El mundo de los escritores, que para muchos puede parecer inabarcable y rico en experiencias creativas, se revela con frecuencia menos brillante y vital, más estrecho y mezquino de lo que puede imaginarse. Nadie lo comprende mejor que quienes lo habitan cómodamente, como verdaderos propietarios; y nadie lo padece más que quienes lo cortejan sin conseguir instalarse nunca del todo, inquilinos siempre a punto de verse desalojados. Este es quizá el punto central de Morir y dejar morir, la última novela de José María Brindisi, que, bajo la especie de novela policial, resulta en verdad un viaje a las múltiples facetas del mundillo literario, entre las cuales esa puerta de acceso que son los talleres de escritura ocupa un lugar privilegiado; el “tallerismo”, con su omnipresencia, es el origen y el destino de diversas aventuras artísticas en las que el héroe debe enfrentarse a una lucha decisiva con el viejo demonio de la autoestima, a la que Ambrose Bierce define directamente como “evaluación errónea”.
Francisco, narrador y protagonista, aspirante a escritor, espera el llamado de Julio, su maestro y amigo, para continuar una partida de ajedrez. Pero ese llamado nunca se producirá, porque Julio Bernasconi, poeta reconocido y de larga trayectoria, un bon vivant de setenta años, ha muerto repentinamente. Lo que Francisco pudo atribuir primeramente a una falla cardíaca se revela como un desconcertante asesinato, tan calculado como alevoso. La muerte del escritor suscitará en Francisco sentimientos encontrados, porque al dolor de la pérdida se agregará la posibilidad de reencontrarse con Ana, hija de Bernasconi, con quien Francisco vivió en el pasado un incierto affair.
La investigación del crimen, cuyo móvil es oscuro al punto de volver inverosímil toda hipótesis, quedará a cargo del excéntrico inspector Kresteff, quien, en posesión de una lista de nombres dejada por la víctima, se acercará a Francisco. Juntos encararán una pesquisa algo negligente, digresiva, sostenida más en el peritaje de teorías plausibles que en la lectura de indicios o la acumulación de pruebas.
La vacilación perpetua que caracteriza a Francisco se convertirá, sin embargo, en la oportunidad para recobrar y releer un pasado de juventud idealista, encantada, llena de confianza en el poder del arte y el amor, un pasado que contrasta con la claudicación y el fracaso general del presente.
La sencillez del argumento contrasta con la morosidad de la trama, acorde con la del propio narrador, que escamotea con sus evocaciones tanto el develamiento del enigma como el encuentro con Ana, y se muestra como un personaje que prefiere ser llevado y traído antes que convertirse en el verdadero protagonista de la historia. Se trata de la misma actitud que hasta el momento le ha impedido convertirse en escritor, atormentado por los fantasmas del éxito y el reconocimiento, que el vínculo con su maestro no ha hecho más que acrecentar.
Los doce capítulos que estructuran la novela llevan títulos admonitorios, a la vez que desconcertantes. Cada uno se inicia con hechos consumados, sobre los que el narrador despliega hipótesis e interrogantes, como si el lector tuviese que armar un rompecabezas a ciegas, sin la imagen de referencia, lo que le permite elaborar sus propias conjeturas; un rompecabezas que, al completarse, puede relegar a paisaje de fondo piezas que parecieron centrales.
La voz narradora de Francisco elude el vuelo poético para adoptar el paso del transeúnte solitario, el ritmo de quien, en la sospecha de que le espera un destino atroz o vano, avanza con reservas; es la voz de un caminante que recorre una ciudad desangelada por el paso del tiempo, plagada de aspirantes a escritores –muchos de los cuales serán siempre inéditos– disminuidos ante figuras rutilantes como la de Julio Bernasconi.
Con su profusa adjetivación, su gusto por las rectificaciones disyuntivas (“llamar al mozo o más bien camarero”; “mi orgullo o mi ego”; “doblaba o casi triplicaba”; “el director o acaso el jefe”) y por los juicios tremendistas sobre circunstancias que para otros resultarían triviales, Francisco parece indagar en lo confirmado, como el título mismo de la novela sugiere. Con su personalidad candorosa y vacilante (“demás está decir, pero lo diré”; “ya lo dije, pero lo diré de nuevo”; “no me animaría a decir mis quince minutos de fama pero sí”), con su disposición de novio vitalicio, Francisco se inscribe en una estética del desengaño a la que, a contrapelo de la autocelebración contemporánea, José María Brindisi rinde, en Morir y dejar morir, un genuino y merecido tributo.
4 de noviembre, 2026, 2026

Morir y dejar morir
José María Brindisi
Factotum, 2026
272 págs.