Vénus Khoury-Ghata, traductora, poeta, y novelista fue una autora prolífica que falleció en 2025. A finales de 2025. Podría arriesgar que ese es el orden temporal en el que se desplegó su escritura. Nació en el Líbano. Su infancia transcurrió entre Beirut y Bisharri. Beirut, el lugar de su formación formal en francés y el de la dura vida familiar al lado de su padre sumamente estricto, Bisharri, ciudad de montaña donde predominaba el árabe, la maravilla de la naturaleza y la calma de la distancia del control paternal. En la primera, la sociabilidad, en la segunda, la libertad y la gracia. Con esas dos lenguas natales comenzó su recorrido de escritura. El francés fue su lengua literaria y el árabe, además de ser la representación de la complejidad del Líbano, el del entorno materno. Lo primero fue traducir al francés a poetas árabes, luego vinieron los libros de poesía y una vez instalada en Francia los de prosa.
Sus textos fueron traducidos a más de quince idiomas a la vez que reconocidos y premiados. Ganadora del Goncourt de poesía y del Gran Premio de poesía de la Academia Francesa, Khoury-Ghata afirmaba que la lengua francesa convenía a su escritura dado su carácter sobrio con respecto al árabe. ¿Y qué resultaría de un francés sobrio atravesado por la cultura del Líbano?, ¿por esa cultura árabe, según ella misma lo afirmaba, más solemne y, a la vez, pletórica? La respuesta compartida por muchas escritoras y escritores que siguieron la aparición de sus libros es que de esa convivencia surgió la particularidad de su escritura. Como si la mesura con la que identificaba el francés se viera todo el tiempo desbordada por la exuberancia oriental del árabe.
¿Sería el imaginario del Líbano en francés?, ¿Sería una escritura en francés con el imaginario de la cultura árabe? Quizás sea justamente esa una trampa a evitar. Como si en su escritura no existieran dos polos, sino la relación constante y compleja de un encuentro, el idioma que se hace forma en una lengua de escritura que se diferencia por el desborde contenido. Un desborde que no opera en la frase en tanto laboratorio de formas, sino en su manera de componerlas con una plasticidad traídas, posiblemente, del imaginario del Mediterráneo en tanto continente de encuentros desde hace siglos. El Mediterráneo como continente líquido al que hace referencia Louis-Jean Calvet en su libro La Méditerranée, en el que afirma que gran parte de la riqueza de una lengua, de sus matices y de la posibilidad de expandir las fronteras de lo realizado y realizable se debe a los intercambios que se producen y que marcan el uso que de ellas se hace. Plasticidad que la traducción de Genoveva Arcaute recrea no sólo en el respeto de la sintaxis, sino sobre todo en la construcción de un tejido sonoro en castellano.
En la obra de Khoury-Ghata la muerte juega un papel central. Es una forma de habitar este mundo de otra manera. En alguna de sus muchas entrevistas, asegura que aquellas personas a las que ha amado no parten, y esa afirmación habita su escritura. En este libro, como en otros, retoma el “no hay muertos sino invisibles” de Victor Hugo. Porque lo trágico en Khoury-Ghata está compensado por la lucidez que al desplegarse en la escritura abraza lo que se presenta como ausencia.
Este es un libro que suplica a quien partió, es una manera de pedir perdón. Los poemas, que se presentan como una forma de imploración, que se dirigen a un otro u otros y que en la sucesión que construye el texto develan la búsqueda de redención lo hacen contenidos por el pudor. Que expresado en la frase sería un dejarse ir lírico contenido por una sustantivación precisa y una adjetivación sobria. “Pegado a la puerta cerrada/ invocas a los espíritus del lugar para alejar las almas en pena/ cómo hallar el lecho del río donde dormir y las sábanas tendidas en las orillas/ qué agua lavará tu ausencia/ el viento que cava bajo tus pies no puede ayudarte en nada”.
A la vez, a la materialidad que se presenta abundante en plantas –el olmo, las rosas–, en los elementos –la tierra, el fuego–, y en las piedras es transformada por este texto en movimiento, por versos que se hacen prosa que se hacen versos. Vuelve ligero aquello que tiene peso propio: “Regresas cada vez que una pala desnuda la tierra/ El tronco del olmo es tu cuerpo escuálido/ la incertidumbre del follaje tu gesticulación/ hablas una lengua colérica que espanta a las viejas rosas pero no al viento”; o en este otro fragmento: “Las piedras de tu jardín hablan más alto que los transeúntes/ pretenden una ascendencia que se remonta a la primera caverna/ cuando dos sílex detentaban el fuego y un viento pobre barría las espinas de un alfabeto atacado de sordera// siendo las cosas lo que son”. Quizás una forma de hacer también de esta materialidad algo invisible y no por ello menos vivo o presente. Como si la palabra operara para completar la ausencia: “Velaré para que nunca/ le falten las palabras a tu alma”.
13 de mayo, 2026

El libro de las súplicas
Vénus Khoury-Ghata
Traducción de Genoveva Arcaute
Huesos de jibia, 2025
118 págs.
Crédito de fotografía: Louis Monier.