El género seminario escrito, que los franceses volvieron célebre, nos ha dado libros extraordinarios como La Bestia y el soberano de Jacques Derrida y La preparación de la novela de Roland Barthes, para no hablar de las clases de Michel Foucault y de Gilles Deleuze. No obstante, en general los seminarios de los franceses, después transcritos, tienen a veces la forma de la conferencia extendida y escandida en capítulos, o la exposición pedagógica de ideas arduas. En Roland Barthes y la escritura del duelo. Un curso (el subtítulo toma distancia de la tradición y explicita la modestia de la empresa), Alberto Giordano nos propone una experiencia diferente, que puede resumirse en una palabra que el mismo ensayista acuñó siempre para la crítica literaria: diálogo. No me refiero, claro está, a la obviedad de que se trata de la verdadera transcripción de un curso (aunque retocada: no importa), con las intervenciones de los participantes y los avatares de una planificación que se desborda (el plan de dos clases se convierte en un curso de ocho): se trata de la sensación de vida (movimiento, contingencia, improvisación, comentario) que la palabra (oral-escrita, pedagógico-ensayística) trasmite al lector. Más de una vez, Giordano se ha definido, con modestia acaso impostada, como un profesor que escribe. Este nuevo libro le da una vuelta a esa definición: los modos del ensayo desbaratan las supersticiones de la pedagogía y las didácticas en las ciencias humanas (que tanto daño le han hecho a la escuela y a la universidad, estando quizás en el origen mismo de nuestra actual crisis). Ni clase magistral ni “clase escrita", Roland Barthes constituye una verdadera escritura de voces en conversación (como Giordano nombraba su experiencia de la narrativa de Manuel Puig). Porque el ensayista, lejos del monologismo anti cita, trata su tema como un auténtico profesor: haciendo un uso idiosincrático de la bibliografía, exhibiendo el recorte necesario (pero no arbitrario) que permite la conversación sin sepultarse en la referencia de autoridad o lo abrumador de la multiplicación de lecturas complementarias. Las discretas notas al pie permiten eludir las antiestéticas americanas y evitar una bibliografía final, siendo el diálogo con lo leído interpolado, aquí y allá, con el intercambio oral, digital, la conversación pública y la palabra privada.
Roland Barthes y la escritura del duelo explora algunas conjeturas en torno al giro autobiográfico del “último Barthes”. Ya el título muestra el desvío del proyecto original: las digresiones y contingencias aplazan (Giordano diría: procrastinan) la lectura del Diario del duelo para demorarse no solo en los seminarios de Barthes, sino también en sus últimos libros y textos e, incluso, en los libros y textos anteriores al “corpus recortado”. El gesto de Giordano es doble: lee a Barthes a partir de los intereses que marcaron sus últimos años y se mimetiza con el teórico con el que se ha identificado a lo largo de su trayectoria. Pues el deseo de un seminario escrito, el deseo de trascribir la voz, las voces, conllevan un anhelo de hacer, a su modo, La preparación de la novela y Lo neutro. Ese “duelo”, entonces, pasa primero por el rodeo de la vivificación, la “vita nova” y la renovación, bajo el signo de Nietzsche. En este punto, el procedimiento de la mímesis opera en su plenitud: la lectura de cómo se juegan los textos nietzscheanos en el último Barthes, desde la idea de interpretación como enfrentamiento de fuerzas hasta la diferencia entre poder y potencia, no constituye una mera exposición sino también –y acaso esencialmente– una actuación. Porque la clase-ensayo es en sí misma una experiencia de socavamiento de los poderes de autorización y dominación, y un ejercicio (y por momentos: una exhibición) de la lectura como puesta en juego de las fuerzas activas, que multiplican y complican las conjeturas sin que se imponga una con la fuerza reactiva de la autorización. En este sentido, este libro riza el rizo del propio recorrido figurativo de Giordano como escritor de diarios, profesor y ensayista: esa “subjetividad sin sujeto”, que evita tanto el espejismo del yo impresionista como el del no-yo objetivo, es la que encuentra (sin buscar) el ejercicio mismo de la lectura y de la escritura, de la clase y de la especulación. Se encuentra sin buscarse porque la identificación sostiene ese –como lo dice Aira a propósito de Borges– yo atenuado pero no ilusorio, dando lugar al acontecimiento de la desubjetivación, al juego impersonal de las fuerzas, a la potenciación:
Movido por esos recuerdos e impresiones, aparece lo que está en el corazón del motivo de la vita nova: la manifiesta necesidad de revitalizar la propia existencia. Este deseo, o mejor, esta voluntad, no es raro que se presente en el espíritu de cualquiera que haya alcanzado la edad que tenía Barthes en ese momento, si no me equivoco es la que tengo yo ahora –sesenta y dos años–.
Ese “para mí” (nietzscheano) se despliega así en las clases-ensayo con todos los matices y las vicisitudes de la relación deseante con el saber, con el pensar y con el escribir, siempre en tensión con las instituciones que lo autorizan o lo desautorizan y con sus protocolos de comunicación y trasmisión. Muy lejos de cualquier “estilo tardío”, Roland Barthes y la escritura del duelo, con la exhibición de su propio proceso, la frescura de su impronta profesoral, la convicción de su exposición (cada vez minada por esa potencia que se sustrae a la dominación), la plasticidad de los temas que inquietan al ensayista desde hace años (por lo que no dan sensación ninguna de reiteración) y la hospitalidad al evento, al desvío y al excurso, emana fuerza y juventud, encarnando la revitalización de la propia –de la impropia– escritura y vida.
12 de agosto, 2026

Roland Barthes y la escritura del duelo. Un curso
Alberto Giordano
Bulk / Nube negra, 2026
221 págs.