Pasa con Godard lo que con ningún otro cineasta: el trabajo persistente y demoledor de las instituciones del conocimiento lo separó de sus colegas, lo convirtió en vecino de escritores y filósofos y terminó por establecer un consenso atroz: que el arte al que le dedicó la vida le quedaba chico. Es verdad que en sus últimas décadas –quizás por los crecientes problemas de exhibición, quizás porque, a pesar de su fama, nunca le gustó estar solo– el mismo Godard alimentó esta superstición, de manera que no todo se hizo a sus espaldas. Pero también es verdad que sus películas, cada vez más herméticas, cada vez más evidentes, nunca dejaron de incorporar elementos resistentes a los criterios que, pretendiendo honrarlas, las sometían. Llegó un día en el que Godard fue expurgado del capricho, el humor tonto, la grosería y todo lo que su cine debía a la historieta y las películas de clase B. En Argentina, la prueba más ilustrativa de esta traición es Jean-Luc Godard: el pensamiento del cine, reunión de godardianos severos en la que Beatriz Sarlo se anima a decir a propósito de Histoire(s) du cinéma: “Se compagina en la moviola, se piensa en la biblioteca”, que es exactamente lo contrario de lo que Godard hace en la miniserie y de lo que hizo durante sesenta años.
Introducción a una verdadera historia del cine, el libro que El cuenco de Plata acaba de editar con traducción de Guillermo Piro, devuelve a la conversación al Godard menos manso: no el augur de los intelectuales medios sino un hombre díscolo, contradictorio, incómodo consigo mismo, y antes que ninguna otra cosa, consagrado al cine, tanto a sus potencias como, mayormente, a los fantasmas de lo que no fue.
El libro es la transcripción de una serie de conferencias que Godard dio en el Conservatorio de Arte Cinematográfico de Montreal entre abril y octubre de 1978. El criterio que las guía es el siguiente: convencido de que una historia verdadera del cine solo puede hacerse con los materiales del cine, en cada encuentro Godard relaciona, por medio de proyecciones y comentarios, una película propia con una o varias películas de otros directores. Sin aliento con ¿Ángel o diablo? de Preminger. La chinoise con El acorazado Potemkin, La edad de oro y El secreto de vivir de Eisenstein, Chaplin y Capra, respectivamente. Godard piensa en la moviola, incluso sin disponer de ella. Una película se comprende en relación con otras películas. O en sus propias palabras: a un film (que es la forma que Piro prefiere siempre) “Es más interesante discutirlo respecto a otro, porque si no la diferencia no se ve”.
Dicho esto, hay que señalar que la relación entre las películas que se anuncian en cada encabezado y el contenido de los capítulos es siempre tentativa porque a menudo Godard ni siquiera habla de ellas; o lo hace apenas, lateralmente; o aclara que para hablar de Week End eligió Drácula de Browning porque no estaba disponible Freaks y que le hubiera gustado proyectar La caída del imperio romano de Anthony Mann pero no pudieron encontrarla; incluso una vez dice, a propósito de Bergman, que pasó un fragmento de Persona cuando en realidad quería pasar uno de El silencio porque se confundió de nombre, y a propósito de Dovzhenko, que optó por Arsenal en lugar de La tierra porque tampoco contaba con esta última, y que de todos modos no había visto ninguna de las dos.
La frágil referencialidad de los encabezados es consecuencia antes que nada del tipo de exposición. La transcripción respeta el discurso titubeante de Godard: un modo de hablar trabado, con frecuencia irritante, que va y viene por los temas sin cerrar ninguno, algo que la decisión de no incorporar en el texto las preguntas que le hace el auditorio vuelve todavía más acusado. La ilación débil de las ideas, la memoria inexacta, el extravío (“hace un momento divagué en otra dirección”) combinan bien con el gusto de Godard por las frases filosas. El epigrama, el juego de palabras, el denuesto, la ironía, la repentina iluminación: es como si todas las dudas prepararan el momento en que emerge algo en lo que vale la pena detenerse; no importa si es o no preciso, si se coincide o no: lo que importa es su resonancia. Sobre Encuentros cercanos del tercer tipo: “Como marciano, afirmo que se trata de un film bastante malo”. Sobre la historia del cine: “la que nunca se hará es la de los films vistos, la historia de los espectadores que vieron los films”. Sobre el cine en general: “Lo que encuentro interesante en el cine es que no hay que inventar absolutamente nada”. Sobre la necesidad en ciertos momentos de ciertas películas: “Yo soy como todo el mundo, necesito ir a ver un film de Alain Delon y no un film de Alain Resnais”. Sobre su obra: “Puedo decir que hice films como dos o tres tipos hacen jazz: se elige un tema, se toca y luego se organiza el conjunto”; y también: “Así que, de hecho, si miro mi propio camino tengo la impresión de que intento volver al cine mudo, para así tratar de llegar a mi propio cine sonoro”; y por qué no una más: “No sé... Estoy más cerca del grito que del canto”.
Pero más que en estos momentos, no tan frecuentes, y en lo que las conferencias anuncian de la futura Histoire(s) du cinéma, el interés del libro reside en la imagen que Godard termina por ofrecer de sí mismo. Una imagen formada por ideas, por supuesto, que emergen de entre el innumerable tropiezo de las palabras como ciertas figuras en las pinturas matéricas, pero antes que nada por dudas, inquietudes, reiteraciones, quejas, neurosis y mezquindades. Godard es insoportable. Lo sabe cualquiera que de verdad tenga una historia con su figura y con su cine, cualquiera para quien no sea un nombre obligatorio más o un mero objeto de estudio. En su exposición (en su cháchara) oscila entre la crítica a las condiciones de producción de las películas y la crítica a los cineastas que las hacen, entre la consideración de su obra como un libro capitulado y un fluir al que todo punto traiciona, entre el lamento por las cosas que quedaron en el camino y la expectativa por las que parecen surgir, entre la fascinación por el cine estadounidense y el desprecio por su influencia, entre la idea de que hay películas que deberían hacerse para poca gente y el interés por la televisión, que asegura miles de espectadores. Así, durante trescientas cincuenta páginas. Al final del camino –mucho antes, en realidad– queda claro que perseguir contradicciones, imaginar motivos para declararlas inexistentes o redimirlas en algún tipo de movimiento dialéctico tiene menos interés que entrar en el vértigo de un pensamiento que no se conoce bien a sí mismo y al que por eso mismo vale la pena seguir.
21 de enero, 2026

Introducción a una verdadera historia del cine
Jean-Luc Godard
Traducción de Guillermo Piro
El cuenco de plata, 2025
352 págs.