Lo cotidiano no deja de fascinar a quien no da por sentado sus detalles. No pasa mucho en los cuentos que integran El nombre de todos los sonidos del bosque, la nueva colección de Santiago Craig, o mejor dicho, pasa lo mismo que todos los días en las vidas de sus protagonistas. Son cuentos de la rutina. Sin embargo, no son por eso carentes de sorpresas. Existe algo en la realidad que no termina de acomodarse en la percepción de sus personajes, o que no deja de producir cierto extrañamiento. Craig provoca el mismo efecto en el lector por medio de la metáfora inesperada, o dejando traslucir de a poco el contexto en que llevan adelante su día a día. Sobre los tiempos distendidos de los domingos, escribe: “No es un tedio, es un estiramiento. Algo felino. De las pezuñas a la cola ganchuda, el domingo se despliega”. La sombra de un tinglado es “dulce”; “los animales lamen ese almíbar oscuro en la tierra”. La rutina –y la prosa de Craig– está iluminada continuamente por estas pequeñas epifanías; cuando la muerte hace su aparición en los cuentos, es un recordatorio de los peligros de no aferrarse a la estructura que la rutina ofrece.
El título del libro evoca los de las colecciones de Alejandra Kamiya, y el cuento epónimo que abre El nombre de todos los sonidos del bosque se asemeja a “La garza”, de su libro La paciencia del agua sobre cada piedra, de la propia Kamiya. La protagonista ha vuelto a cuidar el campo familiar después de la muerte de su madre; los días son tan parejos que al pensar en su rutina ella conjuga todo en el futuro.“ Cuando se despierte, va a sentir un sabor a cobre sucio en la garganta”; antes de arrancar el día ya puede anticipar todo lo que le va a pasar. Su forma de entender la realidad le complica las relaciones con otras personas: “Por cosas así, estaba sola: donde ella veía prodigios, trascendencia (no sabía nombrar la trascendencia, pero sentía caer arena mojada de su estómago a sus pies, algo enorme en ella deshaciéndose), los otros veían una broma”. En aquel paréntesis se ve algo del procedimiento de Craig; toma un concepto abstracto y lo convierte en sensación física. El cuento “Seis cartas desde el campo” presenta una situación parecida –el extrañamiento de otra mujer en el campo– con recursos totalmente distintos. Craig adopta la voz de una patrona de los años cuarenta, en las cartas que escribe a su hermana: su desorientación y soledad están en tensión con la corrección con que se expresa. En el contraste de “Seis cartas” con el primer cuento se ve la versatilidad de Craig y su dominio del lenguaje.
La colección alberga otros dos cuentos emparejados: “Grandes grandes grandes estrellas” y “Hombre en llamas”, que cierra el libro. El protagonista del primero sale de su casa en las islas para irse a trabajar en la ciudad. En la lancha medita sobre un mundo al borde de algún cataclismo: una bomba que deje los cuerpos “untados en las paredes como un puré granuloso, una polenta”. Después llega al canal de televisión donde trabaja en un programa de variedades al estilo de Sábados de la bondad, en blanco y negro, y el lector se da cuenta de que vive a la sombra de la Guerra Fría, anticipando un desastre que nunca sucede. En cambio, al joven peón de “Hombre en llamas” le toca trabajar –mata a un chancho y lo prepara para un festejo de los patrones– en un mundo donde la catástrofe sí se dio, donde las avionetas sobrevuelan el campo amenazantes y donde “en unos años nos van a dejar de crecer la mitad de los dientes”. En uno, la rutina prosigue a pesar de la amenaza inminente de la bomba; en el otro, da la apariencia de normalidad después de que la amenaza se concrete. La disposición servicial de ambos protagonistas, su enfoque en lo que les exige su trabajo, les permite conservar alguna entereza en sus ominosos entornos.
El único protagonista de El nombre de todos los sonidos del bosque que rompe con su rutina lo hace para dejar su vida literalmente suspendida: Fabricio, el héroe de “El récord mundial de hamaca”, se sienta en una hamaca de la plaza para no bajarse más. Tiene relación con “Hacer un pozo y meterse adentro”, de Las tormentas, la colección anterior de Craig, el protagonista de ese cuento cava una fosa en la playa porque así lo vio en un sueño. Los dos hombres asumen el protagonismo de sus vidas– o al menos se sienten protagonistas –realizando proezas totalmente intrascendentes. El tono cómico de “El récord mundial de hamaca” ofrece un bienvenido contrapunto entre los cuentos de corte más oscuro. El texto se divide en veintiún secciones, admitiendo una variedad de perspectivas. Fabricio pretende vencer al coreano que “desde 1979 mantenía invicta la marca de hamacado” y de ese modo volverse “el campeón del mundo”. Se acercan los medios a su pueblo olvidado; la gente le deja ofrendas como si fuera un santo; viene una comitiva de los Récords Guinness para verificar su logro. En el fondo, sin embargo, el atractivo de la hazaña es su sencillez: “Ofrece reglas claras. Por eso es redonda, por eso brilla”. Es casi una forma de meditación.
Ahí se encuentra el hilo conductor de estos cuentos y el trabajo de su autor: la búsqueda de percepciones que devuelven el brillo a la realidad. “Hay que creer en todo o no creer”, como afirma el protagonista de “Grandes grandes grandes estrellas”. “También los detalles incoherentes, la poca cosa, lo que parece imposible. Sobre todo eso”. En los cuentos de El nombre de todos los sonidos del bosque, que rescatan como si fueran piedras preciosas tantos detalles de la vida cotidiana, Santiago Craig se muestra un creyente.
10 de junio, 2026

El nombre de todos los sonidos del bosque
Santiago Craig
Tusquets, 2026
160 págs.
Crédito de fotografía: Alejandro Guyot.