Décadas antes de que la etiqueta “novela total” fuera concebida y mercada, hubo un tiempo increíble en el que a las novelas totales se las llamaba llanamente novelas. Todas buscaban embotellar su época, contener procesos gigantescos y matizados en unos cuantos centenares de páginas. Obediente a esa ambición, Joseph Roth encuadró dentro de La Marcha Radetzky (1932) bastante más que los encadenamientos históricos que favorecieron el derrumbe del Imperio Austrohúngaro de Francisco José I. Cada personaje de la novela es, en sí mismo, un imperio en declinación. El asesinato del archiduque heredero y el comienzo de la Gran Guerra apenas visibilizaron lo que ya era: una aridez normada por las tradiciones de un país infértil, excedido de arquitectos sin olfato para anticipar los cambios de viento ni elasticidad de gatopardo para habilitar alguna que otra mutación quirúrgica.
En el heroísmo, en los relatos que lo sustentan, se hunde una raíz del problema. La batalla de Solferino vio surgir en 1859 a un valiente que salvó al emperador e inició un linaje de nobleza automática. Para entonces el vigor de los Habsburgo se abultaba en todas direcciones y las anécdotas bélicas se inflaban en los libros escolares. La exageración no le sentó bien al héroe, que abjuró del uniforme y se fundió con su pasado de campesino esloveno, origen sobre el que Roth ironiza con deleite. Años después, no lejos de ahí, en Sarajevo, se guisaría el magnicidio que daría el puntazo definitivo al régimen y –ya que estamos– a prácticamente todos los paradigmas occidentales que habían sobrevivido al fin de siècle.
Pero no nos apuremos, porque La Marcha Radetzky no lo hace. Lo que al héroe de Solferino le resulta evidente –hiperbolizar es pervertir– se torna nebuloso a los ojos del hijo y del nieto, que aceptan la fama de su predecesor como si vistieran un traje tan fino como incómodo. Mientras que el hijo es jefe de distrito, un funcionario afincado en los beneficios y las restricciones de la grisura, el nieto retoma la senda militar de la familia, aunque no se destaca en ningún aspecto de la vida castrense. No hay conflicto a la vista, sino maniobras que alimentan una grandiosidad irrespirable, el principio de una disolución instalada. Las noches de casino, los retozos nunca alegres con mujeres casadas y las heridas del juego y el alcohol van percudiendo la personalidad del joven Trotta, incitándolo a la ruina del imperio propio, sinécdoque de una autoridad grande que sólo brilla por inercia, con lo que le queda de luz.
Por momentos cuesta recordar que el hijo y el nieto son, a su vez, padre e hijo. Su relación primordial es con la silueta legendaria, no entre ellos. Las pocas veces en que se reconocen desnudos, sin mediación del legado ilustre, lo que uno le entrega al otro es la imagen de una derrota esencial, sin remedio ni escapatoria. Así mira el hijo al padre: “De pronto, Carl Joseph sintió la mano raquítica de su padre sobre su mano derecha. La mano del jefe de distrito estaba apoyada sobre la del teniente, huesuda y fría, como una cáscara dura”. Y así el padre al hijo: “Pero ahora este joven estaba muy lejos del viejo señor de Trotta. ¿Por qué le dolía tanto ver a un teniente de cazadores borracho? ¿Por qué le dolía tanto?”. Un anciano decrépito y un oficial descarriado; apenas eso queda del padre y el hijo, del hijo y el nieto, cuando la sombra del héroe se retira y los deja solos.
A Roth le sobra paño de narrador para hacer saber que esa falencia es tan extensiva como vertical. Entre los capítulos más agudos de la novela –y también, quizás, los más bellos y desoladores–, hay uno dedicado al mayordomo de la casa Trotta, programado para acatar órdenes hasta en su lecho final, con una irreflexión que para el remate del siglo XIX ya era cuestionada en varios rincones de Europa, y también otro que acompaña al mismo Francisco José durante una jornada vaporizada por el onirismo senil de quien ya merodea otro plano: “Un anciano con un pie en la tumba, que podría caer muerto por un simple resfrío, sostiene el viejo trono, simplemente por el milagro de que aún puede sentarse en él”. Si la vida es sueño, la monarquía se acerca al precipicio de la vigilia, donde aguarda un mundo hervido de revoluciones y reclamos que antes ni siquiera tenían nombre. Por más orgullosa que todavía suene, por muy marcial que repiquetee en las ceremonias matinales, la música de Strauss ignora lo reaccionaria que se está volviendo ante el tumulto que crece.
Ahora bien, si todo pasó hace tanto, más allá del recobro de un autor fundamental del período de entreguerras, ¿por qué o para qué leer hoy La Marcha Radetzky? Aunque la respuesta la tienen lectores que lidian con un contexto diferente, afectados por otras modalidades de la disgregación, la canción sigue siendo una muy parecida: incluso cuando se lo retrasa, el final siempre viene escrito.
2 de septiembre, 2026

La Marcha Radetzky
Joseph Roth
Traducción de Daniela L. Campanelli
Ediciones Godot, 2026
376 págs.