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Lugares

Georges Perec


Julieta Novelli


¿Es posible recuperar los lugares que hacen una vida? ¿Se puede volver a la casa de la infancia? ¿Cuándo está? ¿Quién vuelve y adónde? Mejor: ¿a cuándo?

Una “idea bastante monstruosa, pero bastante estimulante, creo”, así describe su proyecto Georges Perec en una carta a Maurice Nadeau. Lugares se desprende de un plan, a la vez estructurado e inestable, estimulante para la obra del autor –como tantos otros desafíos de escritura empleados, por caso: La Disparition–, aunque resulte “bastante” desbordante o eso “cre[e]”. La frase condensa con gracia e inteligencia varios de los movimientos que atraviesan las páginas del libro: la ambivalencia entre entusiasmo y hastío ante la ambición de su empresa; la duda que conmueve un orden lógico estipulado; la disposición a lo incierto; la ironía. Una cosa –esquema, tabla, orden– y la otra –espontaneidad, flexibilidad, incertidumbre– conviven; como si detrás de toda afirmación premeditada pudiéramos añadir: “creo” o “bastante”.

Lugares se inscribe entre los míticos proyectos de Perec, a pesar de que no llegó a concluirse. Para decirlo brevemente: el autor oulipiano elige doce lugares de París que considera importantes en su vida y se propone escribir durante doce años sobre ellos. “Todos los meses describo dos de esos lugares; la primera vez, describo sobre el terreno (en un café o incluso en la calle) “lo que veo” de la manera más neutra posible [...]; [la segunda vez], describo el lugar de memoria”. Como se advierte, no se trata de marcar en un mapa lugares, sino de colmarlos de tiempos para escribir sobre la propia vida. La edición es monumental como el proyecto: una versión impresa de 809 páginas –incluye estudios rigurosos, facsimilares, ilustraciones e índices– y una versión digital ampliada.

A partir de un bicuadrado latino de orden doce, Perec se propone registrar los puntos elegidos en notas –“Reales” y “Recuerdos”– que colocará en sobres sellados con lacre, los cuales no abrirá sino al finalizar. Sin embargo, varias de estas premisas no se cumplen: el proyecto se sostiene con intermitencias durante seis años (1969-1975), hay retrasos y desfasajes en el cronograma, Perec abre sobres para publicar algunos textos en revistas, ciertos reales devienen recuerdos de reales; entre otras licencias. Sucede que, tal como se lee en el segundo recuerdo de Vilin, el propósito radica “en la errancia y su reverso: la búsqueda del lugar“. Un donde-cuando, acá-allá, este-aquel; el ejercicio de un movimiento soberano que explica su afición por los pasajes como Passage Choiseul.

Cuando las notas se desprenden de visitar el lugar desde algún “puesto de observación”, como lo llama en varias oportunidades, en general se aspira a la ecuanimidad: verbos impersonales, poca adjetivación, listados, inventarios, datos (cuánto cuesta un café), transcripción de carteles, de anuncios en la radio y de ruidos: “Pasa un coche deportivo. ¡Bruuum!”. Algunas veces, los reales están acompañados de fotografías, tickets, dibujos, planos, diagramas, correspondencias y folletos. Pero también figuran reales “recobrados” donde prima, por ejemplo, el pretérito y ya no estamos ante las notas que toma Perec en un café de la Place de la Contrescarpe, sino ante la memoria de lo que vio. Es en los recuerdos, especialmente, donde la voz de Perec da a escuchar las continuidades entre lugar y vida: sentimientos, lecturas, películas que vio, personajes de su vida, (des)amores, borracheras, charlas, libros que está escribiendo, viajes, sueños, odio (aquel que destila por Barthes, herido por su indiferencia), risas en la cama de sus padres a la mañana hasta el momento exacto en que la lengua de M-C. H. entra en su boca. Son muchos los pasajes que alojan la experiencia singular con una sencillez conmovedora: “Amanece. Qué felicidad”; “Despojos”; “En abril del 74, fecha en la que tendría que haber escrito este recuerdo, Esther no estaba muerta. Ahora los únicos recuerdos que me gustaría evocar son los de su agonía y su muerte: su boca triangular intentando desesperadamente aspirar algo más de aire”.

Tanto en los reales como en los recuerdos, la escritura insiste en volver sobre sí misma: se escribe sobre que se está escribiendo, sobre la factibilidad y los objetivos del proyecto, sobre la elección de los lugares, sobre el hastío o la pereza que genera sostener el plan en el tiempo: “estoy harto de tomar notas”; “descripción chapucera”; “no estoy muy inspirado”; “Poco tiempo. Pocas ganas de.”; “se me escapa la finalidad de mi propio libro”; “me aburro”; “merece la pena seguir”. Es quizás en esos momentos donde la escritura se distancia del anquilosamiento, respira y entonces avanza mediante la paradoja: “escribo para decir que escribo, así que no escribo” (Recuerdo 3 de Junot).

Lugares es un libro sobre la memoria y sobre el olvido, también para quienes leemos. Quinientas páginas de anotaciones en las que olvidamos y recordamos pasajes mediante un peculiar juego de resonancias, que performa la experiencia de la transformación y el envejecimiento. Esto es: la fascinante monstruosidad de agregarle tiempos a la escritura.

21 de enero, 2026

Lugares. Anagrama.jpg

Lugares
Georges Perec
Preámbulo de Sylvia Richardson
Prólogo de Claude Burgelin
Edición e introducción de Jean-Luc Joly
Traducción de Pablo Martín Sánchez
Anagrama, 2025
824 págs.


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