Estos artículos dan testimonio del vagabundeo de Joseph Roth por Berlín, entre 1920 y 1933. Son las crónicas de una metrópoli industrial presentada como una ciudad-bestia en mutación; sus descripciones registran los consumos culturales de la burguesía, las nuevas vanguardias artísticas, museos y jazz, cabarets y gabinetes con figuras de cera, hasta el mundo de los márgenes, donde mendigos, refugiados políticos y desempleados se apelotonaban en tugurios. Una ciudad de contrastes violentos: estridencia moderna y pocilgas de los arrabales. La mirada aérea de Roth se deslumbra con los rascacielos, la gran maquinaria tentacular del sistema de transporte del Gleisdreieck, la arquitectura colosal, para después descender al hormiguero humano paseándose por los bulevares y avenidas, barrios fabriles y almacenes. Todos los cambios de la ciudad rezumante de arte, agitación política, campañas electorales, desempleo, inflación desbordada, fueron captados por la mirada irónica del autor, pero nunca amarga; crítica pero vitalista, seducido por la voracidad de esa capital.
Joseph Roth era el emergente de un tipo de escritor europeo: cosmopolita, ilustrado, burgués. Pero parte de una burguesía de cuna en baja, que debió sobrevivir atrincherándose en el periodismo. Cuando digo periodismo, me refiero a la crónica de cuño literario. Podemos encontrar casos similares en Stefan Zweig, Alberto Savinio, Josep Pla, Franz Hessel. A diferencia de estos autores, Roth tenía algo de escritor vagabundo que se mezclaba con la fauna miserable que retrataba. Cuando Roth quería captar las primeras impresiones de ciudad recién visitada, se instalaba en el café de un hotel. Podía ser un hotel lujoso o popular, ese huésped borracho y melancólico leía en el ajetreo de los mozos, recepcionistas, botones y en las conversaciones sueltas de los turistas, un atisbo del clima social citadino. Pero después se alejaba del amodorramiento de hotel para patear las calles, hundiéndose en los pudrideros de los márgenes.
Estas crónicas retratan indigentes, veteranos de guerra mutilados, bohemios empobrecidos, prostitutas, delincuentes. Por eso en este libro hay algo de los ambientes de sus novelas Hotel Savoy y La leyenda del santo bebedor, sus descripciones de lugares y personajes, más que informar narran; cercanos al relato y, por momentos, a la prosa poética. El escritor soviético Iliá Eherenburg, dijo del autor: “Roth escribía crónicas de viaje, se atormentaba con cada línea, detestaba escribir mal (...) Lo observaba todo, nunca se encerraba en sí mismo, pero su mundo interior era tan rico que podía compartir muchas impresiones con sus personajes”.
Las obras literarias de principios del siglo XX que tuvieron a Berlín como escenario reflejaron principalmente dos características de la ciudad: la velocidad y el vértigo. La osamenta titánica de las construcciones y la masa marchando trepidante por las avenidas. Crónicas berlinesas recuerda por momentos a la atmósfera de la novela Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, donde el protagonista, Franz Biberkopf, un ex presidiario, busca sobrevivir en una ciudad que no comprende y lo abruma por su ritmo vertiginoso. En una de sus mejores crónicas, “Declaración a favor del Gleisdreieck”, el Berlín de los avances ferroviarios es retratado por Roth con la fascinación violenta por la máquina del futurismo italiano. Su prosa, por lo general lenta, se acelera cargada de metáforas industriales: “Este es el aspecto de un mundo cuya vida es impulso de correas y mecanismos de relojerías, ritmo de palancas y gritos de sirena”. Y no lamenta que el hombre se vea reducido por la gran maquinaria: “El llanto por las viejas formas que se desvanecen es similar al dolor de una criatura antediluviana por la desaparición de las condiciones de vida prehistóricas”. La velocidad y el vértigo de las transformaciones tecnológicas funcionando como un narcótico que también operaba en su escritura.
El libro cierra con un artículo incendiario, “Auto de fe del espíritu”, de 1933, donde la denuncia política se hace directa y su tono, antes crítico pero optimista, se vuelve desencantado y apocalíptico. El ascenso del Tercer Reich, cuyos dirigentes define como “orangutanes mecanizados”, lo obliga a pronunciarse como escritor judío que no reniega de su nacionalidad alemana. En este texto no solo critica la persecución política a los intelectuales judíos sino también la complicidad de los ambientes literarios (judíos y no judíos) con el avance nazi.
Lejos de la prosa atemperada por la placidez de los hoteles, o las loas futuristas al mundo industrial de la técnica, estas crónicas terminan con un llamamiento a la resistencia ante el fascismo en nombre de una Europa de raíces cristianas, ajena a la neo-mitología nazi: “Gracias a la inescrutable sabiduría divina, somos físicamente incapaces de traicionarla por la civilización pagana de los gases asfixiantes o por el dios de la guerra germánico armado con amoníaco”.
24 de junio, 2026

Crónicas berlinesas
Joseph Roth
Edición y posfacio de Michael Bienert
Traducción de Juan de Sola Llovet
Minúscula, 2025
291 págs.