Carlos Gamerro ilumina a Borges con Borges. Lee los cuentos imprescindibles del autor de El Aleph desde las claves y obsesiones que él mismo desperdigó en su obra ensayística, sus artículos y poemas tempranos. A pesar de que el prólogo de Los laberintos de Borges: entre el caos y el cosmos (Malba, 2026) promete una lectura a partir de ejes temáticos y no cronológica, empieza por el principio. Los tres poemarios que Borges dedica a la Buenos Aires encapsulada en su recuerdo. Gamerro aprovecha para calentar motores: “Truco”, contenido en Fervor de Buenos Aires, es un poema metafísico, afirma. Las posibles combinaciones de los cuarenta naipes no son infinitas, de modo que tarde o temprano alguna partida tendrá que repertise, como si todo pasado volviera a suceder. Si dos momentos se repiten, ya no son dos momentos sino el mismo, un principio de identidad que Borges toma de Leibniz. El tiempo sucesivo, entonces, demuestra ser una ilusión, que en sus huecos exhibe, de alguna manera, la eternidad.
Esa es la propuesta, el tono de estas cinco “Clases” de Carlos Gamerro, surgidas de varios cursos dictados por él en el MALBA, editados cuidadosamente por Mariano Blatt para este libro. Leer Borges con Borges. Bien pegado a sus textos. Conectar ensayos y cuentos, ideas y tramas, ir y venir entre libros (no muchos, los necesarios) como la llama de un fósforo que se acerca a otro y lo enciende.
La primera gran iluminación aparece en la clase titulada “Los laberintos del tiempo”. El ensayo “Nueva refutación del tiempo”, extensísimo por tratarse de un autor que hizo de la brevedad un estilo, argumenta durante doce páginas que el tiempo es una ilusión de la mente, porque solo ella otorga sucesión a los hechos de la realidad. Fuera de la mente, solo existe la simultaneidad. Gamerro detecta el artilugio retórico de Borges, que en el último párrafo deshace su argumentación, “la disipa como humo”, un párrafo grabado de forma indeleble en la memoria de cualquier borgeano. “And yet, and yet... (...) El mundo, desgraciadamente, es real: yo, desgraciadamente, soy Borges”. El ensayista agacha la cabeza, acepta el tiempo, la finitud. El cuento “La espera”, contenido en El Aleph, es aquella “Nueva refutación del tiempo” aplicada. Un hombre se esconde en una pieza de pensión ante la terrible certeza de que lo buscan para matarlo. Días indiscernibles, simultáneos, hasta que llega la descarga final, es decir, llega el And yet, and yet... Somos el tiempo y el tiempo tarde o temprano nos devora. También “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” conecta con la exposición de “Nueva refutación del tiempo”. Allí leemos “Comprenderla es fácil; lo difícil es pensar dentro de su límite”, en referencia a la doctrina del idealismo de Berkeley. Exactamente eso ocurre en Tlön, planeta en el que no existen las cosas, solo hay adverbios, adjetivos y verbos.
En Los laberintos de Borges: entre el caos y el cosmos Gamerro realiza dos movimientos críticos esenciales. Por un lado, coloca los ensayos de Borges a la misma altura que sus relatos más famosos. Todo está ahí, nos dice, en Discusión (1932) y Otras inquisiciones (1952), pero también en Inquisiciones (1925) y Nueve ensayos dantescos (1982). El tiempo, el espacio, el lenguaje, el don que se convierte en condena (“Funes el memorioso”, “La memoria de Shakespeare”, “La Biblioteca de Babel”).
El segundo movimiento es demostrar por qué, a cuarenta años de su muerte, Borges entró tan cómodo al siglo XXI. Tanto “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” como “La muerte y la brújula” abordan, cada uno a su manera, la fricción entre la mente humana y la realidad. Lo mismo sucede con “El Aleph”, un cuento sobre la complejísima adecuación entre las palabras y las cosas, entre los sistemas científicos y filosóficos que nos sirven para pensar el mundo y el mundo. “La ciencia nos dice que el mundo, nuestro mundo, no fue hecho para nosotros ni para nadie; no fue hecho para, no tiene una finalidad ni un propósito. Harta de fracasar una y otra vez en su intento de escribir enciclopedias que den cuenta del mundo real, la humanidad decide proceder al revés, empezando por la enciclopedia y luego modelando el mundo”. Y: “Muchos físicos hoy admiten que nunca lo llegaremos a entender del todo, por más complejas las teorías y los cálculos y por más sofisticados que sean los instrumentos y las computadoras”. Vigencia reforzada por escritores como Foucault, William Gibson (“leyendo “El Aleph” entendí el concepto de software”, contó Piglia que dijo Gibson), Philip K. Dick, Kane Parsons, el director de Backrooms, entre otros.
En el centro del libro está la idea del laberinto. Al revés de lo que se supone, se trata de una idea de esperanza. Extraída del documental Borges para millones (1978), propone que al menos el laberinto tiene un centro, un centro terrible, donde espera el minotauro, pero centro al fin. En cambio, dice Borges, no sabemos si el universo tiene centro. “Posiblemente no sea un laberinto, sea simplemente un caos, y entonces sí estamos perdidos”.
Gamerro detecta que “El Zahir” es reverso y complemento de “El Aleph”. En este último, existe un minúsculo objeto mágico que se expande hasta abarcar el universo entero, mientras que en el Zahir el universo se contrae hasta quedar reducido a una de sus partes, una ínfima moneda de veinte centavos. Otra lectura lúcida: “El sur” como un Otra vuelta de tuerca en el que Borges siembra pistas para que ambas resoluciones puedan ser ciertas, que Dahlmann murió en el hospital y alucinó su muerte, o que Dahlmann murió en la llanura. Una más: “La flor de Coleridge”, ensayo de Otras inquisiciones, conecta con “Las ruinas circulares”. En el primero, se plantea qué pasaría si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba y despertara con la flor en la mano. En el cuento, si el hijo ha logrado hacer pasar la bandera del sueño a la vigilia, estará listo para nacer; es decir, para pasar él mismo a la vigilia.
Espejos, enciclopedias, tigres, laberintos. El kit de autor con el que Jorge Luis Borges construyó buena parte de su obra también le valió malentendidos y mil y una divulgaciones berretas. Carlos Gamerro abre la caja de herramientas para bajarlo a tierra a Borges. Señala qué uso le da a cada cosa de maneras muy concretas. Por ejemplo, le gustaba la undécima edición de la Enciclopedia Británica porque las notas venían firmadas y servía para hacer ficción. Los espejos, como la literatura, reflejan la realidad, “pero tienen que hacerlo tal cual, no tienen otra”, por eso son aborrecibles. Los únicos interesantes para él eran los tigres asiáticos, y no le sirvieron para “La escritura del dios”, porque las manchas del jaguar se acercan más a los ideogramas de un idioma secreto. A pesar de que pareciera ser un autor ocupado en problemas eruditos, escribe Gamerro, “siempre tiene el pie más bajo apoyado en la vida cotidiana, en nuestras más inmediatas necesidades vitales y emotivas“.
En esa línea, el laberinto deviene consuelo frente al silencio eterno de los espacios infinitos, la eternidad no es otra cosa que una ilusión para nuestra necesidad humana de que lo que vivimos, sentimos, pensamos no se pierda “como lágrimas en la lluvia”. Sobre el final del libro, Gamerro insiste en matizar la figura de escritor intelectual, demasiado cerebral, célibe (aunque desagradablemente sentimental) y consigue una buena imagen del efecto de lectura que provoca en el lector, que él aceptaría con gusto: “Borges crea frases que se te meten en el cuerpo, más que en la mente”.
9 de septiembre, 2026

Los laberintos de Borges: entre el caos y el cosmos
Carlos Gamerro
Malba, 2026
196 págs.