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A oscuras

Thomas Pynchon


José María Brindisi


¿Es cierto que sigue existiendo, aún, alguien de carne y hueso que respira bajo el nombre de Thomas Pynchon? Conspiracionistas y paranoicos como somos, pillos siempre un paso delante de los pillos, resulta extrañísimo que no nos desborden las teorías respecto de que Pynchon –al fin y al cabo alguien intangible– ha muerto, que murió porque en realidad era Paul McCartney, es decir que murió dos veces, o tal como sucediera con autores prolíficos y sumamente exitosos de la calaña del gran Stephen King, que se lo acuse de alguna clase o grado de tercerización o franquiciamiento. En cualquier caso: ¿es de verdad posible que alguien que debería estar rozando los noventa años, que ha absorbido –en apenas un puñado de novelas– cada una de las preocupaciones medulares del último siglo y pico, que ha logrado y renunciado a todo, publique después de más de una década una novela semejante, así de abrumadora, de omnipresente, de lúcida, de insoportablemente hilarante?

Exista o no, ese fantasma llamado Pynchon ha escrito otro libro, y ha puesto al servicio de una historia todo ese arsenal de recursos que lo hacen único, es decir que lo ha hecho para ser el de siempre: no el que pone el dedo –entiéndase ahora la ambigüedad de la itálica de más arriba– en la llaga sino aquel a quien no le alcanzan los dedos de las manos, que suponemos sigue teniendo dado que no podemos dar fe, para volver llaga todo lo que toca, por más que disimule à la Magic Johnson mirando hacia otra parte –los fuegos de artificio de la peripecia inmediata, digamos, esos fragores de comedia que nada le envidian por momentos al spaghetti western– mientras nos grita a la cara: ¡estúpidos, estúpidos, estúpidos!

Y si se torna imprescindible que nos lo escupa de esa manera es porque nadie como él ve lo que deberíamos ver todos: que el mundo no empeora, como nos gusta pensar con una ingenuidad digna de causas menos urgentes, sino que vuelve una y otra vez a ser tan espeluznante como fue. Así como otros escritores se proyectan hacia el futuro para observar el presente desde una nueva perspectiva, para sacarle el polvo y desentumecer nuestras emociones, Pynchon elige una vez más el pasado, no como ucronía sino desde una sinceridad que no deliraremos en llamar realismo pero que la parafernalia de absurdos de la superficie no puede –ni quiere– esconder; y lo hace para recordarnos lo que como sociedades no vimos, lo que no quisimos ver, lo que no pensamos, lo que no quisimos ver ni pensar y elegimos olvidar: la triste o más bien desoladora evidencia de que los abusos de toda clase, la falta de consciencia, el amor por el cinismo, la multiplicidad del mal pertenecen a una película que ya se filmó y seguirá filmándose. La siesta de hoy es, sabemos o deberíamos saberlo, la hecatombe de mañana.

Aunque los argumentos de Pynchon resistan cualquier intento de reducción, hagamos la prueba: en medio de la Gran Depresión de comienzos de los años 30 en Estados Unidos, una depresión que la Ley Seca lleva alimentando más de una década antes de que la economía hiciera crack y boom y etcétera, un tal Hicks Mc Taggart, el protagonista de A oscuras –Shadow Ticket en el original–, cuenta las monedas para sobrevivir, por más que algunos que de seguro aman las novelas romanticen el devenir de su vida. Es cierto que Mc Taggart es detective privado, lo que en determinados ámbitos todavía posee algo de encanto, pero también lo es que la agencia para la que trabaja no le da demasiadas alegrías y que posee un talento inigualable para meterse en problemas. Ex matón rompehuelgas apenas arrepentido, bailarín más que aficionado, amigo con unos pocos derechos de una cantante que le ruega que se comprometa con otra para poder enamorarse de él (y que además es algo así como la novia del capo mafia local), a Mc Taggart se le alinean de pronto los planetas, pero lo hacen en su contra, y entonces acumula razones para huir de Milwaukee –algo así como la hermana menor de la cercana y explosiva Chicago–, la más amigable de ellas encontrar y traer de vuelta a casa a la hija del “Al Capone del queso”. Nuestro héroe en principio se opone, pero demasiados actores, desde la policía hasta los federales, desde la mafia a toda clase de voluntariosos criminales al peso, lo convencen de que quizá le convenga reconsiderar. Lo intentan, en rigor, hasta que alguien –samaritano al fin– toma las riendas y lo manda de excursión. No revelaremos en exceso la trama si afirmamos que el sueño de tantos, en aquellos tiempos, era cruzar el océano.

Pero por debajo y encima de toda esa maleza, de una realidad enmarañada en la que espías, agentes dobles o triples y nazis en acelerada profesionalización reinan como si el mundo no fuese de por sí absurdo, Pynchon muestra y demuestra que los comportamientos sociales son cíclicos, y que lo último que podríamos proponernos hoy –cuando asistimos pasivamente al banquete de las derechas, incluso con el sesgo embelesado del dominado que se babea ante la visión del látigo– es hacernos los distraídos. Como gran comediante que es –sus diálogos no tienen igual respecto del manejo del sarcasmo, si exceptuamos a su indudable modelo: Raymond Chandler–, Pynchon asume su responsabilidad, y es desde allí que el asordinado fervor polisémico del título resuena una y otra vez. Desde esa oscuridad en la que una pequeña llama puede ser, muy pronto, la promesa de una explosión.

22 de julio, 2026

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A oscuras
Thomas Pynchon
Traducción de Vicente Campos González
Tusquets, 2026
384 págs.


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