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Pranzalanz

Christian Kupchik


Manuel Crespo


Si nos guiamos por los ejercicios de la mente, hay muchos más mapas que territorios. Son legión los lugares tentativos, imaginados en la contingencia de sensibilidades que definen sus bordes y enseguida los abandonan para crear lugares nuevos. La geografía y la arquitectura, resultantes de otras fuerzas, finalidad del acto y no su músculo, jamás podrán seguirle el ritmo al hombre en su manía de levantar tierras y erigir sobre ellas ciudades espejadas o independientes de aquellas que ya existen. Es un juego sin reglas: Calvino compendió urbes imposibles, Balzac ideó una Francia tan vasta como la original, Faulkner calcó su condado de crianza, Tolkien concibió un continente con fábulas y lenguas destiladas de presuntas raíces europeas, todos los griegos escribieron Troya. Hay mil formas de elucubrar una ciudad. Lord Dunsany las fabricaba en serie: por cada cuento una ciudad maravillosa, un cuerpo vivo hecho de callejones y puertos impronunciables.

Aun con sus cimbreos, algo de esta última atmósfera se cuela por las junturas de los textos que Christian Kupchik reunió en Pranzalanz. Sus protagonistas son fragmentos de ciudades –de su historia, de sus zonas bajas, de sus contradicciones, del golpe de suerte que permitió su expansión o las condenó al derrumbe–, y a veces, como ocurre en “El camino a Pranzalanz” y “La ciudad condenada” –no en vano los cuentos inaugurales de las dos primeras secciones del libro–, lo que se narra es el devenir mismo del organismo enjambrado, las revoluciones que vienen transformándolo desde sus orígenes de hormiguero.

Pero las ciudades de Kupchik no se fundan sin leyendas; tampoco crecen ni declinan sin la intervención de un elemento que en ocasiones es magia pura y, en otras, sólo se le parece. En la primera sección hay un empeño por revirar los mitos –hebreos, nórdicos, orientales– que construyeron al ser humano antes de que la ciencia empezara a exigir datos, escalas y contrapruebas. El hombre avanzaba en la neblina: Josué, Ragnar y Buda eran ese hombre. El amor violento y las masacres necesarias coincidían con una frecuentación de los dioses que justificaba el avance a tientas, el infinito de una ignorancia demasiado inasible para ser bendita. Los últimos cuentos de la sección apilan viejos que hacen repasos en casas que reflejan sus años azules, pintores de acuarelas con nostalgias del nanomundo que supieron habitar en el seno de la mujer amada, versiones de una pelea a muerte cuya veracidad dudosa ayudó a cimentar una de las tantas Maltas posibles. El advenimiento de lo registrable no puede acontecer si no es a partir de la pérdida de un conocimiento esencial y definitivo que no fue asimilado a tiempo, y que de todos modos sigue ahí.

La segunda sección lidia con las secuelas de ese extravío. La urbanística es una cárcel y ya no hay pasajes al misterio sepultado bajo el hormigón. Como antes con los mitos, Kupchik apela ahora a referencias modernas, aunque vaciadas y reconvertidas. De la costumbre a la que se obligó Maupassant –asistencia diaria al restaurante de la Torre Eiffel para evitarse la visión del adefesio metálico recortado contra el horizonte de París– se viaja a una isla al borde de la desaparición o del éxtasis. Parque Chas recibe un génesis alterno, prófugo de Las mil y una noches y no desprovisto de sus rigurosos bautismos de sangre. En una pesadilla que no habría dejado indiferente a M. John Harrison, un taxista se las ve negras con un pasajero que es mitad espectro y mitad vampiro. La exhibición de atrocidades continúa. Siempre una calle más allá, sobrevolando los bulevares, camuflándose entre los edificios, nuevos dolores se agazapan en el laberinto de cemento que el trazado propone.

Y todo para qué: para qué el enigma atemporal y para qué la obsesión por taponarlo con monumentos. A la tercera sección del libro le sobra con contener un cuento solo. Al fin y al cabo, parece decir Kupchik sin risa, amparándose en la metáfora del único amigo que pergeñaron los Doors, el destino no será otro que el fuego, que limpia lo que consume, que regenera lo que toca.

4 de abril, 2022

Prazalanz. Dualidad.jpg Pranzalanz
Christian Kupchik
Dualidad, 2022
192 págs.


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