Si arriesgáramos sintetizar en una frase las obsesiones de Stefan Zweig, podría ser el título de uno de sus libros: La lucha contra el demonio. ¿Y qué demonio es este? Es el demonio seductor de Milton, Goethe y Byron; un demonio a veces ilustrado, a veces bárbaro, siempre sanguíneo y vitalista, que invita a una vida subterránea. Los personajes de Zweig suelen ser burgueses luchando contra una realidad exterior de apariencias superficiales. Guardan secretos, son atraídos por una vida peligrosa o se enfrentan a dilemas morales; se desesperan o se deprimen para después entrar en éxtasis, y entre el ascenso y la caída emocional, transcurre la vida calma que detestan y combaten.
La formación intelectual acomodada de Zweig en Viena, mucho antes de la persecución nazi, pintada en El mundo de ayer, le dio el escenario para retratar una sociedad burguesa de orden, seguridad y tedio, similar a la del contexto victoriano. En La confusión de los sentimientos el escenario de la sobriedad y el cálculo lo representa el mundo académico. La novela inicia con las confesiones de Roland, un profesor universitario exitoso admirado por colegas y alumnos, que en su sexagésimo cumpleaños recibe como regalo una suerte de biografía que da cuenta de sus logros profesionales y su carrera, pero al leer el ejemplar sabe que esas páginas pulcras no revelan el hecho esencial que lo convirtió en el intelectual celebrado que es: la influencia de un antiguo profesor. A partir de ahí, narra su biografía secreta remontándose a los recuerdos de su juventud.
El joven Roland de sus memorias es un estudiante disoluto, mujeriego, que aspira a una vida de aventuras en los bajos fondos de Berlín. La fuerza de la juventud lo desborda y percibe el mundo universitario como un claustro sofocante: “un depósito de cadáveres del espíritu”. Su realidad cambia cuando, presionado por su padre, abandona Berlín para estudiar en una modesta universidad de provincias. Ahí conoce a un profesor que lo obsesiona instantáneamente. La fascinación del estudiante comienza cuando lo escucha disertar sobre Shakespeare en una clase. Los gestos violentos y el discurso meteórico revisten al viejo profesor con un aura mítica. Cuando los personajes de esta novela se exaltan en declamaciones (escenas que son frecuentes) aparece la fuerza poética de Zweig: escritor de energías, de posesiones, del espíritu transido de variaciones químicas, donde resuena el elan vital de Bergson y la voluntad de poder de Nietzsche. A lo largo de la novela la figura de Shakespeare es evocada continuamente por el profesor y Zweig, a través de este personaje, somete su prosa con la percusión salvaje del ditirambo.
El efecto que causan las clases del profesor en Roland lo ayudan a reconciliar el mundo de las ideas con la fuerza material del cuerpo, y esa nueva dimensión intelectual ya no es ejercicio académico, ni contemplación ociosa: las ideas son entendidas como energías vivas, vehiculizadas por la literatura, para entrar en un éxtasis espiritual. Ante una lectura de Shakespeare inspirada por su profesor, el protagonista dice: “...como por arte de magia, en una hora había roto el muro que se interponía entre el mundo intelectual y yo, y descubría, apasionado como era, una nueva pasión que me ha acompañado hasta el día de hoy: el placer de saborear todo lo terrenal en la palabra inspirada”. La admiración intelectual de Roland por su profesor lo hace buscarlo como un guía espiritual; y, a su vez, el profesor, que lleva una existencia solitaria, encuentra en la juventud de su alumno una fuerza que lo inspira y contagia vitalidad.
Comienza así una relación íntima entre maestro y discípulo por fuera de la universidad. El estudiante visita al profesor que vive con su esposa, una mujer joven, testigo y confidente de la obsesión del protagonista con su marido. Roland se vuelve secretario del profesor y transcribe sus dictados para ayudarlo a terminar un libro siempre postergado. El vínculo entre estos personajes, en un comienzo fraternal, se torna enfermizo y cruel, provocado por un juego de distancias y acercamientos afectivos por parte del maestro al que Roland se somete. El clima de secretos y seducciones sutiles funciona en la novela para dar cuenta de las pulsiones latentes en un ambiente burgués y mojigato que los personajes padecen. Leída desde nuestro presente, donde la confesión pornográfica es parte de nuestra vida y es difícil escandalizarse, el desenlace de la novela resulta liberador. Podemos sentir la tentación de desear un retorno al moralismo y el decoro como norma social, solo para poder disfrutar el gusto de la trasgresión.
Más allá de tratarse de una novela de intrigas sentimentales, esta obra también define el ideario estético-romántico de Zweig: la literatura como un catalizador de energías y el deseo de una vida menos prosaica, excesiva como un amor loco. La literatura, a fin de cuentas, asociada a la renovación de la juventud en la madurez. La estética romántica de las novelas de Zweig, y también de sus biografías, su fe en la literatura como una fuerza capaz de trastornar la vida, pueden hoy parecernos cándidas. Tal vez debamos actualizar el espíritu romántico a riesgo de ser ridículos, sentimentales o idiotas, volver a tomar los libros como una promesa de arrebato peligroso, un juego para tomarse en serio.
26 de agosto, 2026

La confusión de los sentimientos
Stefan Zweig
Traducción de Nicole Narbebury
Godot, 2026
129 págs.