Una anciana solitaria viaja en tren por Europa central, deseosa de volver a la paz de su hogar en una pequeña ciudad al pie de los Cárpatos. Al llegar, se encuentra con un panorama inquietante: persianas cerradas, faroles tumbados, coches abandonados. Una turba de ciudadanos enardecidos, que recuerda a los drugos de La naranja mecánica, patrulla las calles apaleando a la gente y causando destrozos; todo ello, en paralelo con el insólito desembarco de una compañía circense cuya principal atracción consiste en el cadáver hediondo de una ballena.
Este es el escenario que se despliega en Melancolía de la resistencia, la segunda novela de Lázló Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura 2025 por “una obra visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”. Pero por mucho que este libro –publicado originalmente en 1989– pudiera anticipar sobre el estado actual del mundo, lo cierto es que la fuente de inspiración de Krasznahorkai, según este último comentara en una entrevista, no se hallaba en el futuro sino en su infancia en Gyula, un pueblo al sureste de Hungría, en la frontera con Rumania; un lugar tan inverosímil como la anónima ciudad de la novela, donde todo puede pero al mismo tiempo no puede ser real –empezando por sus habitantes: Valuska, el “hijo degenerado” del primer matrimonio de nuestra anciana del comienzo (doblemente viuda), al que todos toman por el tonto del pueblo; la Sra. Eszter, presidenta de la Comisión Femenina Municipal, quien lanza una campaña bajo el lema “PATIO LIMPIO, CASA ORDENADA”, un “movimiento de limpieza” cuyas motivaciones políticas, lejos de responder a una vocación de servicio, se enraizan en viejos enconos personales, ora contra sus vecinos (“sociedad exquisita de parásitos engreídos”), ora contra su ex marido –el Sr. Eszter–, de quien continúa portando el apellido. Otrora director del conservatorio de música, Eszter “llevaba años tumbado en la cama como una suerte de eminencia gris de la ciudad”, abocado al estudio del sistema de afinación del teórico musical alemán Werckmeister, y al olvido de “todo ese amasijo de sombría estupidez” representado por la comunidad que lo rodea, la que por otra parte siempre atribuyó esa extravagancia a una “pereza patológica”.
Con la excepción de Valuska –acaso el último custodio de la inocencia y la alegría en la aldea, que casi todos identifican con una chifladura irremediable–, los personajes de Krasznahorkai son seres ariscos por naturaleza, hostiles como las heladas que castigan las llanuras donde transcurren sus vidas. Para un paranoico como Eszter, la supervivencia se traduce en el retiro al bastión interno: el pensamiento y las artes –la música, la más abstracta– son su refugio, puesto que cambiar el estado de cosas no es una opción. ¿Es esa resistencia pasiva la que conduce a la melancolía; o es la melancolía, en sí misma, una forma de resistencia?
En cualquier caso, en esta novela el que no se repliega estalla en rebelión. Pero, ¿por qué y contra qué? Se trata de “la guerra en que todo se acumula y todo carece de reglas, la guerra en que cada cual ataca sin cesar al otro y todas las metas carecen de sentido, salvo una: la victoria”. Se cree que el instigador de los actos vandálicos sería (el universo krasznahorkiano no puede ser descrito sino mediante el uso del condicional, a tal punto todo es conjetura, hipótesis, incertidumbre) el Duque, uno de los freaks del circo, portador de profecías que “ve el Todo, porque él ve que el Todo no existe”.
La aldea de Melancolía de la resistencia, “que no parecía hallarse a las puertas del fin del mundo, sino más bien haberlas franqueado ya”, puede ser pensada como metonimia de una comunidad decadente más extensa donde la violencia emerge como una enfermedad autoinmune: inexplicable e irrefrenable. Más que en un espacio real, esa decadencia se encarna en un clima opresivo, como el de los films de Béla Tarr (cuyos guiones, por otra parte, han sido firmados por el mismo Krasznahorkai); un clima semejante al que se respira cuando el humo se apodera del aire: ese oxígeno que falta es la libertad. Ayer fábula sobre la decadencia de un país periférico bajo los últimos suspiros del dominio soviético, Melancolía de la resistencia hoy parece sembrada de alusiones al desquicio de las sociedades neofascistas europeas.
Por varios motivos, Krasznahorkai hace pensar en Thomas Bernhard. Los unen, además de un destino histórico (ambos son hijos de naciones desmembradas) el pesimismo, el sentido del humor y la devoción por la música. Como su par austríaco, Krasznahorkai es un escritor de capítulos-párrafos que solo echa mano al punto y aparte cuando es cuestión de separar un capítulo de otro; y aun así, en Melancolía de la resistencia esa segmentación es aparente, ya que la frase inicial de un capítulo a menudo es una recreación de la frase final del anterior. Toda la novela está ligada, cosida en una sintaxis revuelta que declina en oraciones subordinadas para superponer múltiples voces narradoras y planos semánticos: la pesadilla del lector perezoso. Melancolía de la resistencia es, en efecto, un texto que se opone a la tentativa de comprensión inmediata. En cierto modo hay que rendirse ante él; resignarse a leer sin saber quién habla y qué está sucediendo todo el tiempo, permitir que la mirada repose en esa inmovilidad pictórica del lenguaje que es la sucesión de palabras formadas en la hoja y que, en su traducción española, es un alto mérito, tanto por el espesor (más de 400 páginas) como por la densidad del libro, del chileno Adan Kovacsics, filólogo de formación y traductor de toda la obra del Nobel húngaro, así como de Stefan Zweig, Joseph Roth o Karl Kraus, importados del alemán.
La literatura de Krasznahorkai, como la de Bernhard, se funda en un pesimismo paradojal; un desencanto que abre ventanas (o ventanucos) de esperanza, en la medida en que el despojo de las ilusiones permite el advenimiento de realidades inimaginadas –en una de esas, realidades mejores que cualquier utopía. En el acto de recepción del premio Nobel, Krasznahorkai abría su discurso con estas palabras: “Originalmente deseaba compartir con ustedes mis ideas acerca del tema de la esperanza, pero como mis reservas de esperanza han definitivamente llegado a su fin, ahora voy a hablar acerca de los ángeles”. Hablar acerca de los ángeles, quizás, el método más sensato para volver a soñar con un mundo donde lo humano sea posible.
13 de mayo, 2006

Melancolía de la resistencia
László Krasznahorkai
Traducción de Adan Kovacsics
Acantilado, 2025
424 págs.
Crédito de fotografía: Gyula Czimbal.