Estamos en 2026, el último año que alcanza la cronología de Crónicas marcianas. El cuento con el que cerraba aquel libro, “El picnic de un millón de años” (“El picnic milenario”, en esta nueva traducción), nos mostraba cómo sería Marte en octubre de 2026. Antes de que nos atrape esa fecha primaveral y futura, nos llega este libro de 1400 páginas, a mitad de camino entre una antología desmesurada y un volumen de cuentos completos.
Paul Viejo, el cuidadoso editor, liberó a los cuentos de los libros que los albergaban, y los ordenó de acuerdo a su primera publicación, en muchos casos en revistas pulp como Planet Stories o Weird Tales. Paco Porrúa y Marcial Souto nos malacostumbraron a sus elegantes versiones y ahora cuesta un poco leer aquellos viejos cuentos en traducciones nuevas que dispensan la palabra “puñetas” o sus variantes en cada cuento. Si Bradbury hubiera adivinado este provenir, les habría prohibido a sus personajes cualquier clase de exclamación, bajo amenaza de morir desintegrados. Al margen de este comentario tan antipático, la edición de este libro es un trabajo monumental.
Bradbury cultivó el futuro no como pronóstico sino como ensoñación y quizá por eso sus detractores lo tachaban de “sentimental”. Sin embargo, muchos de sus relatos abundan en situaciones atroces y hubieran merecido aquel título de Villiers de L'Isle-Adam: Cuentos crueles. En estas páginas también está presente el otro Bradbury: el autor de miniaturas policiales que publicaba en la revista Black Mask.
Bradbury aseguraba haber escrito durante cuarenta años un cuento por semana; confiaba en que era la práctica lo que llevaba a la maestría. Algunos de sus cuentos tienen grandes ideas aunque no nos satisfaga del todo la resolución, dictada por este apuro semanal. Pero su obra contiene muchos cuentos que han dejado una marca profunda en la vida de sus lectores. En “La sabana” (“La pradera”, en la vieja edición de Minotauro) un cuarto de juegos habitado por leones virtuales nos enseña que no hay que malcriar a los niños. “La fruta en el fondo del tazón”, que advierte contra los peligros de mezclar crimen y TOC, pertenece a ese género ingenioso e incierto que podemos llamar Alfred Hitchcock presenta. Aquel programa de televisión, al elegir qué cuentos representar, dio aliento a un tipo de ficción: cuentos policiales sin investigación y dominados por la ironía. Un género que Bradbury compartió con autores como Roald Dahl, Stanley Ellin o John Collier (los ingeniosos cuentos de Collier, reunidos en Fantasías y buenas noches, ahora se pueden conseguir en librerías argentinas, y con prólogo de Bradbury).
“El tarro” es una de las piezas más misteriosas del “museo Bradbury”: igual que en los tuppers dejados largo tiempo en la heladera, cada uno que mira ve algo distinto que los demás. En el cuento fantástico “Los poemas”, la creación literaria implica destrucción y un verso logrado significa que algo ha desaparecido. Como escribió Mallarmé, “La palabra rosa es la ausencia de toda rosa”.
Aunque las historias de Bradbury son un regreso constante a la infancia, los niños de sus cuentos no tienen nada de angelical: en “La hora cero” los chicos se dan cuenta de que es hora de dejar la escuela; prefieren obedecer las órdenes de los extraterrestres, más entretenidos que padres y maestros. “El ruido de un trueno” es un cuento que conocen aun quienes nunca han leído a Bradbury, porque su invención pertenece al aire de nuestra época. “El marciano” y “La tercera expedición” (“Marte es el cielo”) son variaciones de un mismo tema: la capacidad de los marcianos para mostrarnos aquello que deseamos ver. En el prólogo a Crónicas marcianas, Borges había juzgado a “La tercera expedición” como “...el cuento más alarmante de este volumen”.
El editor anota con justicia los temas que recorren la obra de Bradbury: “La infancia perdida, el miedo a la deshumanización tecnológica, la nostalgia del pasado, el terror doméstico, el extrañamiento cósmico”. El mismo Bradbury escondió su poética en este fragmento de “Intermedio” (“Entretanto”): “Era como si un terremoto enorme hubiese arrancado de raíz un pueblo de Iowa y luego, acto seguido, un tornado propio del país de Oz lo hubiera arrastrado hasta Marte y lo hubiese plantado allí sin hacer ningún ruido...”. ¿Qué elementos usa para definir lo desconocido, es decir, Marte? La astronomía verbal de Bradbury consta de un terremoto, un tornado, un pueblo de Iowa y El mago de Oz.
Todo escritor de ciencia ficción tiene un problema que resolver: al crear planetas remotos, sociedades diferentes y máquinas terribles, provoca una distancia emocional que pone en peligro la lectura. ¿Cómo hacer que nos conmuevan personajes o situaciones que podrían ser para nosotros meras abstracciones, una reunión de palabras sin calor ni luz? Bradbury lo consiguió con su eterno desplazamiento a la infancia, a los pueblos en los que se crió, a las ferias itinerantes con sus módicos prodigios. Ajeno a las computadoras y a los aviones, inclusive al automóvil (nunca aprendió a manejar), Bradbury decoró Marte con estampas de su pasado. Evitó que su imaginación quedara marcada por la carrera espacial que disputaban entonces los Estados Unidos y la Unión Soviética. Sus cohetes son de latón pintado.
Antes de que el tiempo condenara a sus historias al anacronismo, decidió anticiparse a su labor. Recibido este tributo, el tiempo, en vez de envejecer sus historias, las iluminó. Bradbury supo dar a sus futuros un aire de nostalgia, y a sus fantasías la entonación de una fábula.
29 de abril, 2026

Cuentos
Ray Bradbury
Prólogo de Laura Fernández
Edición de Paul Viejo
Traducción de Ce Santiago
Páginas de espuma, 2026
1344 págs.