Todo poema pide ser leído en el alcance de su deseo. Tal demanda tiene que ver con la génesis misma del poema, podríamos decir con el efecto que busca causar. Ese efecto puede ser el relámpago de una forma súbita, la que desborda la levedad de los recursos con los que aparece delante de nosotros. Por ejemplo, en un instante, en breves versos, el haiku produce su interrupción estremecedora. ¿Y qué es? Apenas un despuntar del asombro, no más que el convencimiento sutil, la primavera perdida en la insinuación de un capullo. Pero cuando ese deseo se extrema es obvio que la forma también lo haga. El contar es parte de un pasado que el poema añora y, también, que se permite cuando cede a la tentación de aspirar a una totalidad. Uno podría pensar que ese alcance totalizador adquiere la forma de una historia ensoñada. Contar cualquier origen, trazar una región, proponerse una razón mitológica encarnada en versos es parte de una aspiración que, en su extensión, transforma al poema en un mundo, hace de las palabras un correr indiferente a todo, de la imaginación el cauce que no se detiene, y, del relato mismo que leemos, el río de todas esas imágenes. Acaso esta jactancia que me permito inventar haya sido la que experimentara Juan L. Ortiz al escribir El Gualeguay.
El Gualeguay es el poema del país-provincia, de la infancia-paisaje, del río-arbóreo, de la poesía-naturaleza. En él cada verso pasa por esta serie de remansos temáticos, se detiene, continúa y se pierde. De hecho, su final queda abierto en un señalamiento que no es su final, sino un “(continúa)”, como si la ontología de su material –el agua, lo transparente, lo huidizo– así lo dispusiera para el impulso rítmico donde encuentra el sustento de su largo alcance: 2.639 versos. En ese trayecto, El Gualeguay, desde el primero al último, no es más que un reflejo de memoria y olvido. Memoria en el sentido de la pertenencia de Ortiz a esa singularidad geográfica que evoca, y olvido porque de algún modo al condensar en él esa experiencia, esta se vuelve única. Sin duda, cada detención en esos remansos va transformando la poesía de Ortiz no solo de ese momento, sino también toda la escrita hasta ahí. El libro-unidad, el libro-mundo fue un proyecto que, ni bien aparece en el horizonte del autor de En el aura del sauce, sorprende por cómo subordina lo escrito y por cómo lo escrito se vuelve una continuidad que, hasta La orilla que se abisma, va cumpliendo esa tarea de adelgazamiento, ínfima alusión, extravío resplandeciente. Con un tema reconocible, Ortiz hace del motivo un espejo en el que todo se refleja: la vida, la muerte, el devenir, la detención final. Sin embargo, lo dicho por el verso disuelve lo real que acaso pueda reducirlo, volverlo identificable. Siempre se escribe en contra de algo, y ese algo aquí es el paisajismo, la inercia bucólica, el pintoresquismo patriótico. De ese modo, ese país, esa infancia, ese río y esa poesía son una experiencia de ensueño, una presencia en medio de lo que la violencia altera, de lo que la depredación extingue. De ahí entonces que El Gualeguay se lea como historia poética y también como profecía ambiental, como testimonio de lo visto y como elogio de la invención que la naturaleza prodiga.
Editado en forma de libro individual en 2004, ya que Ortiz lo incluye en la edición Constancio Vigil de En el aura del sauce, El Gualeguay parece necesitar y prescindir de un acompañamiento filológico. Lo primero responde al trabajo de Sergio Delgado, que acompaña la primera edición del libro con una serie de notas que translucen los detalles de composición, tema y poética que sostienen a esta obra. Vale mencionar que, en la edición actual de 2025, como un hermeneuta incansable, Delgado ha ampliado esas notas. Lo segundo es palabra de Juan José Saer, lector atento de Ortiz, no solo próximo a su mundo, sino también continuador de esa narración del detalle. Uno tranquilamente puede entregarse al ritmo, lo llevadero, el ir de las imágenes vueltas palabras o de las imágenes que las palabras apenas alcanzan a tocar. El verso de Ortiz conduce porque el ritmo hace a las cosas, y estas están ahí esperando a su lector. El resultado entonces es una aproximación a esa experiencia por medio de la deriva. Y es notorio que esta se vuelve más evidente cuando, en el verso 2495, el poeta libera a este de sus márgenes para que se desparrame por la página. El serpenteo como una corriente, los saltos en blanco, la fisonomía fluvial de las palabras, el conducirse en la brevedad de un término aislado por la hoja desnuda que resalta la tipografía diminuta o el alcance de una narración dispuesta a disolverse ni bien lo medido se escande en su alejamiento, nos dice que estamos ante otra cosa. “todavía,/ de chiripáes... y ese añil,/ ese añil, aún, de pantalones... y ese fuego de gorra y chaquetilla:/ de, por poco, el iris,/ entonces/ todo el iris/ con los dragones de las partidas?” Espacios, quiebres, puntos suspensivos, blancos como bloques de nada alrededor de una palabra, puntuaciones acaso arrastradas por una inspiración que conduce una interrogación prolongada son los rasgos característicos de Ortiz que se sabe fundando un idioma en el idioma.
Como todo idioma asediado por la poesía, o, mejor dicho, como todo estilo, ya que así lo señalara Flaubert en tanto este es “un modo absoluto de ver las cosas”, el poema-río se vuelve visión: “El río era todo el tiempo, todo.../ ajustando todas las direcciones de sus líneas/ como la orquesta del edén bajo la varilla del amor.../ Era el amor, el río.../ Todo nacía de él, o venía evangélicamente/ a él”. He aquí la singularidad de Ortiz, no solo para volverse una forma reconocible, sino para hacer de esta una mística personal que se realiza y se pierde, pero que, al día de hoy, regresa con su aire de encantada sorpresa.
3 de junio, 2026

El Gualeguay
Juan L. Ortiz
Prólogo de Marilyn Contardi
Eduner / UNL
240 págs.