En alguna declaración, Aira dice que la novela es una forma del pasado, que tuvo su auge y su necesidad en cierta época y que ahora se prolonga artificialmente, incluso más artísticamente que en su momento de gloria. Algo de las novelas de Aira, podríamos decir entonces, se parece a las antiguas novelas, con sus personajes, sus sorpresas, sus aventuras, la búsqueda del amor o de las soluciones de la vida, pero no tienen de ellas más que la fascinación por el acto de narrar, sin la fe ingenua en la representación de la realidad que imperaba antaño. Precisamente, en la época de los imperios un tipo de novela que parecía realista sin serlo era la de aventuras. Los lugares exóticos del planeta, alcanzados por la mano ansiosa del capitalismo colonial, tornaban verosímiles los hechos más insólitos. La aventura y el viaje se unían sin necesidad de explicaciones. Había que narrar los encuentros y los actos de los personajes, típicamente fijos en su carácter de viajeros, intrépidos y tradicionales a la vez, y en el interín describir los paisajes más remotos. A esa especie de nostalgia por la aventura y el viaje se entrega la última novela de Aira, Los viajes de Julius Brenchley, personaje que existió y algunas de cuyas expediciones constan en diarios y reportes de explorador, pero que en la novela es apenas invocado. Nunca sale del camarote de la goleta que lo transporta de Inglaterra a la Patagonia. Pero su séquito, la simpática troupe que lo acompaña, despliega en cambio un sinfín de asombros: el criado pensativo y curioso que se encuentra con un pueblo de gigantes, la dama de compañía de una señora de sociedad que conoce a un indio contemplativo, el capitán del barco con todas sus reflexiones sobre el oficio y el final de la vida activa, y cada cual además tiene una pequeña novela interna, es decir, un pasado. Se cumple así la profecía del autor sobre el arte de la novela: es una relación con el pasado, lo que se suele llamar un relato.
Sin embargo, algo más que la irónica recreación de la novela de aventuras sucede en estos “viajes”, paradójicamente quietos ya que transcurren solo en dos sitios o campamentos. Se trata de la teoría de la aventura. La lucha entre la Descripción y la Narración vuelve a plantearse, tal como en nuestra infancia podíamos reclamarle al narrador que avanzara en la solución y en el combate inminentes sin detenerse a enumerar vegetaciones, edificios o vestuarios. Pero en la aventura todo lo que se narra ya es descripción, porque se avanza en el paisaje, se choca con el poblador y su extrañeza, el hielo y la tormenta no necesitan describirse porque actúan sobre el velero en busca de su destino. Y ese atractivo recobrado de la novela de viajes no es solo reflexivo, como si dijéramos: así es, la aventura describe sin pararse a hacerlo, la narración pinta lo que se abre en el campo de los hechos. Antes bien, uno asiste al retorno de la aventura juvenil: el barco, la goleta, el capitán inglés, viejo lobo de mar, la chica que inesperadamente participa del peligroso periplo, la tripulación de malayos con aquel cuchillo serpenteante que un farsante italiano nos describía con fruición. Por momentos, las palabras del mar, sin referencias en la infancia, como “bauprés”, “trinquete”, “mesana”, ya son el movimiento del barco, como una potencia del lenguaje técnico de la aventura.
Aunque la aventura de Aira, aparte del encanto de narrar, también piensa, y entretiene al antiguo lector de novelas que duerme en nosotros, como un sultán aburrido a la espera de otro cuento. Y pueden subrayarse esos fragmentos del pensamiento novelesco: “La prosa del mar se volvía salmo. El paso-a-paso del mar se volvía verso libre, las transiciones rotas, los focos de interés parpadeando en una luz dolorosa, en el brillo incandescente del pez, del escualo rápido, de la gran marsopa agazapada en la ola”. La novela misma, ante la presión del viaje al fin del mundo, que reclama sucesos interesantes, esperables de tan inesperados, como una cacería de ballena, una guerra entre misioneros e indios, el rescate de una señora raptada, el secuestro de niños nativos por inescrupulosos colonos, se detiene en el mismo momento en que tales episodios comienzan a esbozarse. Si la prosa la lleva hacia adelante, como el viento a la grácil goleta inglesa, algo extraño la frena y la hace mirar atrás, un ritmo, una palabra arcaica, imágenes que no se pueden narrar y que aparecen, mezclando cielos con aguas, montañas con barcos, pensamientos solitarios con poblaciones de lenguas impenetrables. ¿Qué mira atrás la novela de los viajes, si no la historia de la novela, la infancia del género, las aventuras leídas en la infancia? Da un paso en el terreno de la poesía, que no avanza, para volver a las formas mágicas de la prosa, donde todo puede pasar y en efecto pasa. Allí el estilo de Aira se dirige a la epifanía, superando toda oposición entre narración y descripción, soplando en el aire un diálogo sin interlocutores, hecho de la paz y la quietud de una subconversación, por ejemplo, entre una chica inglesa y un joven ona, en la Tierra del Fuego, poniendo entre paréntesis el deseo, con mutua curiosidad, cuando “la realidad empezaba a derramarse sobre el sueño”. La totalidad novelesca se eleva como un copo de nieve, sobre la escena apartada de dos personajes demasiado jóvenes, para disolverse dentro de la cueva que los ampara, señalando con su brillo, justo antes de desaparecer, el final de la novela.
12 de agosto, 2026

Los viajes de Julius Brenchley
César Aira
Seix Barral, 2026
160 págs.