En su nuevo libro, ¡Ponele música!, Rodolfo Edwards (Buenos Aires, 1962) afirma que “retozan los recuerdos/ todo sigue vivo/ porque nada muere realmente/ se renace a cada momento”. Licenciado en Letras, ensayista, poeta y periodista, Edwards fue editor de las revistas La mineta y La novia de Tyson, y participó en la redacción de la revista 18 Whiskys con algunos poetas de la llamada “Generación del 90”. Colabora en programas de radio y en diarios y revistas de Buenos Aires. Algunos de sus libros de poesía son Culo criollo (1999), Mingus o muerte (2009) y La épica del movimiento continuo (2016) y el libro de ensayos breves Todo es poesía menos la poesía (2025, con prólogo y edición de Walter Lezcano). En este nuevo libro, el barrio, el destino, la amistad, la política, el amor y el idioma mismo se entrecruzan en versos que van de la comparación humorística (“la vida/ se parece a la copa Melba”) a lo meditativo (“deshojando esos pétalos/ me pasé toda la vida”) “porque”, como dice el poeta, “se nos canta”.
La asociación entre la poesía y la música proviene de la Antigüedad, por lo menos, y probablemente desde hace mucho antes. ¿Qué música convoca tu libro?
Siempre recuerdo una anécdota. Stéphane Mallarmé y Claude Debussy eran amigos. Un día Debussy le cuenta a su amigo que les había puesto música a algunos de sus poemas, y Mallarmé le dice: “Yo creí que ya tenían música”. Yo pienso algo parecido: la sonoridad, la música de las palabras es un valor intrínseco de la poesía. Lo de “ponele música” es un chiste.
¿Cuál ha sido, en tu experiencia de vida y de escritura, la relación entre música y poesía? Los poemas “La luna se aleja de mí” y “Last train blues” tienen estructura de canción, con sus estribillos. ¿Has probado escribir letras de canciones?
Tuve muy lindas experiencias como letrista de algunas bandas. Fui letrista oficial de una banda de Ramos Mejía, Ángel Funk, allá por los 80. Fernando de la Riestra, un gran músico rosarino, musicalizó poemas míos y también de amigos como Laura Wittner, Fabián Casas y Daniel García Helder. El grupo se llamaba Mundo Bizarro. Sacaron un par de discos.
La música es muy importante en mi vida. Colecciono discos desde la adolescencia. Básicamente rock, jazz, tango, folklore, música brasileña y uruguaya... Apenas me despierto pongo música. No tolero el silencio.
¿Cuál es “este lado” y quiénes son esos “pocos que quedaron de este lado” de la dedicatoria? ¿Tienen que ver con la “sociedad de los poetas vivos” del poema “Y es por ti”? ¿Con lxs muchachxs de la revista 18 Whiskys?
La dedicatoria del libro tiene varios sentidos. Por un lado, habla de las pérdidas físicas... amigos... familiares, pero a la vez “los que quedaron de este lado” son aquellos compañeros de la vida con los que todavía puedo compartir ideas, pensamientos, maneras de estar en el mundo. Son pocos.
Citás unos versos del poema “Caminando despacio”, de Luis Luchi (1921-2000), de su libro El ocio creador (1960). ¿Por qué es bueno que ser poeta sea barato? ¿Hay algo que sí "salga caro" en esta vocación o práctica? ¿Conociste a Luchi?
Puse de epígrafe esos versos de Luis Luchi porque para mí la poesía es eso: lápiz, papel, mirar la ciudad por la ventana de un bar. Es barato. Yo diría que gratis. La poesía es gratis. No cotiza en ningún mercado. Admiro la poesía de Luchi y de otros poetas de esa generación del 60: Roberto Santoro, Alfredo Carlino, Julio Huasi, Mario Jorge de Lellis. No tuve la suerte de conocer personalmente a Luchi, pero lo publiqué en la revista La Novia de Tyson, a finales de los 90; le llegó la revista cuando estaba en Barcelona y se emocionó mucho. Acá a ese tipo de poesía no suelen darle mucha bola.
Tu poesía exhibe una mezcla de materiales que provienen de zonas muy diferentes: varios géneros literarios, musicales y cinematográficos; de la “alta cultura” y la “cultura popular”.
Sí, mi poesía es una mescolanza. No le hago asco a nada. Hago convivir ángeles y demonios, diamantes y chafalonías. Cualquier cosa puede entrar en un poema porque dejo puertas y ventanas abiertas.
¿Cuáles son tus hábitos de lectura? ¿Qué te gusta leer? ¿Qué género o géneros preferís?
Todo el equipaje cultural que uno ha ido acumulando a lo largo de la vida impacta en la escritura, se filtra casi naturalmente. Soy omnívoro. Me gusta leer y escribir en todos los géneros. No me limito a la poesía. También escribo ensayo, teatro, crónica y un poco de narrativa, además de mi trabajo como periodista cultural. Mis lecturas siempre fueron muy variadas, pero por supuesto tengo mis preferencias. Soy hincha de Juan Carlos Onetti en narrativa; de Nicanor Parra, en poesía; de Ionesco y Beckett, en teatro.
El libro parece efectuar un balance de vida, en relación con los temas de la juventud y el tiempo. El tiempo es un tema recurrente, con su belicismo y sus consecuencias. Uno de los ejes es la pareja de vida y muerte: “todo sigue vivo/ porque nada muere realmente/ se renace a cada momento” (“Donde siempre”). ¿Pensaste este libro como un ensayo de la “versión final” a la que alude tu poema homónimo?
El peso (el paso) del tiempo se hace sentir a esta altura de la soirée... Hay una serie de poemas en el libro que desgranan esa remanida cuestión de nuestra condición de mortales: estamos de paso por este planeta. Jugamos de visitantes. Nos pasamos la vida ensayando hasta que nos piden la versión final, el muñeco entero y terminado. El menú ejecutivo de la vida incluye a la muerte. Qué le vamos a hacer....
Tu libro está sembrado de poemas dedicados a figuras que parecen, como solía decirse, “señeras”: Daniel Durand; César Vallejo; Fernando “Pino” Solanas; Eder Silva; Jorge Luis Borges; Osvaldo Pugliese; Hugo Padeletti; Jorge “Dipi” Di Paola, entre otros. Finalmente, y quizás sobre todo, lxs muchachxs de la revista 18 Whiskis.
Yo tuve mucha suerte con mis compañeros de generación, ya que me tocó una cosecha muy buena, llena de poetas de gran calidad que aún siguen publicando libros, haciendo revistas o fundando editoriales. Aprendí mucho de ellos. En un poema nombro a Daniel Durand, un poeta fabuloso, único. Y también hablo de Alejandro Ricagno, un referente cultural, capaz de hablar con fundamento sobre cualquier tema: literatura, cine, teatro. Una lumbrera renacentista. Ricardo Cerqueiro (alias “Circo”) compartió con nosotros un tiempo en los 90, luego se fue a vivir a Japón donde desarrolló una gran carrera como bailarín y docente de tango. Se nos fue muy joven, hace algunos años. Era un porteño pícaro, jovial, seductor. A Padeletti lo entrevisté para la revista Ñ poco tiempo antes de su partida; además fue vecino mío en San Telmo, nos encontrábamos en la panadería del barrio. Hugo era como un brujo, un mago. Repito: tuve la fortuna de conocer mucha gente que alimentó mi arte. Horacio Ferrer fue uno de ellos; disfruté de su amistad, parecía un ángel escapado de alguno de sus tangos. Con Manrique Fernández Moreno, un súper poeta, hijo de Baldomero, fuimos muy compinches: tuvimos almuerzos inolvidables. Alfredo Carlino fue mi papá de la poesía.
Noté –desde el poema “Y es por ti”–, y me llamó la atención, el uso de los pronombres de segunda persona singular “tú” y “ti”. ¿Es un uso irónico de la lengua, un eco de literatura “prestigiosa”, o tiene alguna otra función? Por otra parte, el habla corriente, el habla popular o callejera, el lunfardo (“lejos de la estética/ de la poética/ de la ética”), también asoman, a veces creando una atmósfera y otras veces como sorpresiva incongruencia: “acogotado” al lado de “delicia"; “a la bartola” al lado de “theremín”; el bobo, el escabio, la jeta... ¿Qué lugar y qué función tiene el humor en tu poesía?
En mi poesía utilizo algo que yo llamo “cadencia paródica”, metiendo esos pronombres españolizados: es una jodita. El lunfardo lo uso mucho, también lo uso en mi habla cotidiana. Es una delicia el lunfardo, una lengua popular infalible para definir un montón de cosas. El humor es una nota esencial de mi poesía. Aprendí el humor poético de Oliverio Girondo, Nicolás Olivari, Nicanor Parra, César Fernández Moreno. El humorista es un trágico contrahecho. El humor siempre expresa tragedia, pero lo hace de una manera no dolorosa.
Hay varias páginas de poesía amorosa en tu libro. El amor causa felicidad y optimismo, inclusive un “renacimiento”; el amor toca música en la calle; el amor da ánimos, impulsa a dar un beso; el amor es “de película”; el amor atora la garganta; el amor causa sueños que parecen realidad o una realidad que parece sueño. El amor es motivo para escribir poesía. ¿Es difícil escribir poemas de amor, a esta altura de la tradición poética?
Para mí es hermoso escribir poemas de amor porque vivo enamorado. Le doy la derecha en esto a Fito Paéz: “nadie puede ni nadie debe vivir sin amor”. Veo que muchos colegas tienen mucho pudor de escribir poemas de amor, lo consideran “poesía menor”. Hay mucha pretensión en la poesía argentina en general y un “malditismo” irreal e hipócrita.
Si uno junta versos individuales de diferentes poemas, advierte que tu libro está sembrado de observaciones, consejos y detalles que conforman un arte poética diseminada: el poema de Vallejo, que señala el lugar del multilingüismo y de la emoción en la poesía; “En señal de respeto”, que afirma con sarcasmo “cómo garpa la tristeza/ cuando es fingida”; “Noticia”, una conversación con la tradición poética –Baldomero Fernández Moreno, en este caso– que es una corrección o puesta al día; la imagen de palabras-peces, en “Pertenencia”; el descalabro de la palabra propia frente a la “nueva ola” poética, en “Ice cream soda”; el lugar de la espontaneidad y la improvisación en poesía, en “Te escribo un poema”. Hay también un examen, entre irónico e impiadoso, del lugar propio en el canon, en “El poeta menor”, y una re-escritura, en clave cómico-seria, de “Un soneto me manda hacer Violante”, de Lope de Vega, en “El soneto fallido”. ¿Te propusiste dejar constancia de esta arte poética, como parte de aquel ensayo de “versión final” antes aludido, o fue más bien resultado de un impulso inconsciente?
Gracias por el recorrido que hiciste por esos poemas del libro. Tenés razón: hay un “ars poetica” diseminada por varios lugares. Lo del “soneto fallido” lo escribí porque estoy un poco saturado de ese regreso a las formas clásicas de la poesía. Ahora hasta las publicidades recurren a las rimas. Todo esto tiene que ver con la llamada “música urbana” que tuvo su origen en las “batallas de gallo” (o free style), unas competencias de raperos o neopayadores que se hacían en Parque Rivadavia. De ahí salieron las estrellas pop de ahora: Duki, Wos, Trueno, etc. Para mi generación, escribir con formas fijas era algo impensado. Después de las vanguardias del 20, la versificación libre y anárquica era algo instalado. Pero todo vuelve... Mis alumnos de taller literario me piden que les enseñe versificación, acentuación, formas estróficas, décimas, sonetos, cuartetas. Y los mando a leer el manual de Tomás Navarro Tomás, Métrica española. Allí encontrarás los misterios que alberga el uso de la octavilla real. ¡A disfrutar de las rimas de pie quebrado! ¡A bailar la copla manriqueña! Mi obra poética tiene mucha variedad de tonos y estilos. En esto me identifico con Fernando Pessoa, porque tengo varias personalidades que escriben para mí. Como poeta soy un quadrofénico: tengo una esquizofrenia multiplicada.
La actriz “ochentosa y democrática” del poema homónimo aparece “desafiando a los gorilas”; en “El tren de la alegría”, unos muchachos gritan “viva perón carajo”. El asunto de la relación entre poesía y política ha dado lugar a inagotables debates y poemas con diversos grados de efectividad estética. ¿Cómo interviene, en tu opinión, la política en la poesía?
Escribí bastante sobre la relación de la literatura y la política. Tengo un ensayo titulado Con el bombo y la palabra. El peronismo en la literatura argentina. Una historia de odios y lealtades, donde desarrollo esta cuestión. Me causa gracia cuando algunos críticos dicen “Fulano hace poesía política, pero nunca cae en el panfleto”, como si escribir un panfleto fuese un pecado mortal o un crimen. A lo largo de la historia de la literatura muchos grandes escritores recurrieron al panfleto; pienso en Pablo Neruda escribiendo Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena o al mismísimo Jorge Luis Borges redactando, junto a su amigo Adolfo Bioy Casares, “La fiesta del monstruo”, un feroz panfleto antiperonista. Uno de mis libros se llama Panfletos de papel picado. Todos tenemos derecho a expresar nuestras ideas políticas en forma de arenga o como sea. Eso no nos invalida ni nos rebaja como escritores, todo lo contrario: muestra un compromiso del artista con su tiempo. La literatura no es un templo al que entrar descalzo. Nadie tiene derecho a tirar la primera piedra. Todos tenemos la ropa manchada. Inmaculada, solo la Virgen.
20 de mayo, 2026

¡Ponele música!
Rodolfo Edwards
Nebliplateada, 2026
102 págs.
Crédito de fotografía: Gabi Pino.