Una vertiente de la prolífica obra de Luis Mey (Bs. As., 1979) puede leerse, dramáticamente, a contrapelo del conocido verso de Rilke, aquel que celebraba la infancia como la patria del hombre. Para muchos de los protagonistas del argentino y, en particular, el de Las garras del niño inútil –que abre la llamada Trilogía Desgarrada–, la infancia se asemeja a un infierno cotidiano que se gesta al furor de lo que la Patria tiene de Patriarcado. A diferencia de los niños de Daniel Moyano, para quienes el mundo adulto es un misterio distante e indescifrable; o de la cofradía barrial que pergeñan Juan Diego Incardona y Pablo Ramos en las historias nucleadas alrededor de la infancia, para el niño a cargo de la narración de Las garras... la adultez es, sin más, el vergonzante privilegio de algunos; la infancia, por su parte, el ciego castigo destinado a los incautos; los que, sin previo aviso, han sido arrojados a un lugar que los obstina en una única acción: sobrevivir.
Maxi es el cuarto de cinco hermanos y narra como puede –sin comprender aunque, a su manera, comprendiendo, puesto que escribe en su adultez– el calvario de una rutina devastadora. Y que tiene en Francisco Capomasi, el padre golpeador y alcohólico, el auténtico protagonista sobre el que gira el vértigo de la novela. Hombre –convenientemente– católico y peronista, somete a la familia a sus órdenes, a sus deseos, a sus caprichos, a su violencia incontenible. Hombre que se dedica a tomar vino y más vino; a mirar tele y más tele; a gritarle a todo el mundo (también, claro, al televisor); a golpear cuando algo lo irrita, es decir, casi siempre; y a amedrentar de la forma que sea a sus hijos y a su esposa Doris –tan víctima como los niños, tan victimaria como el padre–.
La familia vive en un suburbio intermedio, entre una villa y la paqueta San Isidro; espacio en el que las secuelas del neoliberalismo postdictadura –fábricas cerradas y variado desempleo– marcan el territorio, la organización social y los vínculos familiares. “Hay tres cosas en mi barrio constantes y nerviosas:” –afirma el narrador– “los perros en la villa y en la fábrica abandonada, los tiros a toda hora y lo que dicen mis padres, que es muy poco creíble”. La pesadilla diaria y diurna que es la vida de Maxi –y la de sus hermanos– se acrecienta en un clima de embotamiento agotador. La historia –que, en definitiva, es una de aprendizaje– podrá abarcar muchos años –desde los seis del niño hasta sus veintiocho, por más que los últimos ocupen solo las últimas páginas–; no obstante, todo sucede, prácticamente, en el interior de una casa pequeña y desvencijada. Allí dentro, dice Maxi, pueden ocurrir miles de cosas en un único día; o una sola cosa, pero capaz de tajearte el cuerpo y de hacerte olvidar tu nombre.
Arrasadoramente violenta, en Las garras del niño inútil no existe la tensión. Esta requiere de la imaginación de un tiempo futuro, por breve o próximo que sea; de una expectativa –por tímida que se cueza–, en función de un horizonte, de algo que, más tarde, más temprano, ocurrirá. La ferocidad de la novela, en cambio, se juega en un acuciante tiempo presente. Mey asfixia al lector con el indicativo como modo y un urgente laconismo oracional. Avanza, así, la angustiante certeza de una realidad voraz e irrefrenable, presta a arrollar a quien se atreva a demorarse en una reflexión, en una palabra, en un gesto. Por cuidar ciertas apariencias –las apariencias, hasta cierto punto, importan: mantienen afuera cualquier inspección de minoridad al interior de la casa–, el padre lleva al niño a jugar al rugby. “Papá me acompaña todos los sábados. No me gusta que me acompañe. Me hace pensar vergüenza. Algunos compañeros le tienen miedo. Otros, se ríen. Otros, directamente, no entienden: creen que no es un padre. Un padre, para ellos, es otra cosa. El mío, entiendo, se lanzó a ser padre antes de reparar sus heridas como hijo”.
Magullado de todas las formas posibles, Maxi intenta abrirse camino con la –ingenua, terrible– esperanza de que su padre modere sus formas, de que su madre reinicie una vida que supo vivir alguna vez (alguna vez, parece ser, escribió poesía y tuvo más dientes de los que tiene ahora). El maltrato, por supuesto, no se detendrá jamás y cada uno de los hermanos sobrellevará como pueda la suerte que les ha tocado en desgracia. El colegio; los amigos del barrio; las escaramuzas en el vecindario; los primeros besos; el libro que llega gracias a un conocido y abre otras puertas... son, en la novela de Mey, jalones de un conocimiento que nadie debiera aprender: convertirse en adulto siendo, aún, un niño.
8 de julio, 2026

Las garras del niño inútil
Luis Mey
Factotum, 2025
224 págs.