Luego del silencio que siguió a Desierto sonoro, cabe preguntarse de qué manera Principio, medio, fin reinventa la escritura de Valeria Luiselli, o en qué sentido simplemente la redescubre. La propia narradora ofrece una respuesta que reenvía a Papeles falsos. No existe algo así como una originalidad pura: escribir es volver a encontrar lo que siempre estuvo ahí. Una idea que resuena con la noción de obra de Proust, que Luiselli hace propia: no necesitamos un tema porque la materia narrativa preexiste en nosotros; la escritura es el trabajo de traducirla y encontrarle forma. Desde sus primeras páginas, la novela se asienta sobre una paradoja: la imposibilidad de un recomienzo puro, que sin embargo no deja de intentar.
Este recomienzo es una vuelta a cierto origen, pero como siempre en Luiselli, una vuelta desviada. La propia narradora lo enuncia: “Injusto o extraño, quizás, pedirle eso al tiempo: la posibilidad de empezar, de empezar de nuevo. Lo único que tenía que hacer, o eso creía entonces, era responder a una pregunta: ¿cómo lo reinvento todo: nuestra historia, nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de estar en el mundo?”. El adverbio “entonces” instala una fisura temporal que la novela irá completando: cuándo fue necesario reinventarse, qué terminó, qué se derrumbó. La respuesta llega en fragmentos: un divorcio lento, el agotamiento de un proyecto, el silencio que siguió a Desierto sonoro –una novela pre-pandemia que intervino en un mundo que ya no es el de entonces y cuya dimensión catastrófica (retengamos esta noción un momento) solo se ha incrementado. El destino elegido para este recomienzo es Catania, la isla de la abuela a la que la narradora y su hija vuelven, pero se trata de un retorno impropio: ella nunca estuvo, su abuela sí. Allí se quedan en la casa prestada de un pianista con quien la narradora tuvo algo. El origen aparece, así, desplazado: una casa ajena, una memoria heredada. Como el eco –que la narradora asocia a oikos, casa–, el regreso no devuelve lo mismo sino una voz transformada. Resuenan aquí las palabras de Paloma Vidal en “Y el origen siempre se pierde”: lo propio solo se recupera por vía de lo ajeno.
Desde las primeras líneas Luiselli no construye una voz narrativa sino que la desmonta. El primer apartado, cuyo título es “índice de contenidos”, promete una voz en tercera persona, que inmediatamente deshace. “En el principio eran una madre y una hija” se convierte en “ella y yo”, y luego ese “yo” interviene en la escena que está narrando y le toca la frente a su hija para despertarla. El gesto anuncia de algún modo el procedimiento que va a llevar adelante la novela: no va a cumplir lo que promete, o va a cumplirlo de otro modo, en tensión entre lo que propone y lo que luego efectivamente hace.
Principio, medio, fin es, entonces, una novela sobre un recomienzo, pero también sobre una madre y una hija. A lo largo del texto esa díada madre-hija se multiplica: están la narradora y su hija, la narradora y su propia madre, la madre y su madre. Al menos tres madres, tres hijas, dos nietas. Y entre ellas: dos escritoras, varias lectoras, la Nanna –que ha rehecho su vida tantas veces que se confunde con la figura de Proteo– y una traductora que no solo trabaja entre lenguas humanas sino que oficia también de médium entre lo terreno y lo celestial. La familia no es aquí un árbol con raíces fijas: cada generación devuelve a la anterior transformada, desviada, como un eco que regresa con otra voz. En consecuencia, la figura que la hija propone como arco narrativo –y que la madre acepta– no es una línea recta ni un círculo sino una línea ondulada, una espiral. La novela misma lo confirma: llegado un punto deja de ser sobre una madre y una hija, y pasa a ser de una hija hacia una madre.
Principio, medio, fin es también un libro sobre la memoria: familiar y literaria, íntima y colectiva. La historia de la Nanna es el sustrato mítico de la novela: una mujer que cambió de género para trabajar en una excavación arqueológica, que aprendió a leer en un barco, que naufragó en el golfo de México rumbo a Nueva Orleans y que nunca volvió a pisar un barco ni su isla de origen. El naufragio desvió su destino: la nieta hará el viaje que ella no pudo completar, llegará a Nueva York, y desde allí volverá al punto de partida. El mosaico de Proteo que la Nanna le hereda a su nieta condensa esa idea: la metamorfosis no como pérdida de identidad sino como estrategia de escape y supervivencia, la forma de seguir siendo una misma mientras se es otra. “Nuestros cuerpos son casas, espacios físicos donde los rastros de quienes vinieron antes siguen rebotando”, nos dice la narradora. Lo mismo vale para la obra: los textos anteriores de Luiselli no aparecen aquí citados sino reencarnados –habitan la novela, del mismo modo en que los ancestros habitan los cuerpos. La hija está convencida de haberse ahogado en una pileta con forma de guitarra eléctrica en Tennessee –como le ocurre al personaje de Desierto sonoro– y la madre tiene que desmentirlo una y otra vez. Aparecen también preguntas que ya acechaban en Los ingrávidos: ¿somos fantasmas?, ¿es esto una novela sobre viajes en el tiempo? La obra tiene una memoria creativa y transformadora, la de un organismo vivo que incorpora lo que vino antes sin conservarlo intacto.
Si la primera parte de la novela es sobre la necesidad de un reinicio, la segunda es sobre la catástrofe que lo hace inevitable. Madre e hija en un auto en la carretera: el escape de la casa del pianista, el incendio en el aeropuerto, el volcán en erupción, la evacuación de pueblos cercanos. La madre toma el camino más largo porque le dan miedo las carreteras grandes. Avanzan igual. El desastre opera en todas las escalas al mismo tiempo –doméstica, climática, histórica. Pero el caos, recuerda la narradora, no significaba en griego antiguo desorden sino hueco, apertura. La mitad, entonces, es el caos: el punto donde la llegada se anuda con la partida y la historia tiene que continuar.
En un momento, que funciona como núcleo teórico de la novela, la narradora invoca a Aristóteles: la trama es un todo, principio, medio y fin. Pero en lugar de aceptar esa arquitectura, la desmonta. Lo que reclama es una defensa del medio –lugar definido en función de lo que no es y espacio en el que, en palabras de la narradora, tarde o temprano todos quedamos atrapados. La novelapuede pensarse así como un gran medio: nació después de un final, ensaya distintos principios, y no sabe cuándo ni cómo va a terminar. La narradora afirma sin eufemismos: “tal vez la mitad no cabe en la arquitectura apretada de las novelas. Tal vez sea más afín al espíritu holgado del ensayo”. Aquí, el reenvío a Papeles falsos y a Los ingrávidos no es nostálgico sino estructural: Luiselli escribe, una vez más, desde ese umbral entre géneros donde su escritura siempre encontró su forma más propia. Ese lugar intermedio que la narradora también le otorga a la ficción: allí donde la imaginación (que mira hacia adelante) y la memoria (que mira hacia atrás) se encuentran.
De esta manera, la novela se despliega como una escritura sin padre, sin la ley organizadora de la materia narrativa: madre a cuestas, hija a un lado, mujeres fundando y destruyendo sus pequeños imperios, nos dice la narradora. Porque para Luiselli la violencia no está solo afuera (que en la novela aparece como pintadas xenófobas, refugiados en la calle, la contradicción de una Italia marcada por la emigración y hoy hostil hacia los migrantes, el modo en que el pianista constriñe el espacio) sino también adentro del relato: reducir la experiencia a una estructura narrativa predeterminada es ya un modo de forzarla. Lo que busca, en cambio, es una sintaxis que no pueda ser traducida por la legalidad del relato ni capturada por la trayectoria lineal. Narrativas con oídos, dice, que escuchen lo que va desapareciendo. En esta línea, la novela termina con un apéndice documental –postales escritas por la hija a lo largo del viaje, polaroids de la madre, la hija, pescadores, gatos, el pueblo: fragmentos visuales de la narración– y un código que lleva al libro sonoro: grabaciones de –dice el apartado final– paisajes subacuáticos, vientos mediterráneos, murmuros volcánicos, cantos de pescadores. Dispositivos para agudizar la percepción y captar los rayos ultravioleta del tiempo. Seguir, dice la narradora, cada uno de los hilos invisibles que nos atan. Hilos que, mientras creemos que estamos escribiendo, en realidad nos escriben a nosotras.
10 de junio, 2026

Principio, medio, fin
Valeria Luiselli
Feltrinelli, 2026
360 págs.
Crédito de fotografía: George Etheredge.