aires que ha quedado, como él, atrapada en un futuro en el que utopía y distopía, pero sobre todo presente y pasado, se confunden. Juan tiene un hijo y una nieta, y hace un trabajo que no sirve a nadie: reparar máquinas del tiempo de su juventud. En el medio, ve películas, sueña con ovejas eléctricas, y habita la paranoia: ¿es quien cree ser?, ¿es humano, o es otra cosa, una cosa?
En cierto sentido, todos los cuentos del libro juegan con lo impar. Al margen de la ciencia ficción. Sin importar si se trata de cuentos fantásticos, extraños o realistas –aunque pocas categorías son tan esquivas como esta última, y hace tiempo que, en literatura, el espejo stendhaliano que refleja el barro a la vera del camino está quebrado. López Godoy, que vivió en Londres, lo sabe bien: escribe cuentos cuyos protagonistas habitan eso que en inglés es odd: impar, pero también odd: raro.
Algunos de los cuentos de Las generaciones impares consiguen un mérito difícil. Pasa poco: uno termina de leer un libro de cuentos, y pasan las horas, pasan los días, pasan incluso algunas semanas, y llegan otros libros, otras lecturas, pero todavía se retiene la particularidad de un argumento, una vuelta de tuerca. Esto ocurre con “El duermebebés” y con “Las generaciones impares”. El resto de los cuentos tiene, igual que estos dos, un mérito no menor: se dejan leer uno atrás del otro.
8 de julio, 2026

Las generaciones impares
Pedro López Godoy
Atlántica, 2026
212 págs.