Llegó a tener cuarenta pavos reales en su granja. Ellos, excepto cuando iba con los puños llenos de alimento, la ignoraban como si fuera una cosa inerte. Junto a su mamá, Mary Flannery O'Connor asistía todas las mañanas a misa. Después ambas desayunaban en la cocina y, de nueve de la mañana a once, ella escribía. Más tarde, salía al porche o paseaba por los jardines de Andalucía –así habían bautizado la casa de campo en Milledgeville, Georgia, rodeada por 200 hectáreas, propiedad de su prima rica– asistida por un par de muletas metálicas. El resto del día le tocaba lidiar con la fatiga crónica, los mareos, las transfusiones de sangre y las inyecciones de cortisona. Antes de dormir, durante veinte minutos leía a Santo Tomás de Aquino.
Había saboreado su buena porción de vida literaria. Participó del programa de escritura creativa de Iowa, donde leyó a James Joyce, William Faulkner, Joseph Conrad, Dostoievski, y sus cuentos eran diseccionados por los participantes, aunque no los leía ella misma sino el coordinador del programa: su marcado acento sureño podía despertar prejuicios. Publicó el cuento “El geranio” (ahí eliminó para siempre el “Mary” de su nombre). Rineheart & Company compró los derechos de su novela Wise Blood. Conoció al poeta Robert Lowell y, a través de él, a los Fitzgerald, Sally y Robert, en cuya casa de Connecticut vivió durante un tiempo, usando los días para escribir y las noches para conversar con sus mecenas sobre literatura y teología. Pasó una temporada en una colonia para artista en Yaddo, Nueva York. Un día sintió dificultad para levantar los brazos y tipear en la Remington. Empezó a caminar con una leve renguera. Creyeron que podía tratarse de una artritis precoz. En un hospital de Atlanta le diagnosticaron algo mucho peor: lupus, la enfermedad que había matado a su padre. Flannery O'Connor tenía 25 años. Apenas probó el gustito de la vida literaria, la otra vida se la arrebató y le cambió violentamente los planes.
Pese a ello, no fue una escritora ermitaña como Emily Dickinson. Tampoco una célibe absoluta: su célebre cuento “La buena gente del campo” está basado, en parte, en la relación que tuvo con un vendedor de libros, Erik Langkjaer. Él la llevaba a pasear en su auto, ella abría su corazón y le contaba de la enfermedad y de la muerte del padre (“perdí a mi mejor amigo”). En una carta, ella le dice a Erik que lo extraña y que recuerda los besos que se dieron. Un día, él decide regresar a Dinamarca. Flannery siente que sin Erik pierde la única oportunidad de casarse que tenía y lo vive como una traición. En el cuento, el vendedor de Biblias le arrebata la pierna ortopédica a Hulga, doctora en filosofía, y la deja tirada entre los fardos de paja del granero, sin amor y sin Dios.
Flannery O'Connor continuó escribiendo hasta su muerte, en 1964, a los 39 años. Los Fitzgerald recuperaron sus conferencias y ensayos dispersos para publicar un volumen póstumo titulado Mystery and Manners: Ocasional Prose, en 1969. Con arte de tapa insuperable, y bonitas ilustraciones plumíferas en interiores, La parte maldita acaba de editar ese libro. La traducción es de Inés Garland, quien de entrada admite que los esfuerzos que hizo por traducir los coloquialismos en los diálogos de O'Connor resultaron inútiles, acto de sinceridad que hubiera mejorado otras traducciones, donde el lector se enfrenta a una aberración como la palabra “agüelo” por abuelo.
Misterio y maneras. Prosa ocasional respeta la estructura de seis secciones del libro original, tal como lo pensaron Sally y Robert Fitzgerald. El conjunto abre con una crónica bellísima sobre la convivencia entre la escritora y sus indiferentes criaturas de colas majestuosas. Luego siguen cuatro secciones temáticas, una introducción para un libro que O'Connor se negó a escribirles a unas monjas, un apéndice y unas notas finales.
Bibliografía obligatoria en talleres de escritura creativa, texto imprescindible para quienes se aventuren a escribir narrativa breve, “El arte del cuento” expone de manera lúcida no tanto cómo se escribe uno, sino todo lo que no es un cuento. “(...) si se le pide a un principiante que escriba un cuento, puede entregar cualquier cosa: un recuerdo, un episodio, una opinión, una anécdota, cualquier cosa bajo el sol menos un cuento”. Las secciones III y IV contienen lo mejor de la O'Connor ensayista. Sus reflexiones se leen como clases magistrales acerca del oficio de escribir y del cuento, su forma predilecta. “Un cuento realmente no tiene valor a menos que se resista a ser parafraseado, a menos que persista y se expanda en la mente”.
Son ensayos para subrayar y releer, que van recortando una definición posible de cuento. Según la autora de “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, el cuento es una acción dramática completa que procede tanto del consciente como del inconsciente del escritor; en él, es mucho más importante el sentido que el tema; además, se construye mostrando –no diciendo (show, don't tell)– cosas sólidas, concretas y específicas, y para mostrar hay que aprender a ver esas cosas. Por último, cuanto más fantástico es el cuento, más verosímil tiene que ser lo real, como sucede en La metamorfosis, de Kafka.
Menos conocidos, sus textos y lecturas sobre ser una escritora católica ocupan casi sesenta páginas del libro. Parecen dirigidos a escritores como ella: militantes católicos, sensibles e inteligentes, cansados de que el único exponente de su especie que los críticos mencionan sea Graham Greene. Vuelven frases que ya leímos en páginas previas (“Conrad dijo que su meta como artista era hacerle la máxima justicia al universo visible”) y, exaltada por su fervor católico, O'Connor afirma, entre otras cosas, que no es lo mismo escribir creyendo que el mundo surge de un accidente cósmico que por un acto creativo de Dios. Los cuatro ensayos podrían haberse reducido a la mitad sin que se perdiera demasiado.
En Misterio y maneras. Prosa ocasional, Flannery O'Connor intenta responder preguntas valiosas. Si es posible aprender a escribir. Cuáles son las condiciones de recepción de una obra y qué importancia tiene. Qué hace que un cuento funcione, y que un escritor de ficción sea de los buenos. A veces, ella se refiere al don, otras al misterio; a veces, al entrenamiento del ojo, a la gracia o la trascendencia. Eso inasible que O'Connor demuestra tener o dominar cuando leemos la tranquila crónica sobre las aves de su granja, en la que de repente el mundo se enciende con el trazo de su frase: “Quizá los pavos tengan sueños violentos”.
8 de julio, 2026

Misterio y maneras. Prosa ocasional
Flannery O'Connor
Traducción de Inés Garland
La Parte Maldita, 2026
288 págs.