A partir de la publicación de El espectáculo del tiempo, Juan José Becerra fue delineando un estilo reconocible a las pocas líneas de lectura. Con soltura para trabajar los diferentes registros de la lengua y una inteligente liviandad que desborda el límite de sus novelas, es posible hallarlo, también, en artículos periodísticos que se ocupan de cuestiones tan disímiles como el discurso Eduardo Feimann, la campaña de Boca, el arte contemporáneo, los devaneos de la estrella mediática de turno y la literatura y adyacencias. Nombres reúne treinta y cinco de ellos, aparecidos en diferentes medios (entre otros, La agenda de Buenos Aires, Los Inrockuptibles, Viva, Eldiarioar) entre 2011 y 2023.
Para sorpresa del lector, el volumen no es una colección de perfiles. Aunque en ocasiones el nombre propio activa la narración de pequeñas escenas biografícas (las peleas de Mohamed Alí y Joe Fraizer, las fiestas desmesuradas de Truman Capote, el mendigar de Néstor Sánchez), en otras es motor para la reflexión crítica en torno a textos literarios, letras de canciones (casi siempre de amor: Leonardo Favio, Antonio Vega, Giancarlo Bigazzi) y un puñado de películas (El árbol de la vida, Una mujer bajo influencia). En todos los casos, Becerra se muestra como un virtuoso para la elaboración de miniaturas, sea bajo el formato de la biografía o de la microcrítica.
Nombres se abre con un artículo sobre un boxeador norteamericano (Mohamed Alí) y se cierra con uno sobre un símbolo sexual argentino (la Coca Sarli). Otros textos se centran en un actor porno acusado de violación (James Deen), en algunos directores de cine (Orson Welles, Terrence Malick), en los alfajores Havanna (en un texto que se acerca a los modos desmesurados de la publinota) y, fundamentalmente, en escritores. Porque, incluso cuando parece que se refiera a otra cosa, las grandes obsesiones de Becerra son el lenguaje y la literatura. Así, aborda libros (El lecho, de Esteban López Brusa, La caspa del punk, de Manuel Díaz), figuras de autor (Philip Roth, Salinger) y algunas obras. Al referirse a algunas de ellas postula la necesidad de separarse de las directivas con las que algunos autores han querido ser leídos. Considera que hay que acercarse a Juan José Saer sin considerar su supuesta “seriedad” y a César Aira desatendiendo su celebrada condición de “escritor programático”. Becerra señala, en cambio, el afán de “mantenerse en la niñez” que caracteriza a la prosa del novelista de Pringles. Por otro lado, celebra que, tras su fallecimiento, los libros de Fogwill “descansan de su autor” abriéndose “bancos de claridad y recogimiento”. Saer, Aira, Fogwill: la pregunta implícita es qué hacer con la herencia de los padres literarios de su generación. La respuesta no es la del parricidio juvenilista sino, más bien, la de una ironía desprovista de cinismo.
En el artículo dedicado al artista español Ignasi Aballí, Becerra afirma que el discurso periodístico es una materia “ordinaria”. Los textos de Nombres contradicen la contundencia del dictamen. En una profesión asediada por la corrección insulsa de las inteligencias artificiales y por las naderías del periodismo cultural, el autor de ¡Felicidades! escribe con las mismas libertades y osadías formales con la que aborda sus ficciones. Hay algo gratificantemente anacrónico en la dignificación de una escritura tantas veces entregada a lo meramente instrumental. Tanto por la elección de algunos asuntos (el amor, el sexo, el tiempo, el lenguaje) como por su estilo inconfundible, no son meros productos del “laboratorio” de trabajos más importantes. Como las prosas periodísticas de Charlie Feiling o Jorge Barón Biza (para no remitirnos a tiempos de Borges, Arlt y Gonzáles Tuñón), las de Juan José Becerra merecen ser consideradas como parte fundamental de un universo verbal propio.
10 de junio, 2026

Nombres
Juan José Becerra
Godot, 2026
180 págs.