Quizás ya sea un (sub)género con sus credenciales en regla este de las “novelas de campus” o, tal vez, la aldea, la “habitación cerrada” de las universidades se configure como un espacio ideal para “pintar el mundo”, para recrear un caso policial o servir de marco para una novela de formación, tanto vital como académica. En mayor o menor medida, Se acabó el recreo, de Dario Ferrari, contiene todas estas posibles derivas y otras tantas que una reseña es incapaz de contener y desarrollar por sus propias imposibilidades constitutivas. Y si bien es difícil escribir sobre un libro que no hemos disfrutado, mucho más complicado y frustrante es tratar de hacer justicia en mil palabras con una Obra que leí de pie, alentando hasta la afonía, extasiado.
Próximo a cumplir los treinta años, con un título de licenciado en letras y carente de recursos económicos para solventarse, con el fin de evadir el mandato de hacerse cargo del bar de su padre y de las críticas que recibe por su vida ociosa y sin objetivos, Marcello Gori se presenta a un concurso en la Universidad de Pisa, y gracias a esas ¿afortunadas? carambolas del destino, obtiene una beca para realizar el doctorado, labor que le asegurará por tres años un estipendio mensual de 1200 euros. Para eso, debe insertarse en la compleja lógica de las ligas mayores de la Academia y, bajo la tutela del egregio profesor Raffaele Sacrosanti, aceptar como tema de tesis investigar la obra literaria y la biografía del “escritor-terrorista” Tito Sella, militante de una improvisada brigada que, como las Brigadas Rojas organizadamente, combatieron contra el sistema en los años setenta.
En los primeros capítulos, con una ironía venenosa, el narrador desenmascara y desacraliza el mundo académico exponiendo las luchas internas, la competencia, las mezquindades, los favoritismos, los ritos de adulación que se realizan para medrar en los honorables claustros universitarios y las actividades habituales de un doctorando: la escritura de un paper, la organización de un Congreso, la lectura de una ponencia, entre otras, que componen desopilantes pasajes paródicos o farsescos de la Novela, porque se narran desde la frontera, desde la perspectiva de alguien que no se ha dejado asimilar por ese perverso mecanismo y conserva la mirada crítica. Pero también está la Vida, y Marcello tiene una novia “perfecta”, amigos con los que embriagarse, un padre que es “el vivo retrato de la arbitrariedad y de la implacabilidad del poder” y una madre que lo mantiene en la eterna adolescencia. En ese otro orden también se revela la esencia de “inepto” total del protagonista, un Zeno Cosini del siglo XXI, marcado por la incapacidad de elegir libre y conscientemente sin dejarse llevar por los flujos y reflujos del contexto: “Hay decisiones que marcan el cariz que adquirirá toda una vida, y hasta ahora yo siempre he tomado esas decisiones al azar”.
Gracias al distanciamiento irónico del narrador, la Novela atesora un compendio de descripciones, reflexiones y frases lúcidas que explicitan una decepcionada comprensión, tanto del coto de caza universitario como, digamos, de las relaciones humanas, de los vínculos y los afectos, de cómo deslizarse por la existencia sin ser aplastado en el primer recodo. Sirva esta cita de módico ejemplo: “La universidad es un mundo psicótico afectado por una grave carencia de percepción de la realidad, poblado por individuos con una fama extremadamente acotada... que operan en un sector marginal y absolutamente indigente como es la cultura, y que, pese a todo, se sienten estrellas de rock y tienen egos y comportamientos acordes con tal convicción”.
Como parte de su doctorado, Marcello viaja (a desgana) a París para investigar el archivo personal de Tito Sella que se conserva en la BNF, sede Mitterrand. La lectura y el estudio de esos documentos dará lugar a la inclusión de La Estantigua, nouvelle dentro de la Novela, ficción dentro de la ficción, en la cual Gori recrea la carrera de Sella y de la Brigada Ravachol y, a su vez, expresa la identificación o la consustanciación del tesista con el objeto de su tesis, hecho que tendrá consecuencias vitales: la (con)fusión entre la biografía y la literatura de Sella y la vida de Marcello que intenta, cuarenta años más tarde, “convertirse” en Tito Sella. Las peripecias parisinas, los encuentros con otros italianos en el laberinto de la Biblioteca Mitterrand y con los “revolucionarios” contemporáneos y de los setenta, la irrupción de la luminosa Tea: “ella se había convertido en la revolución y yo en el hombre de letras que fatalmente se deja seducir por ella” le devuelven el tono de comedia, aunque con matices trágicos, y el vértigo narrativo interrumpidos por el largo capítulo dedicado a La Estantigua.
Aunque no se trata de requisitos excluyentes, el lector que imagina la Novela de Ferrari para apreciar plenamente sus múltiples referencias ─históricas, políticas, literarias, entre otras─ y episodios humorísticos debe(ría) haber sido testigo, víctima o verdugo de los mecanismos que operan en una facultad, dentro de ese ecosistema inspirado en el darwinismo académico; estar versado en el estado del arte de la crítica literaria; conocer grosso modo el clima de los años de plomo en Italia y contar con cierto bagaje de lecturas de literatura italiana (de Dante a Nanni Balletrini) y universal (de Beckett y Borges, de Proust e incluso la Biblia); además de, para qué negarlo, haber gastado zapatillas, haber vivido, sufrido y gozado, haber probado una buena parte del menú de fatalidades y placeres que se sirven en la trattoria de la vida. Por otro lado, a ese o a cualquier lector argentino le quedará inventar una estrategia para superar el anticlímax de una traducción demasiado española, con perdón de Carlos Gumpert, razón por la cual los viaregginos (e italianos en general) hablan como Torrentes y “cogen dos vasos”, se acusan de “gilipollas” y te mandan a “tomar por culo”.
Sin dudas mi comparación es arbitraria, pero en Se acabó el recreo, Ferrari consigue lo que Salvador Benesdra logró en El traductor: componer una Novela total e inagotable; equilibrada en lo intelectual y en lo humano; crítica, inteligente e intensa; que explora y explota el placer de la lectura y que combina y amalgama con armonía y destreza la Literatura y la Vida en el más abarcador de los sentidos.
26 de agosto, 2026

Se acabó el recreo
Darío Ferrari
Traducción de Carlos Gumpert
Libros del asteroide, 2026
400 págs.