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Los nuevos

Pedro Mairal


María Lobo


“Cuando tenés veinte años, ¿qué otro bien podrías comerciar más que tu cuerpo? Todavía no has hecho nada”, dice Lorenz Hart sentado a la barra del bar donde pasará una noche elegíaca. La escena es de Blue moon, la última película de Richard Linklater en la que Ethan Hawke encarna al célebre compositor musical estadounidense y que narra la noche del 31 de marzo de 1943, cuando el exsocio artístico de Hart acaba de estrenar una obra en la que, por primera vez en 15 años, ellos dos no han trabajado juntos. Son horas en estado de anhelo. Hart necesita entender qué es lo que ha pasado con su amigo; también está desesperado por una joven y hermosa discípula que no siente lo mismo que él –ella lo admira, pero “no de ese modo”–. “Inefable”, lanza el personaje de Hawke, rendido ante la imposibilidad de abarcar la juventud y sin una palabra mejor para definir esa relación asimétrica que su admiradora puede ofrecerle –un péndulo entre el amor y la amistad–. En su última novela, Pedro Mairal despeña hacia ese territorio de lo inefable: Los nuevos es una bellísima historia sobre la complejidad de las relaciones en el instante continuo de la juventud, aquel tiempo del transcurrir a tientas. Ese momento en que, se supone, no hemos hecho nada. Se detiene, Mairal, en el estado de perplejidad de los veinte años. Escribe la historia de tres amigos atados por un vínculo sin nombre, el de los espejismos que se suceden cuando aquello que creemos es amor y lo que pensamos como amistad se nos adelanta tres pasos y se transforma, desaparece, vuelve desde un nuevo lugar.

Suponiendo que los trazos de un libro dibujaran una puerta de ingreso, podríamos pensar que algunas obras han sido escritas con llave y que, en algunas otras, la entrada parece abierta por completo. Dos riesgos subyacen en la elección de la forma en que se presenta ese umbral de acceso. Si acaso la opción es la de echar llave, es posible que las lectoras y los lectores nunca consigan abrirlo. En cambio, el peligro de la escritura de puertas abiertas sería otro: podría ocurrir una decepción, la de descubrir que todo estaba a la vista porque en aquella casa, la de ese libro, en verdad no había nada para robar. En Los nuevos, Mairal ha ido por la forma de la entrada sin cerraduras ni secretos. Para contar la historia de la amistad entre Thiago, Bruno y Pilar –los tres jóvenes a los que conocemos poco antes de cumplir sus veinte años–, el autor ha recurrido al recurso del discurrir de tres voces en primera, en tercera y en una falsa segunda persona. Como esa construcción es perfecta, Los nuevos podría describirse desde la metáfora de las puertas abiertas. Pero el botín que encontramos no está en la forma, sino en la fragilidad luminosa con la que el autor nos introduce en la vida de estos tres personajes. Thiago acaba de incendiar un pueblo de casitas de barro construidas por porteños millonarios que flashean con la naturaleza del modo más estúpido. Aunque todo ha sido un accidente, su padre lo interna en un hospital psiquiátrico, el lugar desde donde Thiago narrará la desolación de sus días a partir de la pérdida de su madre, una historia contada entre la ironía, las marcas del desamparo y el tono de las admoniciones –los momentos en los que él habla con su madre muerta son realmente notables en tanto esa relación no está abordada desde lo fantasmal sino desde la vulnerabilidad–. El presente de Bruno –acaso el más hermoso de los tres personajes– transcurre en una universidad de Wisconsin: allí se enamorará de una compañera y esa relación, como el Hart de Linklater, conocerá todas las formas que puede adoptar la desesperación –“Una vez que el bus arrancó, cada tanto Bruno desde su asiento sobre el pasillo se daba vuelta buscando a Mei, que había quedado más atrás contra la ventanilla; se miraban por sobre las cabezas de un modo tan insistente y desesperado que el hombre con aspecto de viejo profesor sentado al lado de Mei les ofreció cambiar de asiento”–. La historia de Pilar se cuenta, en cambio, desde una conversación entre ella y Thiago. Quizá porque Pilar es la mujer en la tríada; quizá porque ese desorden que es su mundo, para Thiago y para Bruno, no hace más que abrir el abismo de lo inefable.  

“Hay que tener cuidado con las historias de amor, mejor pensar en las de amistad: ahí es donde reside lo realmente perdurable”, dice Hawke en otro pasaje de Blue moon. Aunque las historias de los personajes de esta novela se despliegan hacia otras relaciones igualmente complejas –las de padres e hijos, relaciones de parejas, entre hermanos– en el centro de Los nuevos se impone una mirada al vínculo que podría definirse como amistad. Pero Mairal no se aproxima a ese núcleo desde lugares esperados. Encuentra allí la fuerza de lo que se mueve. Sus personajes están unidos por algo que no es amor ni amistad y que, precisamente por esa razón, parecen descender en espiral hacia la más tierna de las profundidades. En los ensayos que componen Sobre la amistad, Sigfried Kracauer intenta dar alguna pista acerca de esa clase de relaciones que se confunden. Para el filósofo, algunas almas humanas se encadenan entre sí sólo hasta un cierto grado; otras, en cambio, “desean más”: “su anhelo, su necesidad de amor sobrepasa los límites de las relaciones y no reposa hasta que son encontrados otros seres con los que sea posible una estrecha, estrechísima unión de las almas”. Los amigos de esta historia son tres anhelantes. No parecen estar cerca de ningún reposo. Sus cuerpos, cada tanto, se encuentran al desnudo; en ese mismo encuentro, los que son amigos se desconocen. Quizá a partir de ese movimiento en torno a los límites, la historia de Thiago, Bruno y Pilar sea la de la complejidad de ese vínculo que no tiene nombre, el lugar donde reside lo perdurable.

4 de marzo, 2026

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Los nuevos
Pedro Mairal
Emecé, 2025
456 págs.

Crédito de fotografía: Carlos Ruiz B.k. / Destino.


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