Los astros me han concedido la fortuna de algunas páginas válidas –profirió Borges en cierta ocasión– páginas que, tal vez, me justifiquen. Por su parte, Ricardo Piglia (Adrogué, 1941 – Bs. As., 2017) afirma haber escrito su obra entera (que incluye, entre otros, un celebrado primer libro de cuentos, La invasión, de 1967; un hito para el campo intelectual como Respiración artificial, de 1980; y una perla crítica como El último lector, de 2005) para justificar la escritura de un libro, su diario personal –en rigor, de más de trescientos cuadernos– cuya marca inicial se trazó poco después de haber tomado la decisión –a los dieciséis años– de dedicar su vida a la literatura.
Los 327 cuadernos –como reza, al respecto, el documental de Andrés Di Tella sobre la obra de Piglia– aparecieron por tandas y en diferentes años. Primero fue el turno de Años de formación (2015); más tarde, de Los años felices (2016); y, por último, el de Un día en la vida (2017), cuya publicación se materializó unos meses más tarde de la muerte del autor a causa de la indescriptible ELA. Un asunto curioso –y que pone en funcionamiento, para bien, para mal, la maquinaria académica–, es la singularísima cuestión del nombre. Se sabe que el autor decidió rubricar estos textos –claramente autobiográficos– con un nombre de ficción: Emilio Renzi. Estos serían, entonces, los diarios de Emilio Renzi: un personaje ficticio que mete la cola ya en su primer libro y que, a todas luces, es un alter ego del escritor. Probablemente –y como dijera Piglia de las intenciones borgeanas–, menos para intentar dar cuenta de cómo lo real se inserta en la ficción que de cómo ésta, invisible para algunos, configura la mismísima estructura de lo real.
La funcionalidad de estos cuadernos, claro está, dista de un simple registro de hechos cotidianos. Para alguien como Piglia/Renzi es la escritura la que robustece la experiencia, y no al revés. Lejos de fijar lo vivido, escribir –escribir de este modo, en estos cuadernos– sienta las condiciones para otorgarle a la vida su correspondiente estatuto. Andá, nomás –lo cargosea una mujer luego de un intercambio algo tenso, durante los Años de formación–; andá a escribir todo esto para entender que lo viviste. Sin embargo, la cosa no acaba allí. Es la lectura la que permite recortar y extraer alguna significación inteligible, un auténtico relato sobre uno mismo, que es –en el recuerdo, en la escritura, en la lectura– un otro. Por ello cobra sentido –sentido, justamente– la notación diaria de toda clase de hechos, minúsculos o trascendentes; de todo tipo de pensamientos y opiniones, de encuentros y desencuentros, de apologías y rechazos. Solo con la distancia habilitada por la lectura se percibiría, en ciertas repeticiones, en determinados giros, en algunos silencios insistentes, el destello de un sentido que escapa de toda racionalidad directa y de la presura de la experiencia inmediata.
Su indeclinable decisión adolescente –ser escritor, y no otra cosa– lo convierte, en principio, en un escritor singular: uno sin obra. “En definitiva” –anota en Años de formación, en septiembre de 1967–, “si no hay nada más que los diarios, podrán ser vistos como el proyecto de alguien que primero decide ser escritor y luego empieza a escribir, antes que nada, una serie de cuadernos en los que registra su fidelidad a esa posición imaginaria. En algún momento trataré de darle forma y dejar un hilo suelto, visible y fuerte, tirando del cual se desovilla la madeja de mi vida. Quizá por eso los escribo, a veces me molestan pero sigo adelante, como si se tratara de un pacto que encontrará su sentido al final (¿de qué?)”. Esa falta –la de carecer de obra publicada, en sus primeros años al menos– jamás se expresa como tal en Piglia. Nuestro autor escribe en sus cuadernos y es desde allí –desde esa escritura y su posterior lectura– donde todo se dirime: la experiencia, la propia identidad, el sentido.
En una entrada del segundo volumen, leyendo intensamente a Pavese –buscando en él lo que buscaba por aquel entonces en la mayoría de los escritores: por qué escribe, qué razones lo han llevado a tomar esa decisión– consigna una anécdota juvenil que augura su concepción de diario y de escritura personal. Ante las reconvenciones por su elección de vida –la literatura, en todo caso, podía ser una “ocupación secundaria”–, Piglia se recuerda (se re-escribe) intentando hacer oídos sordos de las reprimendas y los consejos anotando furiosamente palabras en un cuaderno. “Debo haber pensado” –consigna en Los años felices– “«Si escribo acá lo que quiero vivir –y no estúpidamente solo lo que vivo– podré luego vivirlo como un oráculo realizado». De ese modo ligué para siempre la escritura y la vida. Nunca me preocupó la idea de que la literatura aleja de la experiencia, porque para mí las cosas fueron al revés: la literatura construía la experiencia”. La operación invierte los términos de la de Proust. Si Marcel, al cierre de su Recherche, comprende que ha debido vivir todo para, finalmente, narrar su libro, nuestro autor ha optado por el camino reverso: escribir y luego vivir (para justificar la escritura).
En gran medida, el Piglia de estos diarios es un lobo solitario, de bolsillos flacos porque vivir sin ataduras tiene su costo. No obstante, el estoicismo y la distancia emocional (que supone para sí tanto un trabajo como una tendencia natural) aflora en cada una de las crisis. Sin sujeciones, aunque haya patrones que se reiteran y condicionan a nuestro héroe. Piglia se muestra en constante movimiento, o, mejor dicho, en eterna circulación, porque el recorrido circunscrito en los cuadernos –del 1967 al 1982- lo encuentra fundamentalmente moviéndose en circuitos cerrados: de un bar a otro (y de allí, a otro bar); de una librería a una editorial; de la redacción de un diario a la de una revista; del encuentro con amigos y compinches a las citas con mujeres. Si la escritura presagiaba la vida, un personaje –la lectura de un personaje– podía servir como modelo para esa misma vida. En una entrada de 1972 Piglia escribe sobre el detective de Chandler unas líneas que parecen cifrar, en clave policial, su experiencia y su modo de entender la narración (y la escritura de los diarios): “El detective se mete entre asesinos, mujeres malas, policías, cadáveres, drogadictos, como si estuviera dentro de una escafandra, todos esos dramas no le pertenecen, los mira desde afuera buscando pistas, sin emoción, sostenido por un sarcasmo cínico. Distanciado el narrador, que es el héroe, asiste a los acontecimientos como si al mismo tiempo estuviera mirando un film”.
Y así como sus admirados Conrad, Hemingway y Kafka, entiende que si los hechos pueden narrarse, incluso con la más lógica de la sintaxis y la mayor de las claridades léxicas, las verdaderas motivaciones permanecen ocultas y la incomprensión –de los personajes ante las situaciones que los atraviesan– bulle en un presente ininteligible. Ese presente puede ser también, para Piglia, el de la Historia y el de la Política. Así, uno de los caminos posibles a la hora de problematizar la agitada realidad política –efervescente, y criminal, si consideramos que fue testigo de la violencia estatal, que escalaría significativamente a partir de la autoproclamada revolución libertadora–, sería dar cuenta de los efectos de los acontecimientos antes que nombrar o describir desde un realismo llano o la crónica. Así, el funeral de Perón se espesa en una serie de imágenes que involucran tanto a la ciudad como a los ciudadanos. Calles silenciosas, rostros demudados, una lluvia interminable. “Hombres que lloran, veo a un policía con el rostro mojado por el llanto,” –anota– “también lloran los soldados del espejo. La pesadumbre gravita sobre la ciudad como una sombra”. Imposible comprender lo que significa, en la contingencia enmarañada, la muerte del líder. Acaso un lector futuro de estas notas logre cristalizar una interpretación que cuadre con la prolijidad de lo real.
Consciente de que la vida, en literatura, se pergeña al calor de la estructura del lenguaje; de que un diario propone una cronología arbitraria respecto del fluir de la experiencia, la trilogía pigliana formula, durante ciertas etapas, un puñado de series como entradas. Leer por series (de nuevo, se trata de un tipo de lectura) antes que de manera lineal quizá permita distinguir aquello que lo inmotivado de las clasificaciones obtura por definición. Se perfilan así, entre otras, y a lo largo de los años, una serie sobre la escritura de ficción –que involucra la preparación de los relatos de La invasión; los borradores de lo que treinta años después se convertiría en Plata quemada; el armado de Nombre falso y el proceso que desembocaría en Respiración artificial–; una serie sobre la reflexión respecto de los propios cuadernos; una sobre los relatos familiares; otra sobre los amigos revolucionarios; y claro, una destinada a su vínculo con las mujeres. Recordemos que una de las historias que inauguran el capítulo inicial del mito del escritor Piglia involucra una tríada que lo acompañará hasta sus últimos momentos: una mujer, un libro, una lectura. A sus dieciséis años, el autor cortejaba a una tal Elena, una bella compañera culta del Colegio Nacional de Adrogué. Ocurrió durante una caminata, en una calle arbolada, junto a un paredón celeste. ¿Qué estás leyendo?, preguntó la damisela. La peste, de Camus, mintió el joven, que hasta ese instante no tenía un interés específico en la literatura pero recordaba haber visto dicho ejemplar recientemente, en la vidriera de una librería. ¿Me lo prestarías? Luego de pasar a escondidas por la librería y comprar el ejemplar, Piglia arrugó el libro y lo devoró durante la noche. Una lectura afiebrada –recuerda– en la que no dejó de tener presente la necesidad –tal vez, la obligación– de decir algo sobre el texto. Ese algo estaba destinado a una mujer, y brotaba de un libro. Una relación amorosa, podría decirse, un trío del que, a lo largo de toda una vida, saldrían algunas de las páginas más lúcidas en la historia de la crítica argentina.
10 de mayo, 2026

Los diarios de Emilio Renzi
Ricardo Piglia
Anagrama, 2025
1136 págs.