Durante un verano cálido, el por entonces jovenzuelo poeta y traductor Ezequiel Zaidenwerg (Bs. As., 1981) recibió de manos de su madre un volumen de llamativas tapas duras negras; libro del que se desprendería su primera conceptualización del arte de las letras: la literatura como “un hambre de palabras”. El libro en cuestión era Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, y, en su recuerdo –escribe Zaidenwerg en Fantasma escritor, su primer texto narrativo–, vibraba una fascinación que imbricaba economía, traducción y consumo. Junto al esclavo fugitivo Jim, el protagonista Huck se hace de mercancías varias: tocino, whisky, tabaco, entre otras yerbas, todas por el precio de una sola moneda; una moneda, claro, de dólar.
Brotó aquí, dice Zaidenwerg, su primera intuición sobre la naturaleza de la literatura –y de la traducción–: un “dólar platónico”, indiferente a los antojos de la hiperinflación que asfixiaba a buena parte de la sociedad argentina, incluida la familia de nuestro autor; una moneda inalterable que podía cambiarse por singulares delicias (fueran o no adecuadas para un niño de doce años, poco importa; la infancia, sabemos, no deja de ser una invención moderna). Muchos años después, un Zaidenwerg adulto vuelve al libro de Twain para rescatar aquella escena inaugural y descubrir que, al menos tal cual lo recordaba, aquel intercambio nunca existió. “De esa escena en dos tiempos” –escribe– “me queda una intuición: que, como recordar, traducir es un acto creativo de lectura, una forma de hacer aparecer eso que siempre estuvo a pesar de jamás haber estado”.
Antes que una narración, Fantasma escritor traza una serie de extensos recuerdos liminares que dialogan en el presente de la enunciación; fantasmas variopintos a los que invoca para agradecerles, discutir con ellos y cristalizar, en la aventura de la redacción –aunque sea momentáneamente–, una identidad propia –la identidad, dice Zaidenwerg, la madre de todos los espectros: “un fantasma hambriento de sentido”–. Muertos ya sus fantasmas tutelares –su madre, su mentora Mirta Rosenberg–, parece ser hora de dejar por un momento las traducciones de otros autores para hacerse cargo de su propia narración. “Me toca ir al encuentro” –asegura al comienzo del libro– “de lo que menos conocí en mi vida: la primera persona”.
Fantasma escritor se ampara en momentos decisivos de la vida de Zaidenwerg. Sus anécdotas de traductor precoz, capaz de traducir sin haber, aún, aprendido a leer: enfrentarse, siendo un mozalbete analfabeto, a una conocida botella de vidrio en cuya letra cursiva blanca sobre un rectángulo rojo le remite a unos sonidos y a las cosquillas del gas azucarado en la boca para proferir –para traducir–: Coca-Cola. No podía faltar, tampoco, su iniciación adulta en el arte de la traducción gracias al puente tendido por Mirta Rosenberg, para quien la traducción fue, también desde chica, el modo de defender una sensibilidad ante la violencia de lo real.
Este fantasma escritor se demora, simultáneamente, en otro rito de iniciación, el sexual, saturado de expectativas viriles; pero, sobre todo, se inmiscuye en el recuerdo y la elaboración del relato familiar. En el vínculo con su abuelo y con su madre; en la amorosa relación con sus tías, grandes cocineras; en su esquivo padre, que, siendo el autor un adolescente, se traslada definitivamente a Israel; y en Paddy, su tío agraciado y snob, por cuya orientación sexual, entre otras razones, emigra a Europa y suscita más de un cortocircuito familiar.
Ya sea por medio de la evocación, de la transcripción de cartas, del audio de casetes e incluso de la foto familiar en la portada del libro, Zaidenwerg intenta maridar voces e imágenes fantasmales para ponerle cuerpo y firma a una historia personal que es continua elaboración. Si en la infancia los conflictos familiares y los cimbronazos político-económicos (la hiperinflación, ese aterrador fantasma histórico) repercutían en la adicción a la comida chatarra –una forma de traducir esos conflictos en algo digerible–, la compulsión se abrió camino, posteriormente, a través de senderos literarios (y resuenan, aquí, las denominaciones de la literatura y la identidad como apetitos por palabras y sentido). Compulsión que encuentra, en la actualidad, su alivio momentáneo en la traducción cotidiana de un poema: quien se suscriba a El poema de hoy recibirá diariamente en su mail una pieza literaria curada por nuestro fantasma escritor.
Pero más allá del trabajo –desde el presente– con el pasado, la búsqueda de Zaidenwerg continúa y encuentra en los amigos y en la pareja una comunidad, un espacio nuevo, diverso, profundamente afectuoso, en el que se alientan las reescrituras –de uno mismo y de las tradiciones que uno carga consigo–. Un espacio que se proyecta hacia el futuro y que fomenta, en el cruce de amistad, poesía, comida y microdosis de drogas alucinógenas, una integración saludable, amorosa, entre el escritor y sus fantasmas.
4 de noviembre, 2026

Fantasma escritor
Ezequiel Zaidenwerg
Seix Barral, 2026
168 págs.