La fascinación que despiertan algunos escritores genera una especie de turismo literario (y necrófilo, a veces) que conduce a los admiradores a visitar las casas-museo, los bares, los sitios donde trabajaron y escribieron y hasta las tumbas de aquellos hombres y mujeres de letras que veneran. Fotografiarse junto al marmóreo sepulcro de Julio Cortázar (y Carol Dunlop) en Montparnasse o escaparse hasta Monk's House, donde Virginia Woolf escribió varias de sus novelas, son ejemplos de esta conexión emocional entre lectores y autores que trasciende la letra impresa.
Recrear recorridos realizados por escritores –y dejar un registro de esas vivencias– es una forma más compleja y elaborada de acercarse, de vincularse con ellos: estar donde estuvieron, ver lo que vieron, repetir sus trayectos y esperar (o no) una revelación, sentir la proximidad de un fantasma o simplemente atravesar el camino por el que pasaron un siglo y medio atrás. Pisar sobre sus huellas indelebles. Por este sendero literario viajan las dos crónicas de Mariano Rolando Andrade reunidas en A pie con Stevenson y Rimbaud, volumen publicado por La Parte Maldita.
Tanto en “Stevenson”, que repite con ligeras variantes el itinerario de Le Puy-en-Velay a Alès, en el sur de Francia, que trazó el escritor escocés en agosto de 1878, y documentó en su libro Viajes con un burro en las Cervenas; como en “Rimbaud”, que sigue la rebelde fuga del precoz poeta maldito de su natal Charleville a Bruselas, ocurrida en 1870, Andrade registra datos duros de toponímicos, cantidad de habitantes, alturas y distancias; episodios históricos y leyendas de los pueblos y regiones por las que circula y se detiene; descripciones de paisajes y del clima, de las iglesias y de los monasterios que visita, combinados con hechos constatados o rigurosamente supuestos de esos viajes de Stevenson y Rimbaud.
Como en todo relato de viaje, más aún cuando el viajero enfrenta el trayecto empleando solo sus piernas y pies, se suceden las notaciones que dan cuenta del agotamiento físico, de las ampollas y lastimaduras que afectan dedos y talones, de los almuerzos y las cenas que reponen la energía consumida. A su vez, se producen los efímeros encuentros con los “otros”, los lugareños, los turistas o viajeros que son la alteridad gratuita y contingente de los viajes. Y, por supuesto, también se apuntan en los diversos sitios, los monumentos, los objetos y las placas que recuerdan el paso o la estancia de estos escritores allí. En cada lugar, Andrade busca y reconoce, según la crónica, la sombra de Stevenson o Rimbaud.
En su Teoría del viaje (2016), Michel Onfray afirma que los viajes son una invitación socrática a conocerse, a descubrir las verdades esenciales que estructuran la propia identidad: “Lejos de ser una terapia, el viaje define una ontología, un arte de ser, una poética propia”. De esta manera, el viajero, el “yo” que relata su viaje exterior queda expuesto a los ojos del lector en su intimidad, en los sentimientos y sensaciones que experimenta, en su subjetividad y asistimos así al correlato: el viaje interior del protagonista. Andrade nos indica: “Viajo para caminar, para no pensar quizás y dejar que el tiempo fluya sin expectativas. Viajo en soledad para intentar saber qué significan algunos cambios que uno experimenta en la vida, qué es lo que queda de lo que creíamos nuestra esencia cuando mudamos”. Así, en un ejercicio de memoria, se cuelan en las crónicas los pasajes autobiográficos de Andrade, sus recuerdos: su amistad y las primeras lecturas de Stevenson, su infancia y adolescencia en Temperley, su padre y sus libros, su primera estadía en Francia, sus años de residencia en Bruselas y también su presente: la paternidad, su hija, su vida en la Paris de la que se alejó para emprender ambos viajes, uno en 2021 y, el otro, en 2023.
Las crónicas de Andrade, citoyen du monde, son un intento de conciliar el presente con el pasado, las proyecciones de la imaginación con la materialidad de lo real, de lo concreto de un estado de cosas, dando cuenta de los cambios exteriores y también de aquellos que le suceden a él: el “yo” que viaja y cuenta.
A manera de apéndice, el libro contiene una sección, “Contracrónicas”, formada, primero, por el capítulo inicial de Viajes con un burro en las Cervenas, titulado “Un pueblo en las montañas de Francia”, que por resolución de Stevenson se retiró de la edición original. Un texto delicioso que reúne la agudeza de un observador extraordinario con las salidas de un impredecible humorista. Luego continúa un corpus de cartas, todas fechadas en 1870, de Arthur Rimbaud y de su madre, Vitalie, a diversos destinatarios: Georges Izambard, Paul Demeny y Theódore de Banville, algunas de ellas con las primeras versiones de célebres poemas, como “Sensation” y “Credo in unam”.
Por último se suman las “Biografías cruzadas”, que desarrollan cronológicamente ciertos hitos de las vidas de Stevenson y Rimbaud y permiten atisbar algunas similitudes y varias diferencias entre ambas existencias. Es claro que se trata de dos vidas, de dos caminos paralelos que, como sabemos, según la matemática proyectiva, solamente se unirían en el infinito. En este caso, se cruzan en la escritura de Mariano Rolando Andrade. Por su decisión, por su propio recorrido como lector, como viajero y como escritor que ha querido homenajearlos juntos en el mismo libro. A Stevenson y a Rimbaud. A pie.
12 de agosto, 2026

A pie con Stevenson y Rimbaud
Mariano Rolando Andrade
La parte maldita, 2026
184 págs.