El principal problema que puede achacársele a un género como la ciencia ficción es que de vez en cuando, o más bien bastante seguido, tiene la mala costumbre de dar en el blanco. De allí que, en particular cuando ya han transcurrido algunas décadas y no tenemos más remedio que recoger las esquirlas de sus disparos, las diversas modalidades del humor con las que suele coquetear --de Ray Bradbury a Philip K. Dick, de Ursula K. Le Guin a Philip José Farmer-, llámense ironía o sátira o lo que fuese, pierdan su efervescencia y nos dejen un regusto amargo, que a veces solo la propia literatura logra al menos borronear.
Volver de las estrellas, de Stanislaw Lem, publicada en 1961, funciona en cierto modo como el negativo de su otra gran obra de aquel mismo año, la célebre Solaris (que fuera eternizada por Andréi Tarkovski, e injustamente subestimada en la versión de Steven Soderbergh quizá porque George Clooney solo sabe despertarnos envidia), a partir de un tono totalmente opuesto, infinitamente más ligero, la punta de un ovillo que no obstante tiene como objeto enredarnos y hundirnos hasta el cuello. El de Lem es uno de esos libros que obligan a revisar, en comparación, la mala prensa de las distopías, y preguntarse por ese consuelo de tontos que es el mal menor.
Es que, efectivamente, la mayor parte de las proyecciones de Volver de las estrellas son lógicas, es decir así de terroríficas, y se parecen demasiado a eso que insisten en vendernos como real. Para no engolosinar innecesariamente a los adictos a las plataformas, esas en las que ya no queda nadie que no sea más perverso que Drácula, pequemos de ingenuos con una ínfima muestra: “Ya no se podía pispear por los estantes, sopesar los volúmenes, sentir el peso que anticipaba la dimensión de la lectura. La librería se parecía más bien a un laboratorio electrónico. Los libros eran cristales con un contenido inserto. Se los podía leer con la ayuda de un optón. Hasta se parecía a un libro, pero de una sola página entre dos tapas. Al tocarla aparecían las sucesivas hojas del texto. Pero los optones eran poco utilizados, como me informó el robot-vendedor. El público prefería los lectones: leía en voz alta, se lo podía sintonizar a diferentes voces, ritmo y modulación...”
Pero la base argumental de la novela –publicada por el sello Interzona en Línea C, la colección que diseñara el inolvidable Marcelo Cohen– es mucho más compleja y perturbadora. El protagonista es Hal Bregg, un astronauta que regresa a la Tierra luego de una década; ese mismo lapso, sin embargo, equivale para los habitantes del planeta –producto de la dilatación temporal– a ciento veintisiete años, por lo que Bregg se halla en un mundo que desconoce, y que a su vez lo desconoce a él más allá de considerarlo una suerte de momia parlante o criatura de circo. Ni siquiera tiene, ni siquiera se permite a sí mismo, el consuelo de buscar a los descendientes de quienes fueran los suyos, dado que ese desfasaje se le hace tan extraño como cruel.
El de Stanislaw Lem es, por cierto, un caso bastante singular: polaco nacido en un mapa en transición, produjo un puñado de libros notables dentro de las amplias fronteras del género, pero lo hizo además sin renunciar a su idioma y a la vez obteniendo un suceso –por ello mismo– absolutamente inimaginable. Publicó asimismo otra obra maestra, Vacío perfecto, el mayor ejercicio posborgeano que jamás se haya escrito, y recién después de su muerte –ocurrida dos décadas atrás–, o más bien en los últimos años y a partir de ciertas reediciones y relecturas, se lo ha empezado a considerar como lo que es: un autor sin par.
De regreso a la novela que nos ocupa, digamos que el destino de Bregg parece marcado por una paradoja que solo el lector más cándido subestimará: ese nuevo mundo en el que basta con imaginar o necesitar algo para tenerlo, en el que todo es más sencillo y los humanos son poco más que niños acunados por máquinas, donde la realidad y la fantasía diluyen casi toda frontera, donde un procedimiento estandarizado ha borrado no solo la violencia sino cualquier otro ímpetu o riesgo, y como consecuencia sepultado todo deseo, ese mundo convierte a nuestro héroe anónimo en una suerte de Robinson Crusoe, una isla en sí mismo. Un ser único en su especie, a quien solo podrá salvar el estallido o, aunque no se anime a soñarlo en voz alta, un utópico o demencial regreso a casa.
9 de septiembre, 2026

Volver de las estrellas
Stanislaw Lem
Traducción de Bárbara Gill Żmichowska
Interzona, 2026
288 págs.