Hay obras que justifican el mito y el contexto, y hay obras (otra clase de obras, quizá la gran masa indiferenciada de la mayoría) que buscan recrear el mito y el contexto. La felicidad, brevísima obra teatral de juventud, es de estas primeras. Después de décadas de insistir en la literatura, Fabián Casas fue uno de los pocos de su generación que logró desmarcarse de la clasificación y el etiquetado “generación de los noventa”; pero no va que la “generación de los noventa”, como un fantasma dickensiano de las navidades pasadas, regresa para susurrarle al oído: “vos sos mi contexto y vos sos mi mito”.
De hecho, quizá Fabián Casas, con algunos pares más de su generación, sea uno de los mejores poetas que en esos locos años noventa cambiaron radicalmente la poesía de su tiempo a través de formas alternativas de producción, comercialización y distribución. Todos eran punks, jóvenes, rebeldes y no había ningún futuro por delante. ¡Ah, qué nostalgia de lo no vivido para los lectores que gozan del mito, cualquiera sea, y más si es uno como este! ¿A quién no le gustaría ser esa clase de poeta? Como los de antes, pico de birra en mano, petaca de whisky, y a otra cosa mariposa... Así, Mario Varela, Darío Rojo (otros dos integrantes de la “generación de los noventa”), involuntariamente el propio Casas y la hermosa edición de Gog & Magog se encargaron de darle forma a un libro que estuvo perdido durante treinta y pico de años en un cajón profundo de una casa en la provincia de Buenos Aires.
Antes que el texto, entonces, importa lo que lo rodea: las fotos que atestiguan el pasado noventero de estos poetas (aparecen Laura Wittner, Daniel Durand, José Villa, Manuel Alemián, entre barras de bares, esquinas de CABA curiosamente sin baldosas, estaciones de trenes y botellas de Cinzano); fragmentos de Diarios de la Edad del pavo, otro libro de Casas, que funcionan como un coro en los márgenes del cuerpo principal; y por último el prólogo escrito por Mario Varela. Cuesta decidir si es más importante el prólogo que el propio texto, pero Mario Varela ya había dado muestras de su habilidad para fundar y reproducir el mito “generación de los noventa” con su muy buen documental La vida que te agenciaste (2018), con imágenes y videos de archivo.
La felicidad, más que una obra de teatro, es el testigo omnisciente y espectral de una generación, y su valor testimonial es un valor agregado al literario, como si el lector estuviera frente a un tesoro, un mensaje en una botella lanzado al mar en el siglo pasado y hallado por un amigo del que lo lanzó en tierras pampeanas. En su prólogo, Mario Varela entrega lo que pide el mito, lo que pide todo fanático de la “generación de los noventa”: anécdotas jugosas y sabrosas y cuanto más escabrosas mejor (el año pasado ya salió Transformar el dolor en aventura, una crónica generacional escrita por Daniel Durand). Mario Varela cuenta, por ejemplo, de la vez que tenían una granada activa y como no sabían qué hacer con ella, la dejaron en una caja envuelta con diarios en una esquina. ¿Por qué se nos cuenta esto en un prólogo a una obra de teatro si no es funcional a la obra ni a la trama ni al libro ni a la historia? Se está imponiendo la necesidad, desde hace un tiempo, de una novela, de una gran novela que ficcionalice los hechos de la famosa generación de los noventa.
Y a todo esto, ¿dónde quedó La felicidad? Se trata de unas pocas páginas que resumen el estilo de Casas: un existencialismo del día a día, la temática podrida de lo familiar (hay tres personajes: Viejo, Vieja y un Hijo), una ligereza cortada con humor negro y la claridad sintáctica de sentencias orientales. Con estos elementos, Fabián Casas construyó una obra de grandes clásicos como El Salmón y Los Lemmings, y que tiene en La felicidad su germen.
20 de mayo, 2026

La felicidad
Fabián Casas
Gog & Magog, 2026
64 págs.
Crédito de fotografía: Ariel Grinberg.