Hace un lustro que la poeta y traductora Laura Wittner publicó un breve pero iluminador ensayo acerca de su relación con la tarea de traducir y, se podría agregar, con mucho de lo que configura su apuesta como escritora. También, y tanto el título como el conjunto de reflexiones y anécdotas que componen el libro lo autorizan, sobre su manera de estar en contacto con la vida. Traducir, escribir, vivir, son los núcleos vitales de ese escrito llamado Se vive y se traduce. Pero entonces una cuestión preliminar: ¿por qué la autora excluyó el verbo “escribir” al darle nombre a esa suerte de bitácora o diario de traducción pero también de escritura? La primera respuesta, la más obvia y evidente, podría ser que aquel libro tenía como tema principal los pormenores y dilemas que se le presentan a una traductora en el momento de ejercer su profesión y su oficio. La palabra “traducir” debía ser entendida entonces como significando el trabajo del que se vive (en el sentido de ganarse la vida, de obtener con él un sustento económico): se traduce para poder vivir. Sin embargo, aquella omisión acepta otra interpretación que el libro, de algún modo, permite plantear como conjetura: traducir funcionaba en ese caso, en relación con escribir, como el género lo hace respecto de la especie: al decir “se traduce” la autora sobreentiende que también “se escribe”, y que esa labor impone una matriz que engloba a toda otra forma de escritura. Al mismo tiempo, toda escritura es una especie de la traducción. ¿Traducir en qué sentido? No como una orientación mecánica en que una palabra de un idioma se reemplaza por otra de distinta lengua (eso sería transliterar), sino comprendido en su implicancia más primordial: al escribir se traduce un mundo, se da una versión posible de las cosas que ocurren y que se vuelven experiencia, que tocan de cerca el mundo vital de la escritora/traductora. El título podría entenderse entonces como la simplificación de una recursividad sin fin que, en cierto modo, pasa a ocupar el lugar de la lógica del mundo. La autora la ha deducido y ha subsumido, por comodidad, dos términos en uno: se vive, es decir que se traduce, es decir que se escribe, es decir que se vive, es decir que se traduce, es decir que... “Traducir es seguir viviendo”, anotó Wittner en aquel libro, en cuya primera página se preguntaba: “Y en las épocas en que no traduzco, ¿en qué empleo ese mecanismo tan específico de traspaso?” La respuesta parece evidente: ¿tal vez en escribir poesía?
Prueba de sonido, el último poemario de Laura Wittner, trabaja con esos mecanismos de traspaso de un mundo a otro que son tan propios de la poeta: de lo perceptivo a lo expresable con una palabra, de la escena cotidiana a lo que pueda decirse en una frase, del sentimentalismo y la remembranza al hecho poético, del sueño al otro lado del sueño. ¿Podría decirse que Wittner es, a su modo, una poeta de las “correspondencias”? Tal vez, pero de unas que son azarosas y que recién después de haberse dado en el poema se descubre que los elementos estaban próximos desde antes. El punto de encuentro es precisamente la poeta misma, una especie de médium que “fundiendo todo con todo” (el mejor método para dar con la palabra que se necesita traducir, según la propia Wittner en el libro antes mencionado) descubre que allí está precisamente ella misma, en los espacios menos pensados. Una cita más de Se vive y se traduce: “La mitad de las búsquedas relacionadas con una traducción nos llevan a un lugar que no buscábamos pero que nos es, sin embargo, muy cercano. Sospechosamente cercano”. ¿No podría decirse lo mismo de lo que sentimos es su modo de hacer poesía?
En estos poemas hay zumbidos, ruidos, sonidos vocalizados que se mezclan y se individualizan en el canto de un coro, o el “sonar abstracto” que para el oído tanto puede venir de un río como de una avenida. Y una voz que los cruza en presencia como desde el otro lado de la línea de un viejo llamado telefónico, desde el interior de un sueño que se despliega en treinta y siete poemas divididos en tres partes. El sueño del paso del tiempo, podría decirse: ese que va desde el primer poema que una poeta aprende a repetir de memoria hasta el punto de llegada (y nueva partida) en que esa misma voz se interpela en su pregunta: ¿cuando se empieza a mirar por cuenta propia? Mirar por cuenta propia: ir directo al encuentro de las cosas: Ya ahora tomo atajos, voy directo a lo íntimo./ Ahí vivo. Ahí me encuentro con gente/ y ahí hago mis cositas, dice uno de los poemas en un tono casi confesional.
Hay una célebre definición que unos cien años atrás dio el teórico ruso Iuri Tinianov sobre el lenguaje poético: “El ritmo es el principio constructivo del poema”. El ritmo, la acentuación de las palabras, la cadencia de las frases, el corte de los versos. Pero hay algo anterior al momento de la construcción, al armado del poema o a su “procedimiento”. Podría llamarse su principio generativo: lo poético antes de hacerse poema, o lo que una vez hecho el poema se muestra como poético. Quizás pueda plantearse como hipótesis: en los poemas de Laura Wittner ese chispazo es el principio de la ocurrencia, la aparición de una palabra o una imagen ocurrente que la autora hace corresponder con una escena y que le imprime a ese episodio (muchos de los poemas de Wittner tienen una especie de embrión narrativo) su carácter poético. O para decirlo de otro modo: a Laura Wittner se le ocurren cosas, asociaciones que llevan de un mundo a otro, yuxtaposición de situaciones, palabras que tiñen o desvían la escena en la que se sitúan y que convierten lo narrado en algo distinto de lo que parece a simple vista: “Qué rico”, exclamo/ “Ma certo”/ “Beautiful”/ o me digo “Sei stronza?”/ “Ay, Laura, por dios”/ “¿Pero por qué...?”. Y así/ tiro cosas así/ en el aire vacío/ para oírlas sonar/ y por si hay alguien/ más en la sala/ que quiera opinar algo./ Un fantasma, digamos./ O una fantasma, un viento/ un movimiento muscular./ Escuchan. Las palabras vienen a la mente de la poeta, pero dichas en voz alta construyen un oyente a quien se le puede llamar “un fantasma”, o “una fantasma”. Así hacen, al mismo tiempo, ocurrir el diálogo. El poema se llama “Hablo sola”, pero también podría haber sido su título “Sobre la imposibilidad de hablar sola”. No es posible hablar solo, parece ser su tesis: cada vez que se lo hace, alguien escucha, aunque ese alguien sea el desdoblamiento fantasmal de uno mismo, o los seres fantasmales con que hacemos cohabitar los espacios en que transcurre nuestra vida. Pero los distintos fantasmas que atraviesan este libro de Wittner, al contrario del imaginario popular, no producen miedo ni remiten a una melancolía nostalgiosa: son alegres (pueden ser tigres que están en el recuerdo de un zoológico; o aparecer bajo fenómenos sonoros que despiertan la pregunta de si serán los animales hogareños que ya no están presentes quienes producen un crujido en la base de una puerta, un gorgoteo en el baño, “ausencias/ que de noche se convierten en polillas”).
Los poemas de Wittner enuncian constantemente alguna forma del vitalismo. En “Hago que llueva”, el regado de una planta se transforma para la voz que enuncia el poema en una forma de la lluvia: Sí, armo una lluvia/ suave, breve/ a imitación de la que empieza/ de golpe a media marcha/ y se deshace en dudas/ más o menos así/ la que armo/ para mis plantas en la bañadera (...)/ veo la tierra mojada , negra negra/ las hojas verdes verdes/ y me alegra que haya, así, llovido/ y que mis plantas estén tanto más jóvenes. Sin esa ocurrencia, puede decirse que no hay poema; o al revés, esa ocurrencia es el poema: lo poético que el poema quiere hacernos ver. En otros casos, eso poético ocurre por sí mismo, simplemente sucede, y el poema es el resultado de dejar nota de esa ocurrencia, como en “Alguien pio durante el desayuno”: Salí al balcón/ Calló./ Entré/ Volví a salir./ Volvió a callar. Entré. Pio. Podría ser un gag basado en el desencuentro de dos personajes buscándose sin encontrarse en una puerta giratoria que divide un adentro de un afuera, pero la sensación que deja esa descripción tan mínima es sin embargo poética: no es posible acceder al todo, ver al pájaro en el momento de su canto. Como si Wittner quisiera decir: en el poema hay algo que se escapa, un sentido que se obstruye, un sobrante que puede ser tal vez una palabra que se pensaba usar y se ha desprendido de una definición que no cierra, a la espera de insertarse tal vez en el poema siguiente: ¿Que el ruido del viento/ es en verdad el viento/ raspando contra el suelo?/ ¿Que el sonido del viento es un raspón?/ Eso me dicen./ ¿Y la palabra ulular?/ ¿De dónde la enganchamos? El lector la repone a la vuelta de la página, en el silbido de madre e hija, grandes silbadoras cuya risa conjunta “suspende el raspón de viento entre los labios”.
Wittner va delineando el conjunto de poema en poema, en cada página agrega una bolita que va formando un collar. Hace visible así el espacio de la intimidad con que construye su mundo: se vive, se traduce, se escribe. Y sobre el último verbo deja colgada una declaración de gratitud con la que cierra el poemario: Huelan, chicos, huelan/ esta cerca de pino y este frío/ y los pisos de madera y el olor a silencio. Pa,/ están buenos tus guantes./ Si puedo escribir esto/ es porque no se me helaron las manos.
26 de agosto, 2026

Prueba de sonido
Laura Wittner
Caballo negro, 2026
70 págs.