Todo un ingeniero frustrado, Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) llevaba cinco años grises ocupando un triste cubículo en un trabajo que le demandaba tiempo, le absorbía fuerzas y le arrebataba, a cuentagotas, la mismísima vida. Ocurrió en una sesión de acupuntura, a la que había acudido por malestares variopintos –tan físicos como existenciales–, cuando, con la cara punzada por millares de agujas, escuchó la voz del médico alternativo. Usted, Eduardo –la pregunta brotó de la oscuridad del consultorio–, si no fuera la ingeniería, ¿qué quisiera hacer usted? Como si fuera la intervención de un analista, el médico calló, porque eso, finalmente, era todo lo que tenía por decir. “Extrañado por aquella palabra que salió de mi boca, balbuceé, quedito, con pena, casi con miedo: Leer, doctor”. Palabras de Halfon que son, en verdad, una respuesta, y que guían su búsqueda –su búsqueda personal, en la vida de otros– en El ángel literario.
Texto híbrido, mosaico de reflexiones, citas, cuentos biográficos, entrevistas y fragmentos de diario, El ángel literario propone una búsqueda entre literaria y filosófica; una búsqueda que lleva, necesariamente, a un sinfín de postas, a respuestas nunca del todo definitivas. ¿Cuándo se convierte uno en escritor? ¿Qué ha incitado –a uno, a otra– a embarcarse en la travesía de la escritura? En definitiva, ¿por qué se escribe? Y, en particular, ¿por qué escribe Halfon? Se sabe: escribir, dijo Duras, y se lo recuerda Vila-Matas a nuestro autor, es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos. Y así se suceden los capítulos del libro: Halfon pergeña pequeños relatos sobre plumas consagradas –Hesse, Carver, Hemingway, Piglia–; recupera momentos clave en la vida de otros, como umbrales que supieron abrirse para dar cabida al germen literario –Nabokov, Neruda, Sábato–; y entrevista a un puñado –Andrés Trapiello, Sergio Ramírez, Castellanos Moya–. Todo en función de una búsqueda –de una escritura– que se piensa a sí misma en su devenir, que se sabe insuficiente y que se proponen ambas –la búsqueda y su insuficiencia– como las protagonistas cabizbajas de El ángel literario. “Tal vez podría decir que el momento del despertar literario de las personas es algo tan ficticio como todo aquello que se pasan la vida tratando de narrar. Tal vez podría decir” –dice Halfon– “que este libro o este proyecto es un fracaso, pero mejor no lo digo”.
Indagar en las peripecias biográficas de los otros escritores probablemente sea menos riesgoso que enfrentar las inquietudes propias. En especial cuando un miedo sobrevuela constantemente una vida como la de nuestro autor, que llegó a la literatura casi por azar. ¿Será posible que una obsesión –la escritura, en este caso– nos compele a subordinarnos a ella –y lo hagamos con gusto y con angustia–; que se convierta en el centro incuestionable de nuestra experiencia, y que un día como cualquier otro, sin previo aviso, desaparezca? “Se me ocurre ahora que empezar a escribir un día es tan misterioso como dejar de escribir otro,” –reflexiona el autor– “tanto así que tal vez son reacciones distintas de la misma insatisfacción”.
Releyendo Bartleby y compañía, de Vila-Matas, Halfon discierne una arista de su deseo, un perfil de escritor que aboga por la positiva, que acepta la escritura –el llamado del ángel literario– y la adapta como su forma estética definitiva. Se trataría, entonces, de recorrer el camino opuesto al abandono de la pluma, a la renuncia a la lengua. Porque hay escritores que sí prefieren hacerlo, y en esa elección se juega, en principio, su apuesta. Tras las huellas de los orígenes literarios de otros y de sus innegables influencias: por ese camino transitaba Halfon cuando publicó este libro en 2004. Tal vez ahora, por estos días, y con una nueva edición a cargo de Godot, haya aceptado, junto a Balzac, que los únicos acontecimientos en la vida de un escritor son sus libros. Y que un autor escribe para ser leído, porque es esa lectura la que le permite, a fin de cuentas, seguir escribiendo.
12 de agosto, 2026

El ángel literario
Eduardo Halfon
Godot, 2026
136 págs.