Una narración no necesariamente es una historia, una sucesión de hechos, la didáctica concatenación de un comienzo, una intriga y un final, eso a lo que la narrativa nos ha condenado. Una narración es una propiedad. Antes que el tiempo y la sucesión, antes que un orden lógico o quebrado, quien cuenta experimenta la pertenencia de lo contado, esa suerte de distinción privativa respecto a los hechos que, aun ajenos, solo pueden pertenecer a quien cuenta. Por lo que narración y acumulación originaria van de la mano. Marx lo supo desde un primer momento al descubrir la gravitación desigual que aquella última ejercía sobre la fuerza de trabajo, razón suficiente para que la rueda del capitalismo comience a girar. Narrar es entonces decretar esa propiedad, esa pertenencia; narrar es rodear un sitio, delimitar un campo en el trazo de las palabras; narrar es aspirar a ser el propietario de un lote donde producir sucesos imaginarios, en definitiva, es levantar una fábrica de lo real en el reino de la necesidad como demanda. Pero, aun en su presunción de objetividad, narrar es también una empresa de sí mismo, lo que comúnmente entendemos por contarse a través de lo contado. Lo contado es esa fuerza de trabajo que incrementa la cantidad del contarse, lo que jamás perece ni debe agotarse, pues el origen de la literatura, cuando el capitalismo se acelera, es el egotismo. Narración, capitalismo y egotismo son entonces los fantasmas que recorren la modernidad. Y en tanto que fantasmas, en tanto que imágenes de aquello que decae, de un orden que se subvierte en su degradación, trastocan la estructura de todo lo que quiera contarse, destruyen lo verosímil de cualquier relato y, sobre todo, afectan a la lengua con la que se lo cuenta.
Algo de esto, como un síntoma fascinante, podemos leer en este libro de Ezequiel Alemian. Libro que, una vez más, antes que un libro es una aventura, una vacilación en fuga, la felicidad de saber que la literatura no teme abandonar a la literatura. Algo de esto también tal vez se deba a su tema siempre prolífico: el arte contemporáneo. Si Duchamp adjudica a los objetos un instante de soberanía con el descubrimiento del ready-made, Aira, sin quedarse atrás, adjunta a la literatura el procedimiento no solo vuelto acción, sino también condición de obra-enunciada, es decir, de procedimiento que vale como idea, como continuación que jamás se concreta. Alemian, siguiendo en esta senda, condiciona cualquier objeto o proceso a la propiedad, al fantasma de la autoría, a una imagen borrosa de quien hace de la narración pertenencia. Y, sin embargo, su realización tiene algo de borramiento, de desaparición. Desde el arranque la voz que narra nos transmite una experiencia, el simple hecho de dar con un objeto que se volverá de culto: una revista de arte. Así el oficio de atesorar se transforma en propiedad, y en tanto tal, se vuelve relato de quien atesora: “Todavía no tiene conciencia de estar atesorando un conjunto de ejemplares. La idea empezará a conformarse más tarde, aunque quizás nunca termine de hacerlo”. Dónde vive y dónde muda la insipiente colección, las peripecias para adquirir el fetiche, dónde se lee y qué se lee, las vacilaciones respecto a la manía emprendida llegan por supuesto por añadidura, hacen a una trama de movimientos, una forma de distancia y proximidad respecto a una serie incompleta. Sin embargo, en vez de explicar algo, más bien vienen a exponer el procedimiento mismo de adoración del procedimiento. Cambios de domicilio, de trabajo, de poder adquisitivo acompañan a lo que no sufre alteración alguna: la fantasmagoría del objeto en tanto que cantidad apilable, en tanto que orden sin utilidad alguna salvo pasar sus hojas, mirar sus imágenes y, por supuesto, leer sus artículos y avizorar la posibilidad de traducirlos. Y, aun así, en el oficio de atesorar todo se vuelve vínculo, todo se transforma en pulsión de escritura: “Empieza a transcribir en una libreta sintagmas de vida de los autores de los artículos”. En ese momento, el vínculo se vuelve desplazamiento, una interrupción que produce el cambio súbito: “Lee los artículos como si fueran novelas: como el relato de un personaje, que no es tanto un sujeto en movimiento como lo que el sujeto hace consigo mismo, lo que muchas veces no es sino una sucesión de relatos menores”.
Contar y hojear, junto con apilar y buscar, elegir y marcar pasan a ser formas vicarias de traducir, acaso modos de impulsar una acción que es también una forma de narrar, la que adquiere la forma del antologar. Lo que, sin la fantasmagoría previa, desde ya, resulta imposible de hacer. ¿Qué es un criterio de selección? ¿Qué es contar por medio de lo elegido? Hay entonces una relación con los objetos, las acciones y su mera presencia que Alemian siempre trata como la interpelación propia de lo íntimo: “¿Quién es él cuando empieza a comprar la revista? ¿Cuáles son sus deseos, sus preocupaciones? ¿De qué vive? ¿En quiénes se apoya y a quiénes ayuda? ¿Qué ha pasado con el mundo del que hablaba la revista? ¿Qué ha pasado con el tiempo?” Cada una de estas preguntas funciona como un criterio a la hora de elegir y llevar de una lengua a otra las experiencias tenidas con el arte contemporáneo; cada una de ellas es un vínculo secreto entre la experiencia de contar y los procedimientos mismos, una muestra, una exposición o una performance que son justamente lo contado. De este modo, a través de esos criterios desfilan las ideas de Jean-Yves Jouannais, Catherine Millet –fundadora y directora de Artpress– Régis Durand o Ekaterina Dyogot, fauna de la espesa selva donde reina la crítica de arte, y que a veces, provee al pensamiento de enunciados maravillosos como la extrañeza de una flor. Por ejemplo, ante una muestra de fotografía japonesa: “El tratamiento del tema fotografiado por esos tres artistas implica que si una serie se cierra es por una causa exterior. Lo fotográfico está ligado a una práctica sin fin que se desarrolla en renovación constante”. Y también, ante lo que entendemos como real en el arte: “Lo real es algo más que lo simple dado; lo real se deja seducir por la obra de arte”. Pero si hay algo que destacar en este libro, es el énfasis puesto por su autor para preservar el enigma del arte. Al final, al recordar una nota que trata sobre “la historia de los telones de teatro”, lo destacado nos da una orientación respecto a qué valorar frente al arte: “Su función narrativa. Su diseño. Su mecánica. Su misterio. Etc.” Al leer ese “Etc.”, sabemos entonces que Alemian lo hizo de nuevo: de restos ajenos configuró una totalidad propia.
17 de junio, 2026

Artpress, una narración propia
Ezequiel Alemian
Selección y traducción Ezequiel Alemian
Ripio, 2026
326 págs.