Lamentablemente, como suele ocurrir con figuras coma la suya de encuadre disperso y vocación heterodoxa, la importancia de Michel Leiris pareciera ser inversamente proporcional a su difusión. Por eso en principio es motivo de festejo la edición de este hermoso libro de factura artesanal, con tapa serigrafiada e ilustraciones a color, en el que se compilan una pequeña entrevista y dos ensayos dedicados a la pintura de Bacon. En la vasta obra de Leiris hay lugar para el poeta y para el etnólogo, y para la destilación de ambos en la figuración de su propia vida, pero también para el degustador selecto y el crítico agudo de arte, capaz de poner el ojo y contribuir a la difusión temprana de Raymond Roussel o, como en este caso, de articular una afinadísima lectura, diríase que indispensable, de la inusual propuesta del pintor inglés.
La entrevista, más que una entrevista, es una conversación acerca de la obra de Bacon que el autor mantiene con el crítico e historiador de arte Jean Clay, en la que se hace evidente el modo en el que piensa, el calibre de su inteligencia y el enfoque conceptual a través del cual se relaciona con la obra de su amigo. Funciona por lo tanto como la introducción ideal a los ensayos, ofreciendo al lector una suerte de abstract en primera persona que contiene las pautas de lo que va a venir. En líneas generales, en esta charla Leiris desmonta esa mirada superficial de los cuadros de Bacon según la cual sus figuraciones son mórbidas, terroríficas, trágicas o lisa y llanamente caricaturescas, señalando que lo que se propone Bacon es una representación realista que trabaja la deformidad como vía de acceso a la “presencia”, logrando de esa manera una “densidad de existencia” mucho mayor que la que se puede alcanzar por medio de la copia. Lo monstruoso no es algo que se proponga, dice, sino algo a lo que en todo caso arriba en su propósito de llegar al fondo de lo existente.
El primero de los ensayos, “El gran juego de Francis Bacon”, se estructura mediante la exposición de un aspecto esencial de la pintura de Bacon, en el que se asienta la singularidad de su apuesta estética. Con su habitual perspicacia para abordar dispositivos simbólicos, Leiris detecta que en los cuadros de Bacon juega un rol fundamental la “tensión” entre sus componentes. Y descubre además que el pintor no sólo da lugar a las tensiones sino que además tiende a llevarlas al extremo (hay en Bacon, dice, “una búsqueda más o menos expresa de un punto máximo de tensión”), porque entiende que sólo a través de ellas puede lograr lo que quiere, que es instaurar esa “presencia” que caracteriza a sus cuadros. En la tensión entonces está la clave, y Leiris la desglosa en sus diferentes manifestaciones. Encuentra que hay tensión entre la voluntad de figurar y el carácter no ilustrativo de esa figuración, entre el elemento azaroso que introduce el “accidente” (esa mancha inicial que Bacon propicia para esquivar el estereotipo implícito en la intención) y la configuración ordenada de esa abstracción, entre las figuras deformes y los entornos planos, pero también entre la tradición (en la que se manifiesta lo eterno e inmutable) y la modernidad (en la que se expresa lo transitorio y lo contingente). Detecta además que la tensión en este caso no se resuelve, que más bien se exhibe, se escenifica, se hace presente como el elemento constitutivo de la realidad, como un modo en el que la realidad se expresa y se produce. Por último, revela que la tensión es constitutiva también de la vida de su amigo, al que caracteriza como “un hombre a la vez efervescente y controlado”, en el que se conjugan “un loco ardor por vivir sin negarse nada” con “una lucidez que lo priva de toda esperanza”.
En otro registro, con una escritura aún más elaborada, que encadena en frases de largo aliento digresiones y clarificaciones, y en la que se hace visible la nervadura de un pensamiento proliferante y preciso, Leiris desarrolla en el segundo ensayo (“De frente y de perfil”) los ejes centrales de su lectura de la obra de Bacon. Encadenando fragmentos, mapea en grajeas de alta densidad conceptual las operaciones que realiza el pintor en el proceso de elaboración de un “realismo creador” que procura instaurar una “presencia” insoslayable, o dicho en sus propios términos: “hacer que se manifieste una presencia desconcertante en toda su brutalidad de hecho”. A través de un recorrido exhaustivo, que no deja aspecto sin considerar, Leiris deja en claro que todo –desde la práctica de una representación no mimética hasta el despliegue de un campo de tensiones donde la figura deforme se inscribe en el armazón geométrico de un dispositivo escénico que la contiene y destaca, pasando por la conjugación de exaltación y control propia de una pintura de la inmediatez– opera de manera convergente para propiciar esa presencia capaz de generar un impacto que, nos dice Leiris, es antes que nada un impacto sensorial, en tanto las sensaciones son la vía regia que da acceso al tejido invisible que sostiene la visibilidad de lo existente.
En relación con esa proximidad extrema que proponen las figuraciones de Bacon, Leiris se anima a hacer una postulación temeraria, diciendo que frente a ellas “es como si estuviéramos allí, incluso que 'estamos allí' (que estamos en el cuadro y no solamente delante de él)”. Afirmación en la que se hace evidente que su lectura implica una proximidad extrema y que en parte expresa una afectación personal. Podemos decir entonces que, en consonancia con las tensiones que articula Bacon en sus pinturas, el carácter sugestivo de estos ensayos depende en gran medida de la tensión entre esa cercanía extrema y la relativa distancia que requiere la postulación de conceptos legibles y convincentes. Y esa tensión se hace explícita sobre todo en su particular escritura, que, comprimiendo fragmentos barrocos en párrafos sintéticos, logra dar con la fórmula ideal de densidad y transparencia.
Completa esta edición, enmarcando la entrevista y los dos ensayos, dos notas del traductor, Raúl Andrés Cuello, que acaban de pintar el panorama de lo que se ofrece, haciendo foco sobre todo en la figura de Leiris. En la nota que abre el libro, Cuello expone de manera elocuente el extenso trayecto personal y público en el que se fraguó el singularísimo perfil intelectual del autor francés; y en la nota final, siguiendo rastros dispersos en el diario de Leiris, da cuenta del derrotero de la escritura de este libro, aportando datos precisos acerca de las circunstancias en las que germinaron algunas de sus ideas.
Estos ensayos de Leiris, que por cierto no son los únicos que dedicó a la obra de su amigo, ocupan un lugar más que destacado dentro de la vasta bibliografía sobre la obra de Bacon, lo que los convierte en una lectura indispensable, y no solo para los interesados en el tema. Porque la calidad de su escritura y la inteligencia que destilan sus conceptualizaciones los torna atractivos para cualquiera, o al menos para cualquiera que disfrute de una expresión manifiesta de refinada lucidez.
21 de enero, 2026

Francis Bacon, de frente y de perfil
Michel Leiris
Traducción de Raúl A. Cuello
Homo faber, 2025
92 págs.