Más allá del instaurado por la virtualidad y las redes sociales –de gratificación inmediata y monolítica imaginación– existen, a Dios gracias, otros mundos. Hablando de literatura, habría que decir que, luego de Borges, la aparición de algunos pocos autores ha revitalizado un campo en el que todo parece haber sido dicho desde el comienzo. Autores que pergeñan mundos literarios que, a diferencia del borgeano, encuentran en lo informe y lo volcánico una infatigable pulsión narrativa; que despliegan sus armas por todas las vías posibles para llegar –sin necesariamente proponérselo, no al menos, a priori– a los infinitos rincones del universo, pulsando la fibra evanescente del tiempo, o mejor aún, la de todos los tiempos posibles.
Existen, entonces, mundos así, y el del rumano Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) probablemente sea el caso paradigmático al respecto. De consistencia barroca y lisérgica, sus ficciones propician –en parrafadas de largo aliento– interminables subtramas, incalculables asociaciones y múltiples personajes que parecen, no obstante, estar contando siempre una misma historia: la de un niño tímido y solitario que observa durante la noche a través de la gran ventana de su habitación, una Bucarest estridente y ampulosa, pletórica de sentido en cada una de sus fachadas, calles, esquinas, automóviles y transeúntes; en cada corriente de aire y en cada estrella; en las formas de las nubes y en las de la luna; en las copas de los árboles, en la textura de sus troncos y en los microorganismos que pululan en su interior... Leer a Cărtărescu requiere atravesar las laberínticas rugosidades de su conciencia febril, de pasadizos como tentáculos que, en su despliegue, rozan las fibras íntimas, inconscientes, propias de una subjetividad singularísima, hasta retrotraerse a un pasado atávico y mitológico, al tiempo que afloran hacia un exterior diverso, cuantioso, inconmensurable: la familia, el barrio, la ciudad, el país, el planeta, el cosmos.
La monumental Cegador, que supuso para el escritor la consagración internacional, se compone de tres volúmenes: El ala izquierda, El cuerpo, El ala derecha, títulos que se publicaron en español entre 1996 y 2007 respectivamente. Los conocedores, que llega también de la mano de Impedimenta, en traducción de su fiel exégeta, Marian Ochoa de Eribe, recoge tres relatos –por así llamarlos– por cada uno de los libros de la trilogía, y antes que un típica argucia editorial, parece ser una auténtica propuesta autoral, una que Cărtărescu tenía en mente hace un tiempo considerable.
El volumen abre con “Los Badislav”, una estirpe –de la que un Mircea textual dice descender– que huye despavorida de su aldea de origen luego de que el fruto de unas semillas de amapola promovidas por los gitanos provocara una orgía multitudinaria, un trance apocalíptico que despierta ángeles, demonios y seres bíblicos y fantásticos de toda calaña, que se enfrentan a muerte en una batalla babilónica. Al final del relato, en un giro (¡borgeano!) propio de Cărtărescu, la realidad de los acontecimientos deviene sueño soñado por este narrador que construye, en y desde la ficción, su propio árbol genealógico. Los Badislav se trasladarán, por fin, a la provincia de Muntenia; vivirán, olvidarán su lengua y aprenderán la de los habitantes del lugar; procrearán, se emborracharán, matarán por amor y velarán a sus muertos “sin imaginar siquiera por un instante que, de hecho, no habían levantado sus casas, no habían arado y no habían sembrado sino un retazo del lóbulo parietal derecho de un biznieto, y que toda su existencia y su tenacidad en este mundo era tan pasajera e ilusoria como el fragmento anatómico de la mente que los soñaba”.
El niño Mircea concurre junto a sus padres al “Circo” –título del segundo de los relatos–. Si en un primer momento el evento ostenta los atributos de un espectáculo más o menos convencional, se tornará luego en un acontecimiento místico que trasformará –sean o no conscientes de ellos– a los espectadores. Vanaprastha, el Hombre Serpiente, uno de los integrantes del circo –execrado por hinduistas por practicar lo que, aducen, responde a una forma superficial y comercial del yoga– se contorsiona inverosímilmente frente a la presencia atónita del público que no alcanza a comprender la trascendencia de los acontecimientos, con excepción de Mircea, que logrará la iluminación y contemplará –con un tercer ojo que poco tiene que ver con los glóbulos oculares– su existencia prenatal y su nacimiento junto al hermano gemelo Víctor, que morirá en la infancia y a quien el autor le dedicará su bellísimo El ojo castaño de nuestro amor.
En "La boda", el último de los textos, el príncipe Witold recalará en Italia para, guiado por uno de los "conocedores" –la secta de iluminados que saben, por sí mismos, que el universo será creado por un demiurgo–, llevar a cabo un apareamiento maravilloso y exultante, un coito desenfrenado propio de El jardín de las delicias.
Para hacerse una idea de la prosa recargada de nuestro autor, nada mejor que citarlo, y citarlo como corresponde, in extenso. Tomemos un fragmento de la parte I de Cegador, en el que se distingue el vastísimo alcance del mundo que propone. “Vivimos en un trocito de piedra caliza de la placa esclerotizada del cosmos. Un animal pequeño y compacto, una sola partícula, un billón de veces más pequeña que los quarks, un billón de billones más ardiente que el núcleo del sol, abarcaba, unificándolo en el soplo de una sola fuerza, todo el dibujo que nuestra mente percibe en el instante en que se le permite percibir, con burbujas de espacio y supercuerdas y el garabato brumoso de las galaxias y el mapa político del planeta y el mal aliento del tipo con el que hablas en el tranvía y la visión de Ezequiel a orillas del Chebar y cada molécula de melanina de una de las pecas bajo la ceja izquierda de la mujer a la que has desnudado y poseído la noche anterior y la cera de la oreja de uno de los diez mil inmortales de Artajerjes y el grupo de neuronas catecolaminérgicas del bulbo raquídeo de un tejón dormido en los bosques del Cáucaso”.
Ambiciosa, quisquillosamente exhaustiva, la propuesta de Cărtărescu –si bien única– puede resultar, para ciertos espíritus, desesperante, agotadora. En su afán demiurgo, ofrece sin descanso imágenes furibundas y símbolos multivalentes; digresiones kilométricas y jugosas enumeraciones. Su visión totalizante abarca tanto lo infinitesimal como lo cósmico, lo biológico como lo mítico, lo racional como lo paradójico. El rumano ha insistido, en más de una oportunidad, en un mismo punto: no escribo para publicar sino para vivir en el universo de mi ficción. Bienaventurados aquellos que, aún hoy, experimentan y habitan en los libros como si de un orbe sagrado, secular e infinito se tratara; y que nos recuerdan que existen, al menos en la literatura, otros mundos más allá de la realidad, ramplona y violenta, a la que nos despertamos todos los días.
24 de junio, 2026

Los conocedores. Tres relatos de Cegador
Mircea Cărtărescu
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta, 2025
188 págs.