Al curioso año que transitamos le debemos hechos de diversa procedencia y efectos no del todo previsibles: la invasión norteamericana en Venezuela y la captura ilegal de su cuestionable presidente; la inusitada celebración del campeonato mundial de fútbol, organizado por EE. UU., Canadá y México, con 48 selecciones participantes; la creciente crisis de salud mental en los jóvenes argentinos; y la publicación, a cargo de la editorial Anagrama, de En todo hay una grieta y por ella entra la luz, la última novela de Patricio Pron.
Las razones por las que un libro –mercancía devaluada como pocas en la coyuntura histórica que nos ha tocado en suerte– cabe en la precedente y heteróclita enumeración, habría que buscarlas ya en el capricho de quien suscribe estas líneas, ya en el valor que un autor como el rosarino le concede –y anhela que se le conceda– a la literatura. Particularmente a las novelas, en las que, con un fraseo único, aborda problemáticas caras al biempensante progresismo sin caer –sin siquiera aproximarse– en las trampas de las buenas intenciones o en la denuncia de estructuras o de ideas –que la justicia no podría más que desestimar y la literatura aborrecer.
Hay una historia en En todo hay una grieta..., pero es una historia mínima, socavada desde el interior de la página, desde un paratexto que es la estrella de un artefacto a caballo entre la ficción y el ensayo. Nos referimos a las incisivas e interminables notas al pie que agrietan la anécdota central corroída desde su inicio. En el menguado argumento, un escritor argentino residente en Nueva York tiene por encargo escribir la biografía del poeta y cineasta surrealista Benjamin Fondane. Fondane, que encontraba en el absurdo el único de los sentidos posibles para el arte y para la vida, y, desesperado, desalentaba toda iniciativa racional que pretendiera volver inteligible la existencia, el amor, el sufrimiento; el mismo que intuía que era solo la escritura de la poesía la que “podía conciliar la contradicción inherente al hecho de saber que nada se puede decir que permita enfrentarse al abismo y que, sin embargo, y al mismo tiempo, no es posible callar”.
El proyecto del escritor se fractura y, en lugar de la biografía prometida, brotan desde las notas al pie las reflexiones en primera persona que agrietan todo el libro, desde el ecocidio, la conflictividad en la era Trump, el olvido de la pandemia, pasando por la identidad personal y comunitaria, hasta los cruces inevitables entre la ficción y la realidad, el arte contemporáneo y la virtualidad.
El mundo en el que vivimos, para Pron, está fracturado por el Capital, por los intereses delirantes de los nuevos ricos y las políticas públicas que favorecen a un minúsculo campo privado; se ha corrompido, al mismo tiempo, por los miedos y mezquindades individuales y saturado de personas con móviles telefónicos que se comunican solo con quienes piensan como ellas, entretejiendo paranoias con consecuencias dramáticamente reales. Un lugar oscuro y paranoico, en el que se oyen las trágicas palabras de Schopenhauer: “Nuestro mundo no es más que el infierno, y nosotros somos sus almas atormentadas al tiempo que sus demonios”.
Las preocupaciones de Pron –o, para ser más rigurosos, las de este narrador en primera persona– abrevan en el imaginario progresista e, incluso, de izquierdas. Ahora bien, mientras que Fondane arriesgaba el cuerpo porque en él se conjugaba su postura, su ideología, su estilo, el rosarino, con una prosa formidable, declama el diagnóstico de los males sociopolíticos de la época desde una distancia convenientemente provechosa que el artista europeo hubiera, sin dudas, execrado.
Pero para Pron, existe, también, la literatura, cierta literatura. Una que acepta, como Fondane, sus propias incapacidades y límites, pero que sabe –que sabe sin saber, no exactamente– que en sus formas pervive una intuición que, muy a su modo, y aun sin quererlo, es capaz de problematizar lo naturalizado, de reparar un daño que todos insisten en obviar. Y si bien poco es lo que puede un libro frente a las invasiones norteamericanas, a los negocios mundialistas y a la depresión juvenil, la literatura de Pron quiere, aún hoy, decir su parte, solo como ella sabe hacerlo.
13 de mayo, 2026

En todo hay una grieta y por ella entra la luz
Patricio Pron
Anagrama, 2026
232 págs.
Crédito de fotografía: Fernando Bustamante.