Dice Foucault, en un pasaje de La gran extranjera, que el lenguaje en una obra literaria “no es más que un papel pegado en un cuadro cubista”. “El papel pegado –sigue Foucault– no está en el cuadro cubista para hacer de 'verdad'; al contrario, está en cierta forma para agujerear el espacio del cuadro (...) y el lenguaje verdadero, del mismo modo, cuando se introduce realmente en una obra literaria, se pone en ella para agujerear el espacio del lenguaje, para darle, de alguna manera, una dimensión sagital que, de hecho, no le sería propia por naturaleza”. La literatura, así, se inscribe en ese acto de corte o de perforación en el mismo lienzo que contiene la escritura. Es posible que, en los últimos cien años, ese mantra se haya utilizado para justificar que la literatura sólo es tal cuando se imprime una descarga de violencia en la escritura. Sin embargo, los lienzos no se intervienen únicamente para dejar una marca agresiva. La rajadura es, también, una rendija que nos permite pasar hacia un otro lado. “Soy un útero ético”, escribe Leticia Martin en las primeras líneas de su último poemario, Contra el pensamiento. Y entonces se instala allí un tajo visual que perfora el lienzo, pero no para gestualizar violencia sino en la intención de atravesar algo para encontrarnos con aquello que está del otro lado, porque ese útero es sagital, pero también es –y sobre todo es– ético. Ético en su dimensión del pensar, del repliegue, del desplazamiento hacia lugares donde nunca hemos estado. Ese útero piensa aunque no quiera hacerlo, “no sé cómo se hace para no escuchar al pensamiento/ para dejarlo ir”; piensa aunque pensar sea un acto no medido, “como respirar sin asma/ saber que se está viendo el sol sin habérselo propuesto”. Con el pensamiento como centro orgánico, este poemario se integra a la obra de una autora que viene trazando un recorrido sobre una forma específica, la del repensar aquello que, se supone, nos ha sido dado.
Estructurado en dos partes –“Contra el pensamiento” y “A favor del amor”–, este encadenado de poemas se posa en torno a y fulgura instantes de hallazgo acerca de la maternidad fallida –“odié las preguntas reprochables/ sobre el fenotipo”–, los vínculos familiares –“no es miedo a que nos hagan el vacío/ ya hemos vivido el amor”–, el dolor en este presente exhibido –“veo el dolor de comprar y vender/ o meter debajo de la alfombra/ las maniobras de evasión”–, el amor de pareja como limbo –“soy la felicidad del niño/ que abre el regalo y sabe/ que pronto lo habrá roto”–, las muertes, los duelos. Por debajo se ramifica una idea que lo va entrelazando todo, esto es, las relaciones entre las libertades y el pensamiento. Leticia Martin escribe “tenemos el cerebro hipertrofiado de interpretar/ el aire no se respira ni se corta con navaja/ por qué le meten sentido a una simple invitación” y cifra allí el hilo de Ariadna de su obra.
Nacida en la emergencia de una generación que supo escribir en revistas y blogs pergeñados como campos de batalla, la autora ha transitado los géneros de la narrativa, la poesía y el ensayo para proponer una forma de pensamiento específica. Su literatura arremete contra las coyunturas, pero suele desplazarse hacia una zona distinta: el lugar de ese pensamiento que no da nada por sentado. El verbo de la literatura de Martin acaso no es tanto pensar como repensar. El papel en el cuadro cubista que perfora y pasa hacia el otro lado del lienzo. En el universo Martin las cosas van a ser objeto de reflexiones, pero corriéndose siempre –corriéndose desde el centro de la cosa hacia los contornos y de los contornos hasta excederse de las geografías–. “Me interesan los puntos de equilibrio oscilantes –escribió la autora alguna vez, en un libro llamado Feminismos–: nunca estáticos. Me interesa que todo, siempre, pueda ser cuestionado o modificado”.
Puntos de equilibrio oscilantes: si pudiera dibujarse, la obra de Leticia Martin haría curvas. Un momento de estabilidad, el cambio de paisaje y luego una nueva ruta que aparece donde antes no había nada. Cuando sus libros parecen encontrar un equilibrio entonces, justo en ese instante, oscilan, se desplazan hacia una forma otra. Así, en la novela Vladimir, cuando todo parece viajar hacia la coyuntura –la historia controversial sobre el deseo de una mujer mayor hacia un adolescente, “una reescritura de Lolita al revés”–, la dirección empieza a torcerse. Suavemente, sutilmente, la novela se muda, pega el salto desde el equilibrio hacia otros territorios. Vladimir reconstruye un mundo donde las luces se apagan y esa situación espacial no es el simple escenario donde esta historia de deseo sucede: es un planeta donde las luces se han apagado sin una razón y en ese detalle, la falta de razones, aparece lo espeluznante. Porque la respuesta a la pregunta sobre la oscuridad no la responde la trama, sino la idea política de que las fuerzas no son múltiples sino una sola. Estamos a oscuras por la cultura del capital. Es el capital el que apagará las luces; las luces se apagarán, escribe Martin en Vladimir, “porque no le importamos a nadie”. Un movimiento similar que la autora ya había hecho en su novela Estrógenos: en un futuro distópico donde los hombres se embarazan, la contrariedad de ese embarazo, en la pluma de Martin, no es lo determinante. Estrógenos, en esa escritura del repensar, es una obra acerca del lugar que ocuparán las imágenes en el futuro y sobre cómo esas imágenes nos conducirán hacia un destino donde las personas habremos perdido la capacidad de recordar.
“Pensar es arruinar el mundo/ quitarle lo verde al pasto/ o quemar las hojas de un trébol/ que intenta brotar entre retoños/ es reducir el mundo a una sola forma/ pequeña, escueta, gris/ la estatua del pensador”, escribe Leticia Martin, en contra del pensamiento. Un libro que agrega un argumento más a su largo alegato sobre la literatura del repensar.
29 de abril, 2026

Contra el pensamiento
Leticia Martin
Halley, 2026
76 págs.