“Yo no creo que escribir sea inventar”, dijo una vez Hebe Uhart para referirse a su idea del arte literario. En principio la frase, tajante por un lado y relativa por otro (“Yo no creo...”), parece definir lo opuesto, o, al menos, lo más alejado para acercarse a los textos de Sergio Bizzio (Ramallo, 1956), un escritor al que rápidamente se podría calificar bajo el cómodo leitmotiv de “autor de invenciones”.
Sin embargo hay algo en esa tensión (invención versus no invención) que abre compuertas y diferentes variables de lecturas para arrimarse al autor de Borgestein, porque hace brotar la pregunta: ¿cómo hace Bizzio para siempre inventar? Porque en efecto, si hay algo que consigue en sus libros, en los de narrativa y en los de poesía, es sorprender, como si tuviera una nueva gambeta para ofrecer al lector en cada nuevo relato y también en cada nuevo párrafo. Y es esto lo que sucede en su nuevo libro de relatos, titulado La primera vez que escuché reggae, que ya desde el título lanza una interpelación: ¿estaremos ante un conjunto de textos que se aproximen al ritmo musical de Jamaica? Evidentemente no. No al menos de manera directa ni obvia.
Bajo alguna clase de deriva familiarista hay críticas que necesitan, además de clasificar, trazar genealogías, pensando a la literatura como una gran y mutante familia infinita. Si se recurriera a una de esas lecturas bajo el mapa de la Argentina, no sería difícil emparentar a Bizzio con César Aira y Pablo Katchadjian, dos escritores con los que estaría, generacionalmente, en el medio. Pero los textos de Bizzio no parecen responder a alguna clase de conceptualismo, es decir, a un procedimiento ideado de antemano para luego resolver un proyecto escritural o, para decirlo de otra manera, que el mismo proyecto de escritura sea, digamos, una “obra conceptual”, como parece suceder con el autor de Pringles (hasta cierto punto) y con el autor de El aleph engordado y El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (de manera algo más plausible).
Aunque al mismo tiempo se encuentran conexiones insoslayables: el humor, el absurdo, lo inesperado, la enajenación espacial, ciertas reminiscencias surrealistas y dadaístas pero pasadas por el filtro de un televisor color en modo zapping. Con una particularidad central: en Bizzio lo que comanda es lo lúdico y no el concepto. El juego antes que el programa.
Joaquín Gianuzzi lo explicó así: “Bizzio procede por acumulación de imágenes que una mirada superficial consideraría no relacionables, absolutamente autónomas si la intención de la mirada fuese percibir un significado único”. Por eso, si bien en el caso de La primera vez... pareciera, en más de una ocasión, que estamos leyendo un chiste, una fábula, una leyenda o una pesadilla, el truco con el que está resuelto cada relato nunca es del todo descifrable. Más bien parece que se estuviera ante un secreto, como en esas películas de David Lynch donde un personaje le dice a otro (al oído) algo que nunca nos será revelado. Pero en Bizzio, al contrario que en Lynch, nunca estamos ante la presencia del horror (una oreja mutilada tirada en un descampado, por ejemplo), aun cuando lo haya. Más bien todo parece distendido, liviano, ligero, viajamos sobre una superficie pop que evita el drama o la tragedia; aunque lo inevitable, en más de una ocasión, sea la melancolía.
¿Un pop melancólico? Parece una contradicción, pero de esas “incongruencias” se alimenta el arte de Bizzio. Y en esa inaccesibilidad de la fácil interpretación reside parte de su potencia: sabemos que algo se nos está escapando, sabemos que no hay alegoría, hay metáfora, pero no sabemos con exactitud de qué.
Al mismo tiempo, Bizzio presenta sus historias con una transparencia amabilísima para el lector, al que le cuenta una historia que por momentos da la impresión de que podría ser cualquier historia, y lo hace con total naturalidad, sin artificios intelectualistas o teóricos. En esa otra tensión –la historia de apariencia sencilla que se enreda de manera imprevista y se alimenta de la invención inesperada o la ocurrencia– regresa la idea de Uhart: la escritura como no invención contrapuesta a la invención pura. Porque hay algo de lo procedimental como técnica que abre paso a la práctica de un oficio, pero el oficio de escribir, en Bizzio, se aleja de lo sacrificial (esto sucede en otros autores sumamente laboriosos) y se acerca a la diversión. Porque Bizzio siempre se está divirtiendo (¿con él, con los textos, con nosotros?), aunque juegue con los mismos rastis de siempre: los suyos.
En el caso de La primera vez que escuché reggae nos encontramos con diez cuentos que podrían presentarse, más que sintetizarse, de esta manera: en “Un barco a punto de hundirse”, el primer relato, un hombre navega y se prende fuego arriba de la embarcación pero, increíblemente, no le pasa nada; en “La rama dorada” se cuenta la historia de una especie de tribu que se organiza mediante el asesinato del padre por parte de alguno de sus hijos (el relato alude de manera directa al libro La rama dorada, del antropólogo decimonónico James George Frazer, libro que es, a su vez, citado de manera directa en la película Apocalypse now); en “Visitas” un pintor sale de su casa y cuando regresa la encuentra ocupada por un grupo de extraños visitantes (este relato bien podría ser el desprendimiento de una pintura de Balthus); en “La deriva de Yusuke” se cuenta la historia de amor de un ingeniero japonés radicado en la Argentina que trabaja de chofer en Uber; en “El desprecio” dos vecinos se cruzan en una plaza donde pasean a sus perros; en “El diablo sin cerebro” un escritor recuerda la vez que ganó un concurso de poesía en su infancia, un concurso donde sólo se había presentado él; en “Paranoia” un sujeto que, más que delirio persecutorio parece sufrir de pánico, sale a dar una vuelta después de que sintiera que “algo lo agarraba de un tobillo”; en “Último día a la vista” un hombre se vuelve invisible de pronto; en “Con la señora F” un chofer es convidado a participar de un fiesta de la alta sociedad; en “Una isla” un hombre vestido de pájaro intenta volar y termina, como indica el título, en una isla.
Pero cada intento de síntesis de la historia no es más que una presentación del disparador de cada uno de los relatos; relatos breves que oscilan entre las cuatro y las catorce páginas, salvo el último que crece hasta las casi cuarenta. Si bien algunos textos están escritos en primera persona y otros en tercera, no parece haber una gran diferencia en cada caso, sobre todo porque el narrador que Bizzio utiliza en tercera fluye con la naturalidad de uno que habla en primera, con frescura, sin la lejanía ni la supuesta objetividad o distancia que posee un narrador omnisciente.
Destacan en el conjunto “Visitas”, una breve película de terror o un mal sueño, “Paranoia”, donde víctima y victimario se confunden, y especialmente “La deriva de Yusuke”, un relato que traza algunas conexiones con “La causa justa” de Osvaldo Lamborghini, como puede observarse en este fragmento: “Lo único que le quedaba de Japón era la cara y el idioma, aunque no podía hablarlo con nadie. Tampoco comía comida japonesa, ni usaba kimono. En su corazón, como en un campo de batalla, el chiste y el asado se imponían a la contemplación de los cerezos en flor y a la inclinación respetuosa de la cabeza”. Y en este otro: “Todo en Yusuke empezaba con 'no': no se ocupaba de buscar un trabajo remunerado, no cortaba el pasto, no hacía las compras, no cocinaba, no tendía la cama, el embarazo que Hana tanto deseaba y esperaba no se producía, era un artista malo en toda su plenitud”.
Muchos de los cuentos de La primera vez que escuché reggae podrían ser el comienzo de una novela o de un relato largo, y generan la impresión de que bien podrían haberse extendido durante varias páginas bajo el influjo del juego bizziano, pero la interrupción o el final abrupto no va en detrimento de los textos, como si fueran proyectos de novelas breves que se hubiesen truncado en un cuaderno digital olvidado, más bien Bizzio sabe cortar a tiempo, y esto ahonda en el misterio que ronda en el conjunto de cuentos y también en su dinamismo de aparente liviandad.
8 de julio, 2026

La primera vez que escuché reggae
Sergio Bizzio
Random House, 2026
160 págs.