Tras colocar una placa en el número 10 de la calle Cauchois, en París, el funcionario encargado del homenaje a Copi, antiguo habitante del edificio, dice estar rindiendo homenaje a aquellos artistas “que siempre hacen soñar a París, que se fueron tan jóvenes” e inspiran a las generaciones actuales. Es el año 2019 y tal cual: Copi, muerto en 1987, no cesa. Solo restaba acometer un viaje biográfico definitivo hacia aquel argentino, uruguayo, francés que, donde hacía cabalgar el genio, transformaba el paisaje.
Alguien recogió el guante y así salió al mercado editorial Copi (Mansalva, 2026), una biografía minuciosa, y también generosa, porque al peso de la afortunada exploración cronológica de la vida y la obra de Raul Damonte Botana (Copi, por apócope de Copito) el autor nos invita a todo lo que ya se había escrito, y mucho, sobre la loca ilimitada.
El periodista Guillermo Bravo, con la edición de Osvaldo Aguirre, refuerza dos condiciones necesarias para fraguar un orden en la dimensión caótica y onírica donde nace, se desarrolla y muere Copi. Por un lado, hace un acopio deslumbrante de testimonios de amigos y familiares, como Raúl Escari, artistas del Di Tella, archivos de imágenes, textos y entrevistas. Trabajo de urdimbre que colma. Por otra parte, pasa revista a los análisis críticos de César Aira, Daniel Link y María Moreno, sin los cuales el lector se quedaría a mitad de camino del personaje, absorto en la velocidad y transfiguración de una existencia esquizo –acudo a Deleuze, no a la psiquiatría– que, como tantas otras de su época, se cerró con el sida.
Ninguna anécdota sobra en el libro, todas se complementan y justifican. Cuento una que adquirió altura de leyenda oral:
Al día siguiente de la muerte de Copi –escribe Bravo– Raúl Escari, íntimo amigo, visitó junto a Guy Hocquehem y Michel Cressole a la madre –China Botana– en su casa de París. En un momento señaló no sé qué objeto en el que creyó ver marihuana o hachís, y preguntó si podía armarse un porro. China autorizó, confundida, sin tomar en cuenta que se trataba, ay, de las cenizas de Copi. La anécdota sirve como epílogo de una vida-escena, en la que incluso el duelo se desbarata en un gag. “Nos fumamos a Copi”. Expresión del destino que podría ser una contribución atribuible a La mujer sentada, aquella tira genial de Copi que el magazine progresista parisino Le Nouvel Observateur llevó a la fama a mitad de los sesenta. A fin de cuentas, La mujer sentada (inspirada en la tía Mecha, que quedó cuadripléjica por un accidente de auto) no retrataba a un personaje, como Quino con Mafalda, sino un “estado de ánimo” dibujado. Si hay muerte y duelo, emerge el gag, y hasta los restos mortales pueden ser fumados o ser borrados por una goma imaginaria, como la carta escrita en la novela El uruguayo (1973).
María Moreno postuló en un prólogo a las obras de Copi que el cuento de las cenizas funciona como metáfora. Los términos fuga, circulación, flujo, transfiguración, humor convienen al autor. Creo que, además, podrían ponerse a bailar con Deleuze. No sé si Copi llegó a tratarlo, casi seguro se lo cruzó, pero no lo leyó, aunque el filósofo firmó junto a Michel Foucault y Roland Barthes una solicitada contra un intento de censura a la película de 1978 Race d'ep –pederasta al vesre– de Guy Hocqueheim. Copi participaba hacia el final. Lo cierto es que, si se quiso para él un monumento funerario, nunca se pudo levantar, porque al modo de un dibujo suyo ha sido antes borrado, a tal punto que sus cenizas no se depositan en ninguna parte, sino que se fuman, se desplazan entre cuerpos, migran. Rige el imperio de la ligereza en medio de la tragedia familiar. La angustia propia de un acontecimiento como aquel que podría vivirse como pesadilla remata en carcajada. He ahí el núcleo activo de Copi. La acción continúa incluso después de la muerte.
Para alguien como María Moreno, la pose en un artista es a menudo expresión de verdad; hay verdad en el estilo. Por eso encuentra verdadero el artificio radical de Copi: la performance reemplaza cualquier confesión íntima. “No te preocupes, me contagié el sida y ya no tendré que pagar más impuestos”. Nadie rebaje al moribundo a la negación neurótica, las lágrimas de diván o la pompa fúnebre. Justo a él, que hacía de la broma una rama subterránea de la filosofía.
En el libro, Bravo nos regala la sensación de ser vecinos o comensales del personaje. Testigos de su origen familiar –pertenecía a una de las familias más poderosas y antiperonistas de la Argentina de mitad del siglo XX, los Botana– y del devenir de ese niño en monstruo adorado. El mérito es importante. Porque a través de los testigos, nos convertimos en voyeurs de alcobas y vestidores y en escucha de una variedad de estados anímicos, maldades y puerilidades que son necesarias para imaginar a Copi en el pasaje de la saga familiar (un dato: adoraba Cien años de soledad) a la vanguardia parisina, con amores, sexo y rivalidades estelares.
Copi deja exhaustos los significantes y los significados, los embotella y estrella contra el público; te propone un personaje que envejece y, de pronto, transmuta en joven. Evita (contra lo que puede suponerse, tanto él como el padre la exculpaban de lo que consideraban “la tiranía de Perón”), huye del cáncer, de la madre y del marido. Y en otra obra, en un espacio de pocos metros una astronauta –Loretta Strong– observa el fin de la tierra desde su nave, atareada con ratas que se vuelven sus amantes.
Para Daniel Link, la rata es la víctima privilegiada de las fantasías de exterminio, y por eso Copi “las elige como voz y como tema”. El concepto de invasión o la inversión del centro por el margen puede animar enseguida los debates sobre la identidad, claro, entre homosexualidad y heterosexualidad, aunque Bravo nos recuerda que para Copi la homosexualidad en sus obras funcionaba como fábrica de emociones o transgresión; ni psicología ni ideología: la loca es una posición en el mundo, una manera de desintegrar la identidad, y a la vez un sketch en el cabaret. El campo político, en cambio, pertenecía a los afanes de Guy Hocqueheim, su célebre amigo y amante.
La hipótesis de esa relación entre lo alto y lo bajo también seduce a Aira, que ve en las ratas un “instrumento óptico ideal” que se mueve, chiflado, entre el mundo inferior y el superior, y cuya eficacia plena sirve para extremar la acción en un pequeño espacio escénico cargado de tiempo, como el cohete de Loretta Strong.
Sumo esta otra observación de Bravo: “Copi amaba la palabra rata, rat en francés, simplemente por su sonoridad, que tan bien encadena con la palabra art. Le gustaba jugar con la conexión fonética transformándola en conexión semántica y hablar de 'arte rata' o el arte de las ratas o sugerir que los artistas eran unas ratas... cada vez que aparece un artista en sus textos es en tren de burla”. El comentario encaja con la pasión de Copi por derrumbar la seriedad autocelebrada e incluso los lugares comunes del universo freudiano, cuando, por ejemplo, se manda este remate brutal y nos deja contentos como a chicos: “Por fin he matado a tu padre. ¿No tendrás algo para picar?”. Otro poco de comicidad ofrecida como condimento del terror, como si nos metiéramos con él en el tren fantasma del parque de diversiones, que tanto amaba.
Copi, como Chavela Vargas en México, se tomó todo el alcohol de París, amén de fumarse hasta lo inconcebible y apelar al LSD como vía regia de sensaciones productivas. ¿Había en ese desborde signos de melancolía del desterrado perenne, transfiguración de tristeza en vino? A Edgardo Cozarinsky le pareció que Copi nunca terminó por instalarse como habitante de ninguna parte, ni siquiera de París, a la que reinventó. Pero no era nostálgico, no quedó fijado en la memoria del Río de la Plata, sino que la convirtió en arcilla, la moldeó o falsificó para sus fines. "Considero que la imaginación es una deformación de la memoria, es un trabajo más de la memoria", le dijo a su entrevistador José Tcherkaski.
Copi utiliza todos los materiales posibles de la memoria. Y consigue un riguroso alboroto; crea mundo y nos exige disfrutarlo. Ojalá se convierta en un éxito. Guillermo Bravo quiso que su objeto se nos hiciera comprensible, y lo cierto es que nos deja un hambre caníbal por volver una y otra vez sobre Raúl Damonte Botana.
5 de agosto, 2026

Copi
Guillermo Bravo
Mansalva, 2026
304 págs.