Entre los múltiples efectos que puede generar la lectura, hay uno que parece estar más cerca de la poesía que de la prosa: el desconcierto. Puede incluso que esa orientación imprecisa de la emoción o el pensamiento a la que inducen ciertos libros sea lo poético mismo de esos textos, o su poética, más allá del género en el que estén escritos. Es el caso de los poemas de Laura Klein, que a primera vista resultan desconcertantes. Juro que la estepa va conmigo es el último título de la Colección Estaciones, que dirigen Mario Nosotti y Carlos Battilana, quienes reunieron y antologaron más de cuatro décadas de una escritura poética que, según palabras de Eduardo Grüner, “no se parece a nada”.
Laura Klein escribe propiciando una deriva interpretativa en la que quien se adentra en sus poemas debe necesariamente experimentar la perplejidad, o la sensación de estar perdido al momento de hilvanar una lectura. Lo hace sin expulsar al lector, casi más bien tentándolo a interpretar, con un extraño canto de sirena que quizás también podría escucharse como un irónico pedido de ayuda. Porque en ese juego con lo inexplicable el poema incluye, desde luego, a la poeta: el autor es el primer lector de su propia obra, expulsado de su “querer decir” en el momento en que se efectúa la tarea de ponerse a escribir, según propuso Mallarmé hace ya más de un siglo, nombre cuya presencia/ausencia ronda en los poemas de Vida interior de la discordia, su segundo libro. En ellos hay juego con la espacialidad y también la construcción de un entramado visual, pero el carácter pictórico se hace perceptible en un sentido doble, o dirigido hacia lugares distintos: por un lado, la disposición de los elementos –como un estallado sobre la página– que apuntan a la percepción del ojo (los blancos; la sintaxis expresada en cadencias rotas, para usar una terminología musical; el singular uso de los dos puntos, ubicados en todas las posiciones sintácticas posibles de una frase); por otro, imágenes que son más bien sonoras y que, aunque se mantienen sólidas como pequeñas esculturas, están a la vez en suspensión, haciendo equilibrio entre el sonido que expresan y los sentidos que contienen.
Algunos poetas requieren más que otros de la lectura en voz alta para percibir en sus palabras algo que la mirada sola tal vez no distingue. Sería el caso de los poemas de Laura Klein, que al darles el volumen de una voz generan en el oído un tipo de eco o un reflejo (que se dibuja como imagen visual o doble del rostro en los poemas de La vara y el río), como si en ellos resonara un argot personal y privado no del todo identificable pero reconocible sin embargo a través de una probable entonación; como cuando uno dice de una canción, sin llegar a distinguirla, “me suena”. En un verso se lee: “la dejaron de afeite en el alambre?”, y uno podría figurarse en la dicción que se estuviera escuchando, por ejemplo, “la dejaron de garpe en la gayola?” Eso si uno se guía solo, y justamente, por una posible entonación, porque al igual que sucede con el fraseo de las notas de una partitura, este le corresponde al intérprete, ya que en la página están anotadas la altura y la duración de las notas (o las palabras) pero no el sonido. ¿Habrá en ese poemario una especie de lunfardo neobarroco compuesto en un tono sobrio y con un léxico ajustado? Pero a diferencia de la poesía de Perlongher, por ejemplo, ese núcleo roto o ausente del poema que uno podría conjeturar o tratar de reconstruir no está en la resbaladiza superficie de unos cuerpos sino más bien en una abstracción o en un juego del entendimiento. No hay lugar ni hecho ni episodio, solo las palabras como un resto del pensamiento: “bastardos” o “pequeños indigentes”, para decirlo en los términos de la propia poeta.
Casi todos los poemas de Klein pueden leerse como un monólogo interior o como el diálogo en voz alta de una extraviada consigo misma: un discurso en el que, a primera impresión, las palabras pueden considerarse lo mismo vaciadas que plenas de sentido. Están trazadas como de un pincelazo hecho con un estilete (o dichas de una tirada). Producen tanto una figura auditiva como la sensación de un corte profundo, un doble fondo en el que uno podría hundirse en la busca de un sentido. “¿De qué está hablando?” es una pregunta del todo pertinente que suscita a cada rato la lectura, y es sabido que la dificultad de comprensión lleva casi siempre a un dilema cognoscitivo: ¿y si en vez de hablar de “algo” el poema estuviese diciendo “cualquier cosa”? Lo virtuoso de los poemas de Laura Klein quizás esté en el hecho de que tiran de la cuerda (de la cordura) para forzarla y llegar hasta un punto de tensión en el que, si la cuerda se rompe, se corre peligro de caer en el vacío, ahí donde la significación se desbarranca y el discurso se desploma como un peso muerto. O, de la otra punta de la cuerda, se asume el riesgo de hacer del poema una pura ostentación de la palabra, un ornamento puro. Klein trabaja más bien en la dirección en que sus poemas dicen algo difícil de establecer y vuelven compleja la situación de tener que reponer la impresión de lectura.
En los poemas de La vara y el río, su libro más reciente, la propuesta es en principio otra: hay escena, hay sujeto, hay episodio, y sin embargo... ¿Qué es lo que está pasando? ¿O se trata de algo grave que, si bien aún no ha sucedido, está a punto de pasar? La voz es la de una primera persona que observa el reflejo de su rostro sobre el agua y que, a fuerza de golpes de vara, le raja “las ganas de vivir”. Como sucede cada vez que un yo se coloca en relación con el tiempo y su paso, hay memoria; y si hay memoria, surgen entonces las cuestiones sobre el sí-mismo como pregunta existencial o, en este caso, como formas poéticas: el rostro, la identidad y la diferencia, lo propio y lo impropio, lo mismo y lo otro. Los poemas están hilados como si fuesen uno, en una especie de plano-secuencia en el que discurren las acciones y los pensamientos. Una mujer en un río con una vara observando su rostro reflejado. ¿Debemos leer todo en sentido figurado? ¿Cuál es el lugar de la literalidad? Si el poema afirma que “una lancha pasa sobre mi cara” (o sobre su reflejo en el agua), ¿hay que entenderlo al modo en que lo hacía el sofista Gorgias, quien señalaba que cada vez que decía la palabra “carro”, un carro pasaba por su boca? Alguien frente a una crisis de identidad: tal vez esa mujer se encuentre también en la mitad del camino de la vida (¿cómo se medirá ese punto medio?), sus pies metidos en aguas turbias en lugar de andar por una selva oscura. Una hipótesis, sugerida por La comedia de los panes: “la mitad del camino de la vida es cada vez que ese camino se hace curvo: Ésta es la curva de la vida y éste el truco./ Por dentro avidez/ fermento de ciruelas ánimo de maqueta/ hasta que alguno/ se atasca en el dolor./ Ésta es la curva de la vida y este el truco”. Lo curvo como aquello que hace “sacar los ojos de la línea”: Le partí la vara justo en la curva donde doblan las lanchas, se confiesa la voz de La vara y el río.
¿Existirá un cielo del sentido: aquel lugar donde las significaciones se dan, si no plenas, al menos claras? Es de algún modo lo que enuncia a su modo la paradoja de Kafka que hace de epígrafe a Vida interior de la discordia. “Los cuervos afirman que basta un solo cuervo para destruir el cielo. La cosa es indudable, pero no prueba nada contra el cielo, porque cielo significa precisamente: incompatibilidad con los cuervos”. Las palabras revolotean entonces por un cielo al que nunca entrarán pero que, sin embargo, no existiría sin ellas. Es en el espacio de esa paradoja en donde orbitan los poemas de Laura Klein, algunos con mayor claridad, otros con sus compuertas casi cerradas. Entienden la poesía como potencia del lenguaje.
8 de julio, 2026

Juro que la estepa va conmigo
Laura Klein
Edición y prólogo Mario Nosotti
Miño & Dávila, 2026
176 págs.